Sonntag, 1. Mai 2011

El Colombiano murió infestado de esperanza



También de palomar se muere un hombre
cuando sabe vivir por una carta.

Juan Gonzalo Rosé.

A Melacio Castro.

«Soñar no cuesta nada» dijo Jacinto, más conocido como El Colombiano, y se calló.
Estas primeras palabras las dejó transcurrir con lentitud y sin esbozar ninguna mueca. Tenía los dedos entrecuzados y las palmas de las manos sobre la nuca. Cambió de postura y apoyando los codos sobre la mesa introdujo su rostro entre sus manos. Esta vez fijó la mirada en la corona de espuma blanca que cubría a la cerveza Kölsch. El Colombiano volvió a iniciar su hablar cansino sin mirarme, como si estuviera inmerso en un largo monólogo consigo mismo. Estábamos en un bar pequeño atendido por dos jóvenes de fuertes contrastes, ella rubia y delicioso acento al hablar, hermosa como una diosa del Olimpo; él tenía la piel oscura, alto y fornido, un atleta olímpico, atento y risueño.
«Ese negro pendejo se quiere tirar a la gringa y no le liga» me confió El Colombiano.
No hice ningún comentario. El Colombiano bebió un sorbo largo de su vaso de cerveza. Llamé al camarero que atendía el bar y le pedí un té con miel y limón.
«Oye negro» le dijo El Colombiano, «¿a ti te gusta la gringa?»
El atlético camarero de piel oscura miró sonriente. Desconcertado.
«Wie bitte?» preguntó arrugando la oscura frente olímpica.
«No te hagas el huevón, negro, que desde lejos se nota que quieres tirarte a la gringa?»
«Ach so, gringa, ja, gringa gut» dijo sin entender el sentido de la expresión hecha por El Colombiano.
El Colombiano terminó su vaso de cerveza y pidió otro más. Ahora vino la hermosa muchacha rubia trayendo la cerveza, el té, el limón, la miel y un par de galletitas. El Colombiano prendió sus ojos en las caderas de la luminosa diosa del Olimpo. Ella se dio cuenta de la mirada libidinosa, dijo, entre otras cosas, «scheiße»1, y se retiró molesta, casi tirándonos con el vaso de humeante té negro. La hermosa muchacha rubia de ojos dulce-celestes o diosa germana recién llegada del Olimpo tenía un atractivo especial, un delicioso acento al hablar, contrastado con el tono aguardientoso de la voz y con la cara de pez y ojos de sapo que exhibía El Colombiano.
«Me ha dicho scheiß Ausländer»2 gritó El Colombiano cargando de mala intención y agresividad los dos últimos vocablos y, además, lo dijo en alemán.
La poca gente que estaba en el bar dejó de conversar, todas las miradas se concentraron en nuestra mesa. El Colombiano, en un arrebato de locura, golpeó la mesa con el vaso vacío y se puso a gritar como un loco: ¡Scheiß Ausländer! ¡Scheiß Ausländer! La hermosa muchacha rubia y diosa del Olimpo se llevó el dedo índice a la sien para indicar la locura del extranjero. Este gesto elevó la locura y los decibeles de la voz aguardientosa de El Colombiano. El atlético y olímpico camarero de la piel oscura se acercó serio y risueño a poner calma, a sosegar al lunático extraño con cara de pez y ojos de sapo.
«Immer mit der Ruhe, Freundchen»3 dijo mostrando una dentadura blanca y perfectamente alineada, pero no logró poner la mano sobre el hombro de El Colombiano, pues éste lo rechazó violentamente.
«¿Ruhe?4 ¡Me han llamado scheiß Ausländer y me pides Ruhe! ¡Negro de mierda... no me pongas tus cochinas manos!
El olímpico camarero de la piel oscura y manos grandes entendía sólo los gestos agresivos de El Colombiano y aquellas palabras en alemán. Cuando quise intervenir, desde nuestra mesa un vaso salió disparado hacia la cabeza del atlético y olímpico camarero. El vaso se hizo añicos al caer al suelo y, para mala suerte de El Colombiano, la sangre que brotó de la frente del fornido camarero de piel oscura y ojos negros, si bien es cierto no llegó al río, enardeció su pacífico y alegre espíritu. Dio un salto felino y en cuestión de segundos doblegó la furia de El Colombiano, lo cogió de un brazo y una pierna y lo arrastró hasta la calle. El Colombiano se aferraba al piso con la mano libre y vociferaba infinidad de insultos que por suerte nadie entendía, parecía un cachorro ladrando frente a un gigantesco e inamovible muro. Herido y maltrecho El Colombiano no podía ponerse en pie, lamía sus heridas, lamentaba su mala suerte. Antes de salir del local me acerqué al atlético camarero de piel oscura y a la hermosa diosa del Olimpo e intenté disculparme por las molestias causadas por El Colombiano. La herida del camarero era pequeña pero de relativa profundidad, necesitaba una sutura de dos o tres puntos. Pagué la cuenta y abandoné el bar. Afuera empezaba a llover suavemente y El Colombiano no dejaba de lamentarse...
Algunas semanas más tarde el rostro de pez de El Colombiano ya no mostraba los rastros de la paliza que le había propinado el camarero de piel oscura. Sus ojos de sapo vivaracho habían recuperado su aspecto vidrioso. Estábamos nuevamente frente a frente. Él frente a un vaso de cerveza colonesa y yo frente a un vaso de té con limón y miel. Estábamos en un bar instalado en el sótano de una casa antigua en la Zülpicherstraße. Bebedores viejos se apretaban alrededor de la barra. El humo de los fumadores enrarecía el aire, nos convertía en fantasmas. El camarero, un alemán de cara colorada, calvo y de largas patillas, se desplazaba entre las mesas recogiendo vasos, limpiando ceniceros, anotando pedidos, distribuyendo vasos de cerveza, café, té y agua mineral. El Colombiano hablaba arrastrando las palabras, luego se callaba, parecía meditar en algo, luego volvía su voz aguardientosa en ese tono cansino y monótono.
«Durante las noches escribo cartas, pero nunca las he puesto al correo. No sé, tengo miedo de que lleguen a las manos de la única mujer que amé en esta perra vida o vida de perro. Ella sabía que yo la quería y ella dijo también que me quería. ¿Qué pasó? No sé si la dejé o ella me dejó. Estuve tan borracho aquella vez. Al volver a la realidad, a este valle de lágrimas, me quedé con una rara sensación. La encontré en los brazos de mi mejor amigo que era como un hermano para mí, mi chochera del alma y no tuve el coraje de matarlos, o por lo menos matarla a ella. Quizás yo me hubiera matado. ¿De qué me sirve toda la ingeniería electrónica si nunca he podido olvidarla? Yo sé que ella me ha olvidado, que muere de felicidad con los besos y caricias de mi chochera, de mi pata del alma, en cambio yo le dedico todas mis noches, la escribo, la describo, le pido y le doy explicaciones, son cartas de amor y desamor, cartas llenas de rencor y de cariño. Así como escribo cartas y no las pongo al correo, así, de la misma manera, hay días que no salgo de casa con la esperanza de recibir una carta, sólo una carta. ¿Y por qué espero?, si sé que nadie me escribirá. Quizás los sicólogos me dirán que sufro de complejo epistolario. A quién se le ocurre sentarse a esperar una carta sabiendo que no va a llegar nunca, y sin embargo espera... Ese es mi problema, mi dilema y mi lema. No sé, esa idea es como un gusanito que me recorre el cerebro sin descanso. Y entonces pienso ¿te das cuenta?, pienso, y mi vida es tan sólo un pensamiento que no tiene fin, que no tiene cuando acabar...»
Silencio. Entonces me detuve a escuchar las cruzadas conversaciones de los bebedores y fumadores que llenaban el viejo bar. Algunos hablaban de negocios, otros recordaban los días que trabajaban, otros discutían sobre el futuro, sobre la desocupación, también hablaban del amor y sus sinsabores, de los sabores de la venganza, otros matizaban temas que iban desde la filosofía del borracho hasta las próximas elecciones políticas. El Colombiano bebió de un tirón su cerveza y pidió otra. No, esta vez pidió dos cervezas Kölsch y grandes. Sus ojos de sapo se habían vuelto más turbios y su boca grande colgaba torcida hacia el lado derecho. El camarero calvo y alemán trajo las dos cervezas. El Colombiano me pidió que le acompañe en su viaje de visita a la casa de Baco. Observé como El Colombiano bebía con gusto, retenía el líquido en su boca, lo saboreaba al mismo tiempo que se enjuagaba los dientes o refrescaba el paladar y luego lo tragaba lentamente. Después dejó escapar un soberano eructo, un erupto o suspiro del alma. Mientras tanto yo le di varias vueltas al vaso entre mis manos antes de probar el ambarino líquido coronado de una gorra blanca, blanquísima. La cerveza estaba fría y más amarga que en otras oportunidades.
«¿Cómo llegué a Colonia?», trata de contestar El Colombiano. Sus ojos de sapo están cada vez más turbulentos y su boca de pez en tierra se tuerce aún más con la mueca que ensaya, parece una risa chueca, una risa del submundo de los sueños. «Llegué a Europa, o sea pues a Colonia, como todos, de paso, para olvidar, de pronto me di cuenta que el tiempo había pasado, que me había quedado, entonces podemos decir, como escribe tu paisano Alfredo Bryce Echenique, que soy un quedado...»
Otro silencio. De pronto los parlantes dejaron escuchar música en castellano. El reloj de cuerdas suspendido/ El teléfono desconectado/ En una mesa dos copas de vino/ y a la noche se le fue la mano... El Colombiano siguió con atención el texto y el ritmo de la canción. Repitió algunas frases. Se calló y volvió en silencio a escuchar, miró sonriente el movimiento de algunos bebedores, bailaban torpemente, como si palparan primero el suelo antes de dar uno u otro paso. Alguien ha dicho o ha escrito que la danza es la expresión vertical de deseos horizontales. Hay algo de eso en estos bailadores, pero más por lo que están borrachos y es difícil su estabilidad vertical. El Colombiano seguía moviendo los labios pero sin dejar salir ningún tono. Luego pidió fuego a una muchacha que fumaba pausadamente, mirando al cielo, entre pausa y pausa bebía cerveza, mientras hojeaba el Frankfurter Rundschau. Seguramente estaba a la espera de alguien, pues sus redondos ojos claros se cercioraban de la hora y se clavaban en la puerta cada vez que ésta se abría. Son esas esperas que desesperan, cuando los relojes se paran a una hora determinada y caen sus manecillas como lirios tronchados, como dos brazos sin vida.
«He aprendido a sobrevivir en Colonia, claro que muchas veces estuve a punto de tirarme de un puente al Rin, pero para esas cosas no tengo la necesaria valentía. Entre cerveza y cerveza me he ido quedando, la borrachera es mi exilio. No falta quien me dice: scheiß Ausländer, y quizás con razón, pues hasta a la hora de dormir soy "ein verdammter Ausländer"5, pero eso de scheiße que se lo digan a su abuelita. Y digo a la hora de dormir, pero en realidad no duermo, no puedo, no debo pues no quiero que la muerte me sorprenda en los brazos de Morfeo. Entonces mi huidizo corazón se interna en las sombras y esto me inquieta, me hace perder la calma y dormir es ya sólo una quimera. Hay noches que cierro mis ojos para escapar del mundo pequeño que me rodea, pero la luz de la vigilia me persigue. Desvelado me revuelco en la cama. En medio del silencio el golpeteo, implacable y sin pausa, del minutero del reloj parece perforar la penumbra de la noche. Tic-tac, tic-tac, tic-tac.
Sé de memoria cada rincón de mi habitación. En la oscuridad paso lista a todas las cosas que se amontonan en el estante y sobre la mesa. Hay noches que las paso sentado a la mesa escribiendo cartas y esperando que me llegue una carta, tan sólo una carta. En mi extravío escucho mi nombre pronunciado por el cartero. Corro, a medio vestir, escaleras abajo, pero es media noche. Por eso, cerveza tras cerveza en el Terra Nostra, adormezco mi vida, mis sentidos, espanto mis fantasmas. Para mantener mi humanidad, necesito cerveza, cerveza y más cerveza, acompañado, por supuesto, de su Blanca Nieves, coca pura, purísima por la gracia de Dios. Una cerveza, dos cervezas, un gramo de Blanca Nieves, otra cerveza y otro gramo me llevan a viajar por mi universo, mi único mundo donde todo es posible.»
La música en castellano seguía escuchándose, era alegre, movida. Agua dulce, agua salada, por agua viene y por agua se va, me quita la vida, me quita y me da... El Colombiano tamborileaba la mesa con los dedos dándole ritmo a la canción que cantaba. Tenía los ojos de sapo inyectados de sangre. Me recordaban la rojez de los bosques otoñales o esa línea rojiza de árboles a lo largo de la avenida Universitaria. Puso a un costado los vasos vacíos, me pareció que los contaba. Entre los cristales vi sus dedos deformados, multiplicados. La alegría serena de su rostro de pez se había trocado, repentinamente, en una dura expresión de tristeza, y la soledad se manifestaba en la turbulencia enrojecida de sus ojos de sapo. De El Colombiano solían decir que borracho iba cantando todas sus frustraciones por las calles de Colonia: Quien fuera brisa / Quien fuera bruma / Quien fuera llanto / Quien fuera flor...


«Sólo se caen los que saben llegar a las alturas...» —me dijo una vez El Colombiano.
Cuando las primeras luces del día empezaban a borrar las sombras de la noche, llegaba a su casa, solo, borracho, perdido en su mundo. Desde la ventana contemplaba las calles aún vacías y silenciosas. Pensaba, soñaba con los ojos abiertos. Se metía en la cama y, poco a poco, un delicioso sopor lo rendía en los brazos de Morfeo o quién sabe en los brazos de su amor perdido, pero había algo interno que lo obligaba a mantenerse despierto, era quizás el temor de encontrarse con la muerte mientras dormía.
«En muchas ocasiones, aquellas veces que he podido dormir tan sólo unos minutos, pesadillas turbulentas han interrumpido mi ansiado descanso. Las cortinas en ondas voluptuosas abrazaban a las ventanas devolviéndole toda la claridad a mis ojos. Las flores en los maceteros crecían hasta desbordar los límites de la habitación y lo enredaban en una maraña de ramas y hojas. Las cosas adquirían vida y se movían veloces del estante a la mesa, de la mesa a la silla y de la silla al piso. La cama convertida en un caudaloso río me arrastraba furiosamente y me arrojaba por la ventana. Antes de estrellarme sobre la calle, una fuerza invisible me levantaba como a una hoja de papel y me dejaba caer con suavidad sobre el piso de mi habitación. Al despertarme, sobresaltado miraba la inmóvil presencia de las cortinas, de las cosas y la cama dura. Y así, muchas veces, me sorprendía el bullicio del nuevo día...»

Aquella mañana, en que había quedado encontrarse con Rosalía, desde muy temprano estaba ya despierto. Escuchó los pasos apresurados de alguien que abandonaba el edificio. Su reloj marcaba las siete de la mañana. Sólo media hora había logrado dormir. Fueron sueños tranquilos. Afuera en la calle persistía la lluvia que había empezado el día anterior. El cielo se había roto y por ese agujero se escapaba el agua sin piedad. Una de sus vecinas tarareaba bajo la ducha una canción carnavalesca, de ritmo alegre y contagioso, mientras su marido renegaba en el garaje porque su auto viejo no se ponía en marcha. Al frente, en el otro edificio, un gato ronroneaba alrededor del cuello de su hermosa dueña. Una pareja de ancianos, bajo un paraguas extendido, realizaban, con su perro, el acostumbrado paseo mañanero. Hasta su ventana llegaron dos parejas de palomas, dieron unos cuantos saltos y volvieron a irse.
«Alemania es un país envejecido, repleto de viejos inútiles. La falta de niños es una enfermedad crónica y el exceso de perros y gatos, que viven mejor que la gente de nuestros países, se agudiza. Tercer Mundo le llaman, ¿acaso nuestra pobreza viene de otra galaxia.»
Así pensaba El Colombiano. Tomó un largo trago de un líquido transparente que navegaba en una botella, lo retuvo en la boca unos segundos y luego lo tragó rápidamente, casi con ansiedad, desesperación...
«¡A esto se le llama pisco, carajo, y no a esas pendejadas que nos venden en el Petit Prince!»
El repiqueteo incesante del teléfono en el pasillo interrumpió su monólogo. Era Rosalía y le dijo a El Colombiano que no podía pasar por su casa. Se acumuló el silencio y sin esperar ninguna explicación colgó el fono. Alzando los hombros se alejó del aparato.
«Amo democráticamente, por igual, tanto a las mujeres como al alcohol en dosis abundantes y sin límites, de una manera apocalíptica y licenciosa. La cerveza no sufre de síndromes premenstruales ni tiene la regla, no se queja de dolores de cabeza y nunca está cansada. Sólo la pureza virginal de la Blanca Nieves se pone cada vez más difícil, más cara y más necesaria. Me bastan dos o tres o cuatro aspiradas de Blanca Nieves para ponerme a invernar como una boa acariciada por mil hadas.»
Como resultado de sus lecturas literarias El Colombiano había desarrollado una vasta cultura y una filosofía para su propia vida o «para el hundimiento de su vida», como él decía.
Rosalía era una mujer que redondeaba los cincuenta años, de piel canela, cabellos negros, negrísimos y de formas que empezaban también a redondear. Era todo un torrente de alegría, de sencillez y con un profundo miedo a morir en Alemania. «Quiero morir en mi tierra», decía. En sus ojos, también negros como un inmenso mar de sombras, brillaba la ternura. En su cintura de mujer madura se abrazaba la belleza con una impetuosa femineidad. Cuando la conocí no supe si llamarla mariposa, muñeca de porcelana o animal hermoso. La envidia y los celos transitaron sin freno en mi alma. «Estos locos tienen suerte», pensé. El Colombiano, presintiendo o leyendo en mis ojos atrevidas intenciones, me dijo:
«No me manosees la fruta con tus sucios pensamientos.»
Sonreí. Rosalía arregló rápidamente la habitación. De cuando en cuando rezongaba contra el desorden y el descuido de Jacinto, El Colombiano.
«No sé», me explicó una vez Rosalía, «si quiero a Jacinto o sólo es compasión, solidaridad para sacarlo del infierno en que ha caído.»
¿Avizoraba ella el final de un adicto al licor y a la droga?
En silencio miró hacia la calle... Llovía y una fría ventolera bailaba sobre la oscura tristeza de la ciudad.

 
«¿Cuánto tiempo hace que no me llega una carta? No sueño recibiendo cartas porque no duermo, pero pienso, vivo con la esperanza de recibir una, una sola carta. Yo sé que nunca llegará y sin embargo la espero. Parece una cosa de locos, ¿no? Cuántas veces he bajado corriendo las escaleras para ver si la carta que tanto espero ya está en el casillero. Tantas veces he bajado agitado por la ilusión y han sido tantas veces que he subido hasta mi habitación con las manos vacías, con el alma hecha un nudo. ¿Sabes por qué espero una carta? Porque eso me hace recordar que aún me tiene presente. Es como hacerle misa a un difunto cada año, eso reconforta el espíritu de los parientes y el difunto vive, vive en el recuerdo de todos. Cuando veo en las calles a un cartero con su bolsa llena de correspondencia, me entran unos deseos locos de correr y preguntarle si tiene una carta para mí. Me hierve la sangre de rencor al ver la dicha de quien recibe una carta, una postal.»
El rostro de Jacinto, El Colombiano, no revelaba su verdadera edad, parecía no envejecer. «El alcohol conserva», decía batiendo una amplia sonrisa. Su andar ligeramente disparejo acentuaba sus movimientos de borracho consuetudinario. Soñaba con una carta, así como se sueña ser correspondido por un amor imposible. Alguna vez recibió cartas de su madre contándole de sus dolores de cabeza, de sus reumas deformándole las extremidades, de esas pequeñas flores de alegría y de la inmensa pena que le causaba la lejanía de los hijos tan queridos. También recordaba haber recibido una carta de Juan José, su hermano menor, reseñando aquellos años mozos y sus ciertas cuitas de amor con aquella muchacha que, sentada en la puerta de su casa, soñaba con su príncipe azul leyendo fotonovelas Corin Tellado. Entre sus cosas había una foto y las cartas de una muchacha que conoció alguna vez, que la dejó preñada de esperanzas.
El Colombiano tomó un largo sorbo de Maibier. Respiró profundamente, se arregló el pelo con una mano y, luego de una breve pausa, habló de pronto con un tono amargado.
«Los amigos están contigo cuando te necesitan, cuando saben que tienes dinero, pero a nadie le interesa nuestra soledad por estas inmensas avenidas atravesadas de autos y gentes sin rostros arrastrando perros que se cagan en los jardines y se mean en los árboles y en los postes. De la mujer que tanto amaba, que tanto me jodía con sus celos, y vive ahora con mi mejor amigo, sólo me queda una herida, un recuerdo malherido, molestoso, como un coitus interruptus... ¿Sabes?, me gustan los cementerios de Colonia porque son lugares tranquilos y, más que cementerios, parecen ser los jardines de los muertos. Y cuando voy al centro de la ciudad, me paro en una esquina para ver pasar a la gente, sobre todo a las mujeres. El sexo, más que un tabú, es una cuestión infinita. Los Sex Shops no me gustan, porque hay mejores cosas para masturbarse. Anda a la Schildergasse y mira los escaparates de ropa interior femenina. ¿No? ¿No los has visto? Oye, qué tal si vamos un sábado en la noche a putear en la ciudad vieja. Mira viejo, a los alemanes les falta humor y gracia para disfrutar la vida. Y no hay peor animal que un latinoamericano alemanizado. Ponerle ritmo y sabor de salsa al Sauerkraut debería ser la tarea de todo latinoamericano. Si no estás contento, me dicen, ¿por qué no te vas a tu país? Ya estoy viejo para semejante aventura, contesto. ¿Pretextos?, claro que son pretextos. Aquí estoy jodido, pero allá en mi país estaría peor... Sí, estaría peor. No sé cómo, pero estaría peor.»
El verano había empezado.
En esta corta estación la ciudad de Colonia, como todas las ciudades alemanas, cambia de fisonomía, parece otra, hasta el idioma adquiere rasgos más diáfanos y notas sonoras. El sol desde temprano pinta de color alegre los techos cenicientos de las casas. Las muchachas muestran toda su venerable belleza al desempacarse de sus gruesos atuendos invernales. En los verdes parques mítines de senos erectos apuntan amenazantes al sol. Un fantasma erótico recorre la ciudad. Ríen las casas con sus ventanas abiertas. Alegría fugaz, guiño de estrellas, porque rápido llega el invierno con su tristeza fría y su manto blanco. La gente se refugia en la caparazón de sus habitaciones y ni las almas se pasean por las calles grises. Se cierran las puertas y las ventanas. Los corazones se envuelven otra vez en el aliento frío de la melancolía. El frío, la lluvia, la nieve y el desconsuelo inician su reinado...
En la pequeña habitación de Jacinto, El Colombiano, el desorden parecía continuarse hasta el infinito. En el Stereo-Anlage AIWA sonaba alegre el merengue «a pedir su mano» de Juan Luis Guerra. El CD terminó y El Colombiano habló otra vez.
«El silencio nos recuerda que en tierras extrañas la soledad es inmensa como la distancia. Por eso será que partir es morir un poco. La vida me ha dado más palos que satisfacciones. El diploma de ingeniero y los poemas que solía escribir se lo regalé a mi madre, con mi padre solíamos hablar de hombre a hombre, o sea, como dos animales aplastados por el destino. Cuando partí les dije adiós a mis perros, a los gatos, a mis discos, a mis libros y me fui de noche, como escapándome, como avergonzado de mi destino, de mi vida. Por eso bebo, para cambiar de canal, para buscar la chispa de la vida, esto no es un comercial, entonces vuelvo al Petit Prince a bailar y a beber, vuelvo al Cactus, al Salsa, porque se vive y se bebe sólo una vez. Imagínate, te mueres y con eso se acaba todo, te mueres y nunca más vuelves a la vida ni a la bebida, nunca más. Por eso hay que morir de gozo en esta vida y si después San Pedro no nos recibe en el cielo ya no importa. ¿No sé si conoces la historia del pelao, ese más pendejo que Jaimito? Dicen que un pelao murió y se fue al cielo. Después de un par de meses de puro rezo, paz, silencio y la güevonada esa de la castidad, sintió curiosidad por conocer el infierno. Pidió una audiencia con Dios y le planteó el asunto. Dios como siempre no se hizo el del culo estrecho y le dijo que cuando quisiera le podía sacar una visa para ir al infierno. Sin tanto trámite, o sea, pucha, más facil que salir de Cuba para Miami, le sellaron su salida rumbo al infierno. Llegando al infierno el mismo Diablo lo recibió y le mostró el vacilón: Puteríos con mujeres más chéveres que en los Sex-schop, salsódromos y trago hasta decir basta, o sea pues, la vida entera ahí en el averno. Entonces, sin querer queriendo, le preguntó al Diablo la posibilidad de poder quedarse a vivir, porque la estadía en el cielo era más aburrida que en Alemania después del carnaval. El Diablo le explicó que toda la gente que quiera es bienvenida, con excepción de Carlos Marx, pues no quería tener problemas con sindicatos ni organizaciones que quieran arrebatarle el poder. Yo de política, never, contestó el pelao, mi política es el vacilón y punto, nada que ver con proletarios ni sindicatos. Regresó al cielo y sin esperar ni un minuto solicitó una visa de residente en el infierno. Dios le firmó todos los documentos y el pelao, feliz por su buena estrella, partió al infierno. Apenas llegó al averno lo encadenaron, lo torturaron, lo violaron y lo metieron a las calderas de Pero Botero. Pidió hablar con el Diablo y después de tanto chongo y pataleo vino el Diablo y le preguntó si tenía algún problema. Se quejó ante el Jefe Supremo del infierno de todas las maldades a que lo habían sometido sus súbditos y dónde diablos estaban las jermitas chéveres, las fiestas, todo el achore. Ah, le dijo el Diablo, una cosa es el turismo y otra la migración.
Luego de reírnos como dos niños, se produjo una larga pausa.
«Quizás hoy día reciba una carta y entonces, si eso sucede, con todo gusto podría besar al primer hombre que se cruce en mi camino. Podría ser que la carta llegó mientras me emborrachaba en el Petit Prince», dijo El Colombiano y se encaminó hacia el casillero postal soltando una chispa de coquetería. Mientras bajaba las escaleras pensó que la vida ya no tendrá color de hormiga ni el sabor salado de una lágrima. Pero abrió y buscó con la mano todos los rincones del casillero y no encontró nada. «Secuestran gente y también cartas», había escuchado. Con una mirada desesperada espulgó milímetro a milímetro todo el volumen del pequeño buzón. No había nada. Nada. «¿Quién podría secuestrar mis cartas?...»
Volvió a mirar en el casillero, pero no había realmente nada. Entonces, dispuesto a esperar al cartero, apoyó el cuerpo y una pierna doblada sobre la pared. La espera empezó a estirarse, las horas se dilataban dolorosamente. Las manecillas de los relojes parecían haberse detenido señalando un punto fijo, daban la impresión que no se movían, eternamente quietas. Al fin las piernas se le fueron doblando de cansancio y se sentó en el pasillo frío con una corazonada agria entre pecho y espalda. Con el dedo índice, para no aburrirse y tener un pretexto para no mirar ese extraño marcador del tiempo, intentó hacer figuras geométricas en el piso polvoriento. Un suave desvanecimiento, como una tierna caricia, comenzó a elevarlo a un mundo de pesado silencio y oscuras sensaciones. Todo se fue tornando en sombras grises y negras, dejó caer la cabeza sobre un hombro y se quedó dormido.
Dejándolo disfrutar de sus sueños abandoné el plomizo edificio.
El cartero llegó a la hora de costumbre y al verlo dormido en el suelo, dijo: «Estará borracho.» Algunos vecinos ni siquiera lo miraron o no lo vieron, por lo tanto, no pensaron ni dijeron nada. Otros pasaron presurosos hasta sus casilleros sin importarles nada más. «En la ciudades grandes», me había dicho alguna vez, «los vecinos casi ni se conocen, se miran con temor y tan sólo se saludan cuando es necesario. Sólo en los días del carnaval la luz de la alegría salpica las nubes oscuras del temor, entonces hablan, ríen y saltan por las calles bajo el disfraz de payasos multicolores o seres extraídos de una fantástica fauna. Pasado luego el efecto del alcohol y la fiesta, todo, todo vuelve a la calma absoluta.»
Nadie se ocupó de Jacinto y sus sueños. Con la cabeza doblada sobre el hombro derecho dormía plácidamente. A nadie le importó ver a un hombre durmiendo ahí en ese pasillo semioscuro. ¿Quién era Jacinto Romero, más conocido como El Colombiano? Nadie. Un don Nadie y para el colmo de los colmos, era extranjero desde la yema de sus huesos hasta la punta roma de sus cabellos. Ahora, en la penumbra de un viejo edificio en la ciudad alemana de Colonia, ¿dormía soñando acaso con la carta que tanto esperaba? Nadie quiso fijarse en Jacinto y en las moscas que le sobrevolaban rumorosas. Tampoco el cartero que al verlo en la misma posición del día anterior, diciendo: «Ya se despertará», se marchó a cumplir con su tarea de repartir los mensajes de paz y de guerra que se apretujaban en su bolsa. Pero El Colombiano no se despertó como había pronosticado, con buenas intenciones, el empleado de correos y telecomunicaciones.
Una corriente de viento que se arrastraba por el pasillo abría y cerraba con violencia las pequeñas puertecillas de algunos casilleros postales. Como palomas en sus tibios nidos descansaban las cartas amenazando salir volando en cualquier momento. Una mosca insolente entraba y salía en las fosas nasales de El Colombiano. Otra recorría tranquila los meandros de su oreja izquierda. Algunas se detenían sobre la comisura de los labios de El Colombiano para divagar sobre la inmortalidad de los mosquitos. La camisa blanca de El Colombiano se había convertido en un panal de miel invadida por las moscas. Se habían cagado ya tantas veces sobre el rostro pálido de El Colombiano que sus mejillas semejaban un plátano maduro. Sus manos crispadas y aferradas en el suelo no intentaban levantarse y manotear a las moscas. Su rostro aún fresco sonreía con una dicha inmensa y el zumbido de las moscas crecía y crecía a cada instante mientras El Colombiano dormía, dormía, dormía sin darse cuenta que las moscas lo estaban devorando.
Rosalía ingresó apresurada al edificio y extrañada vio a El Colombiano sentado sobre el suelo sucio y penumbroso del pasillo.
¡Hey, Jacinto...! ¿Qué haces ahí? ¡Levántate...!
Con la mejor sonrisa de sus audaces labios se fue acercando, pero El Colombiano no hizo el menor esfuerzo de moverse. De uno de los casilleros postales, como una bandada de aves asustadas, volaron las cartas que se habían acumulado durante los últimos días.
¡Jacinto, levántate hombre...! le regañó Rosalía en tono amoroso y sacudiéndole del hombro... ¡Jacintooo... leván...! la frase se ahogó en su garganta y se derrumbó en el hueco oscuro que se abrió en torno suyo. Unos segundos después volvió una luz mortecina y se desbordó el lago negro de sus ojos. Sus gritos desesperados desconcertaron a los truenos de la tormentosa tarde.
¡Jacinto...! ¿Por qué...? ¿Por qué...? ¡Levántate por amooor...!

Enormes moscas salían azuleando desde la boca entreabierta de Jacinto.


1 mierda
2 extranjero de mierda.
3 Cálmese amiguito.
4 ¿Cálmate?
5 un extranjero maldito

Las sirenas de Huanchaco


El balneario de Huanchaco (La Libertad - Perú)

El sol abrumador caía punteagudo sobre las arenas negruzcas de la playa de Huanchaco, un balneario en el norte peruano. La mujer con sombrero de paja y llamativo bikini moldeando sus formas firmes y exquisitas, sorbía lentamente, mirando el mar azul, el refresco de chicha. Su acompañante, un anciano con una pronunciada calvicie, hizo un gesto como queriendo ahuyentar el calor con las manos. Romy, ahora si ya puedo morir contento sabiendo que eres la protagonista de Retrato de grupo con dama. Romy, halagada, sonrió levemente. Heinrich, ¿sabes?, tu novela es extraordinaria. Otra mujer de piel cobriza, muy hermosa, de ojos verdes tras unas gafas oscuras, que bebía un pisco sour frente a ellos, clavó la mirada en la pareja que hablaba con un acento inequívocamente extranjero.
Romy Schneider, luego de una ardua temporada de rodaje, decidió sumergirse de vacaciones en un lugar tranquilo y desconocido. Así llegó a Huanchaco, donde se encontró casualmente con el escritor Heinrich Böll, quien había llegado a este hermoso balneario, después de participar en el Congreso Latinoamericano de Estudios Germanistas, con el afán de probar el mítico y afamado cebiche peruano. ¿Cómo, sea beach?, indagó la actriz. Verás, se trata de un plato preparado en base a pescado crudo marinado en jugo de limón. Justamente los marinos ingleses que llegaban a un puerto peruano solían degustar este plato típico al que ellos le llamaban Sea Beach, pescado en la playa. Ach so, asintió ella.
Disculpen, les dijo la mujer hermosa de ojos verdes y gafas oscuras, les invito, si no tienen ningún otro compromiso, mañana al mediodía a probar uno de los mejores cebiches de la región. En aquella casa, al final de la playa, vivo con mis hermanas, los esperamos, será un gran honor tenerlos como huéspedes. Anonadados por la belleza de la mujer, Romy y Heinrich aceptaron sin pensarlo. Hasta mañana, les sonrió. Y se alejó con pasos y movimientos de cadera que hicieron suspirar al escritor alemán y a ruborizarse con una pizca de envidia a la famosa artista del celuloide.

Heinrich Böll y Romy Schneider

A las doce en punto, como buenos alemanes, llegaron Romy y Heinrich a la dirección que la desconocida les indicara. Era una casa señorial. Grande. Dos pisos. Balcones de madera labrada y ventanas con diseños alusivos al mar. Tocaron a la puerta a cuya acción se abrió lentamente. Apareció la estatua de Neptuno presidiendo un recinto claro con mesas y sillas simulando los lomos de diversas especies marinas. Las paredes se adornaban con pinturas mostrando heroicas luchas de navegantes y mitológicos seres marítimos. El suelo tapizado con redes de pescar, conchas, moluscos y vistosas fracciones de corales. El ambiente era fresco y con intenso olor a pescado.
Bienvenidos, les sorpendió el coro de voces que provenía desde el fondo de la sala. Eran seis hermosas mujeres, todas iguales, endiabladamente idénticas. Les invitaron a sentarse y ellos obedecieron en silencio. Una suave musiquita, como si viniera desde el mar, empezó a flotar. La mesa estaba servida y las mujeres empezaron a ocupar sus emplazamientos. Voluptuosamente ingresó una foca con una garrafa de chicha de jora bamboleando sobre el hocico. Con admirable maestría depositó la vasija sobre la mesa, luego se acomodó a un costado de la mesa. En una bandeja estaba el cebiche. Mientras una de las anfitrionas empezó a servir en lujosa porcelana, otra se dedicó a contar la historia del plato más acariciado de la cocina peruana.
No existe una receta única, dijo, y sobre su nombre hay mucha discusión. Unos afirman que proviene de pescado encebollado con limón, de la conjunción de estos vocablos surge el encebichado que se fue abreviando como cebiche. El historiador Juan José Vega argumentó que provenía de la palabra árabe sibech, comida ácida, potaje que preparaban las mujeres moriscas en Granada, esclavas de los Reyes Católicos, agregando zumo de naranjas agrias, y en el Perú, al llegar junto con los conquistadores que también trajeron los limones, pusieron jugo de limón al pescado crudo con ají y algas que preparaban los antiguos peruanos. Algunos investigadores dicen que el limón es de origen árabe, otros afirman que es originario de África. Javier Pulgar Vidal asevera que el nombre de Seviche es muy antiguo y viene de la palabra quechua Siwichi, que quiere decir pescado fresco, pescado tierno. Sea cualquiera la procedencia o la forma de llamarlo, lo cierto es que todos están de acuerdo que es un plato suculento, aromático, sabroso, chispeante, vigorizante y peruano.


Romy Schneider no se atrevía a probar bocado, en cambio Heinrich Böll, saboreando y sintiendo el ardor del ají en la boca terminó el plato. El escritor estaba ya embalado y animaba a la actriz a deleitarse con esa delicia divina. Las hermanas rieron agradecidas. Romy observaba los pedazos menudos de pescado y camarones empapados en el lechoso zumo de limón, las cebollas cortadas como láminas delgadas y la rojez ardiente del ají. ¿Tiene sal?, preguntó Romy. Si, y se la deja macerar una media hora por la acción cáustica del zumo de limón. Romy Schneider empezó a comer. Sintió la pegada del ají en el paladar. Se vió obligada a beber chicha en forma desbocada. Luego volvió el tenedor al plato y apuró, sin cesar, los trozos de pescado, los pedacitos de ají. Ambos pidieron más cebiche y más chicha.
Sin duda, continuó, el cebiche se ha convertido en el plato emblemático de la gastronomía peruana en el ámbito internacional, como las hamburguesas del McDonald, la pizza italiana, el chucrut o sauerkraut de ustedes, los alemanes, o la paella española. Pero no siempre fue así, por mucho tiempo las clases altas lo trataron con desprecio. En esos tiempos sólo lo preparaban los pescadores, negros, zambios, indios y mestizos con bonito, un pescado con fuerte sabor oleaginoso. Además una copa de leche de tigre, jugo producido por los ingredientes del cebiche, levanta muertos e induce a placenteras sesiones de amor increíbles. Heinrich Böll se volvió a ella y le cerró los labios con un beso prolongado.
En verdad, dijo Heinrich Böll, hemos comido y bebido como dioses, y hemos conocido la fantástica historia del cebiche, pero ante todo, hemos sido testigos de una fusión indescriptible de aromas, colores y sabores, capaces de desatar las más inesperadas pasiones. No logró seguir hablando pues de pronto el mundo comenzó a desmoronarse. El ruido escandaloso de las aves marinas y la mar reventando su oleaje en las paredes del caserón los envolvió. Abrazó a Romy en un afán de protegerla, pero en realidad él buscó protección en el pecho de ella. Las seis bellas sirenas, de senos suculentos y poderosas colas de pescado, los acomodaban en una especie de coche tirado por bravos delfines.
Romy Schneider y Heinrich Böll se despertaron casi al anochecer, varados en la playa, ateridos por el frío y cansados, como si hubieran navegado semanas enteras. De la casa y las sirenas no habían ni rastro. A duras penas se incorporaron y empezaron a caminar rumbo al hotel. Tartamudeando le dijo a Romy que el cebiche, es delicioso, y las sirenas lo inventaron no sólo para atrapar a los marineros que se adentran en alta mar, sino también para atrapar a los turistas. En hora buena, Heinrich, ahora ya no podré leer tus novelas sin probar antes un plato de cebiche.

Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora


¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!
César Vallejo

En el paradero Neumarkt subieron al tranvía de la línea 9 con dirección a Sülz dos muchachas que claramente no superaban los veinte años y con seguridad cursaban el último ciclo del bachillerato en algún Gymnasium colonés. Eran dos muchachas delgadas, altas, de una belleza, que podría definirla como salvaje, aleonada, tal vez, endemoniada. Sus movimientos eran gráciles, casi imperceptibles, parecía que el viento las arrastraba. Sobre las calles, abarrotadas de paraguas oscuros, caía una llovizna ennegreciendo el paisaje, fantasmeando los aburridos edificios. Las dos muchachas vestidas de negro se tomaron de las manos, brillaron los anillos de sus dedos. Luego, una de ellas se soltó sutilmente y pasó el dorso de su mano por el rostro moreno de la otra muchacha. Fue una caricia tierna, como si tuviera miedo de romper un fino juego de porcelana. La otra muchacha le correspondió con una sonrisa apacible, le pasó la mano libre bajo el abrigo y descubrió la breve cintura de su compañera. Pude ver la hebilla avampirada y los botones quelónicos de una ancha correa negra con los filos gastados. Se miraron una eternidad a los ojos, ojos redondos y verdes: esmeraldas incrustadas en el icono de una virgen oriental. Rozaron sus graciosas naricillas con mucha dulzura; después, se besaron otra eternidad, sin pausa. Sus bocas, adornadas de una blanquísima dentadura, se juntaban con tanta serenidad que imaginé la unión de cuatro labios y dos lenguas de terciopelo. Sus manos rodeaban las ajustadas cinturas con devoción, con afabilidad o se escurrían y atrapaban los acristalados rostros para no dejarlos escapar de sus torrenciales y generosos besos.
En todos sus movimientos había una extrema delicadeza, una desmesurada suavidad. En cada una de sus ternezas no había señales de la más mínima violencia pasional, más bien, contenían una serenidad que lindaba con la quietud de la muerte. Tanto amor, tanto... Tan extraviadas se encontraban en sus bríos amorosos que no advirtieron cuando me asaltaban los celos, la envidia; esas ganas de levantarme, de cogerlas de los cabellos, de aplastar sus angelicales rostros contra las metálicas puertas del tranvía, de golpearlas con saña hasta triturarle los huesos, hasta que sus pómulos de cristal manaran, incontrolables, toda la sangre de sus venas. Un monstruoso sentimiento de odio me consumía, entonces me vi arrojando sus cadáveres en el paradero Lindenburg del tranvía de la línea 9.


Freitag, 15. April 2011

La ingeniosa muerte de Malena


Para Luisa Pérez

A Silvia le hablaba de Malena. Es linda, muy linda, le decía. Casi a diario soñaba con ella. Sentado a su lado en el piso recién alquilado, peinando sus cabellos aún mojados, arreglando las uñas de sus manos y sus pies, colocando flores en un jarrón en la mesa de centro de la inmensa sala, tomando el té con los amigos que venían a visitarnos casi todas las tardes, contestando el teléfono para postergar citas o reuniones, yendo de paseo por el centro de la ciudad, luciendo un vestido nuevo y con el maquillaje resaltando sus facciones más bellas. Silvia escuchaba con cierto malestar el relato de mis sueños. Con rabia nada oculta cerraba el periódico que leía y se iba al dormitorio. Sentada frente al tocador se alisaba el cabello y se contemplaba desde uno y otro ángulo. Al volver, sosegada, mucho más tranquila, me preguntaba, una y mil veces, si aún la encontraba bella, que si aún era feliz con ella, que si aún ella sigue siendo mi princesa. Eso ni lo dudes, Silvina, te amo con locura mi princesita hispanoincaica, le contestaba. En silencio la admiraba, sentía cómo la amaba, claro, y me prometía amarla siempre, siempre. Entonces ella, suspirando profundamente, soñaba con ser Malena.
Nunca me gustó jugar a la gallinita ciega, pero desde que conocí a Malena me encierro en mi habitación, me vendo los ojos y gozo penetrando en esa mansión oscura, en ese vacío insondable. De esta manera es como intento acercarme a Malena. Me gustan sus labios, me alegra su sonrisa. Y sonreír es una de las pocas emociones que aprendió a mostrar sin reticencias. Aún no llega a cumplir los veinte años pero toda su vida la lleva atada a una silla de ruedas. Sus ojos azul-grisáceos no conocen los colores ni los diversos tonos blancos y negros. Su voz nació apagada. Para comunicarse con ella hay que tener mucha paciencia. El papel, la pluma, la escritura le son conceptos abstractos, no sirven de nada. Para “conversar” con Malena hay que recurrir al “lormen”. Y el lormen es un método para poder dialogar con los sordo-mudo-ciegos que lo inventó Gerónimo Lormen hace más o menos cien años atrás. Para describir una letra hay que golpear levemente o tocar una determinada parte de la palma de la mano.
Malena vivía con su madre en una antigua casa de la calle Merced de Valladolid. A diario la visitaba y le decía que un día vendría con Silvia. Para que conozcas a mi novia, a mi princesa. Pero lo que más deseaba era salir a pasear con Malena. Mientras tanto hacía todo para ganarme la confianza de su madre. Debería caerle bien a ella. ¿Señora, cuando me deja llevar a Malena a pasear por el centro de la ciudad?, le pregunté una vez. Ella con el ceño fruncido, sin dejar de hacer sus labores, dijo: Un día de estos, jovencito, un día de estos... Hasta que una tarde, después de mucha insistencia y cuando menos lo esperaba, me permitió sacarla de casa. Entonces feliz, con Malena bien apoltronada en la silla de ruedas, salí a la calle. Me sentía orgulloso de andar a su lado. Me hubiera gustado ir al cine con Malena, pero mejor aprovechamos para tomar un refresco en el agradable Café-Bar-Compás donde sirven unos combinados estupendos. Los ventanales de vidrio dejaban pasar la luz del día sin trabas y se extendía con toda su blancura sobre las mesas, lamía las paredes sacándole lustre. La muchacha rubia, que nos atendió muy amablemente, llevaba los vaqueros bajo las caderas y mostraba un tanga blanco de tiritas anaranjadas. Alelado miraba el rostro curioso de Malena. Sus facciones neutras y sus manos parsimoniosas tamborilando los brazos de la silla de ruedas.
Y es así, me gusta observar a Malena sumergida en su mundo. Cuando deja de jugar con su cadena de perlas de madera, agita los brazos en el aire como si buscara a alguien o algo. Entonces le acaricio las manos y ella me sonríe, esa sonrisa dulce la ilumina. Cierro los ojos e imagino que estoy tirado de espaldas sobre las baldosas frías de la Plaza Mayor de Valladolid, con las manos sujetando pedazos de cielo a manera de pañuelos. Suaves chorros de luz de luna se deslizan bañando al ayuntamiento y a la estatua del conde de Ansúrez. Un silencio indescriptible me rodea y el viento me trae el bullicio de la gente. No los veo, sólo presiento sus andares. Todo lo que me rodea, hasta los sonidos, lo percibe mi olfato. Mi nariz, como un perro sabueso, aletea tras los aromas. Es mi única ventana a la vida. Esto me aúna a Malena que va y viene en su silla de ruedas. Ella nunca ha visto algo bonito ni ha expresado un deseo. Casi todo el tiempo lo pasa en su habitación ordenando y desordenando cosas, quitando algo aquí y poniendo algo allá, hasta que su madre viene y la llevan a comer, a realizar algunas labores y a pasear. Malena generalmente asiente a todo con un afirmativo movimiento de cabeza. No sé si le gusta cuanto hacemos con ella, dice su madre. Me mira desconsolada y prosigue, Sólo tratamos de entenderla, de comprenderla, nada más.
Y los pensamientos, los deseos de un sordo-ciego-mudo no son nada fáciles de captar, de concebir. Las múltiples fases de la vida diaria transcurren como si fueran filtradas, sin colores ni sonidos, en dependencia total de los que podemos ver y oír. Como un “No-World”, un “No-Mundo”, ha bautizado a su vida la escritora sorda-ciega Helen Keller. Un mundo casi imposible de entrar desde fuera y difícil de abandonar desde adentro. Así, el entorno de Malena alcanza apenas hasta donde llegan sus brazos estirados. Los olores, las sensaciones de frío y calor le vienen desde muy lejos, movimientos libres en el espacio o palabras de aliento son para ella inalcanzables. Malena existe como si no hubiera venido al mundo, por eso hay que ir con el mundo hacia ella. Llevarle el mundo, mi mundo. Los colores y la gracia de la vida, de mi vida. Cuando la veo mecerse horas y horas, adelante, atrás, adelante, atrás. Cuando parece gritar y desesperarse. Cuando se golpea la cabeza en el respaldar de la silla de ruedas. En todo eso me parece ver que el cuerpo de Malena se reduce a lo más interno de su “No Mundo”. A lo mejor su mundo de oscuridad y silencio encuentra en todo eso un incentivo a sentirse, a no hundirse por completo. Por eso hoy le tomé las manos, las acaricié largo rato; le besé los labios, el rostro, mis manos se hundieron en toda su piel con el mensaje de mi mundo. El ardor de mis deseos se prendió a las ramas secas que se acumulaban en el fondo de sus entrañas. Sus manos enternecidas se encendieron con la luz de una lámpara que crecía segundo a segundo. Todos mis lugares, mi norte y mi sur, mi oriente y occidente, fueron para ella descubrimientos dotados de aventuras impredecibles. Hoy intenté entrar en el mundo de Malena. Hablarle al oído de su alma.


Mucho tiempo después, una mañana desperté sobresaltado. Rompí en llanto desconsolado. ¿Qué te pasa?, preguntó Silvia. Malena ha muerto, contesté saboreando mis lágrimas. Sentí todo el cuerpo derrumbarse, descomponerse, con los golpes de una pena inmensa. Apagué la radio y empecé a beber en silencio. Silvia también lloraba sin decir una palabra. Entonces me vestí de negro y salí hacia la casa de Malena llevando los pésames de Silvia. Esa noche no regresé a casa. Silvia no consiguió ubicarme pues había apagado mi móvil. Cuatro o cinco días después, cuando llegué a casa, Silvia atinó a espetarme con energía: Estás loco, loco de remate... No contesté, sólo la besé en los labios a la volada y me metí a la ducha. Desde ese día caminaba como sonámbulo sin decir una palabra.
Me he vendado lo ojos y he taponado mis oídos. Dando tumbos he salido a caminar por la ciudad. Cruzo la Plaza Santa Cruz. Un coche me roza en la calle Librería. En Duque de Lerma la gente murmura algo, seguro dirán que estoy loco. Llego a la calle del Paraíso y percibo que alguien se me acerca con sus efluvios de perfume Lacoste. Es Gustavo Martín Garzo. Gustavo, el escritor, me enlaza un brazo con la sana intención de ayudarme. Pero a él le interesa más hablarme de El lenguaje de las fuentes. Me da la impresión de querer confundirme con la Marea oculta. Aunque, a decir verdad, creo que quiere alertarme de Los amores imprudentes. Al ver que no le hago caso, que no le escucho, se va corriendo calle abajo, con su pantalón de tirantes y a media pierna. De pronto aparezco en la esquina que forman las calles Rastro y Perú. Cabalgando en Rocinante viene a mi encuentro Miguel de Cervantes Saavedra. Me invita a pasear por la plaza España, pero sus intenciones eran llevarme a la Librería Amadís para comprar unos ejemplares de sus Novelas ejemplares. No sé como explicarle que no entiendo el lenguaje en tinta y papel. Soy sordo. Soy mudo. Soy ciego. Sólo tengo mis manos, mis pies y un “No Mundo”. Le hago algunas señales en la palma de su mano, pero él la retira violentamente. Quiero seguir mi camino, pero al salir de la librería me choco con Miguel Delibes. ¿Oiga, jovencito, me dice, no sabe usted que La sombra del ciprés es alargada? Y qué ganas de poderle contestar que yo soy El hereje, pero decido mejor, impotente de decir algo, largarme con La escopeta al hombro.
Ahora es Malena quien camina conmigo, colgada de mi brazo. Malena sonríe. Está contenta. Cansados de deambular nos detenemos en la Plaza Mayor de Valladolid. Le doy un beso a Malena. Saco los tapones de mis oídos y el vendaje de mis ojos. De pronto me doy cuenta que no escucho nada y estoy mudo. Grito. Lloro. Pero en realidad sólo son grotescos movimientos de mi boca, como a César Vallejo sólo me sale espuma. Me caigo. Me arrastro entre penitentes descalzos, manolas vestidas de luto, entre las imágenes de la Virgen de las Angustias, La Virgen de los Cuchillos y la Dolorosa de Salzillo. Ahora se desvanece todo otra vez. No hay nada. Sólo el viento frío me golpea con la fiereza de cuchillos cortantes. Poco a poco se va oscureciendo, todo empieza a cubrirse de una niebla densa. Silencio de cementerio y oscuridad. Quisiera tener a Malena junto a mi. Estiro los brazos con el afán de hallarla, de apoyarme en ella, pero no está. Tampoco reconozco donde estoy. No sé por donde ir, qué rumbo tomar. Cómo llegar ahora a casa. Dónde encontrar ahora el bullicio del río Pisuerga. Cómo saber ahora el color de las noches. Cómo aullarle a la luna. Cómo, cómo, si ahora me hundo irremediablemente en un mundo desconocido y silencioso, un lugar con los colores asesinados, sombrío paisaje que a veces sólo me permite escuchar algunos arrebatos de música lejana...
Día y noche, sentado en el sofá, como un obseso, mis oídos casi marchitos se dedican a auscultar la calle a través de la ventana sólo con la esperanza de sentir la cercanía de Malena, el calor de sus manos en mis manos.
Entonces Silvia empezó a buscar a Malena. Primero fue a la calle Merced y no encontró nada. Preguntó por ella en el vecindario y nadie le dio razón. En los registros de nacimientos no existía Malena Zapatero, ni tampoco en el de defunciones. Menos en la guía telefónica aparecía ese nombre. En ningún hospital ni en la morgue le fue posible encontrar el menor indicio de la existencia o muerte de Malena. En los diversos centros de ciegos y discapacitados tampoco pudo encontrar huella alguna. Al cabo de varios días, cansada de tanta búsqueda, una tarde muy de noche Silvia volvió a la casa, muy molesta conmigo. Se encerró en el dormitorio y la escuché llorar, en otros momentos parecía reír como una loca. Mientras veía la televisión me quedé dormido en el sofá. Al día siguiente, Silvia me despertó violentamente, me miró a los ojos como si quisiera clavetearme a cuchillazos, y me dijo: Maldito, ya te frejaste, maldito. Hizo una pausa y agregó: Has matado a Malena y no tendrás perdón, mil veces maldito.
Desde entonces Silvia se me acerca y me dice al oído con calculado sarcasmo: Soy Malena. Yo hago como que no la escucho y sigo impenetrable, sin pestañear, mi tarea de escuchar, con el otro oído, el más leve aviso de la presencia de Malena en la calle. Pero Silvia insistía en llamarse Malena y eso me molestaba. Todos los días con la misma cantaleta. Soy Malena. Soy Malena. Me llevaba el demonio que ella tratase de usurpar el lugar de Malena. Hastiado de esa situación, cansado de tanta jodedera con eso que ella es Malena, una noche la empujé por la ventana.
En pocos minutos vinieron los encargados de mantener el orden público. Entre varios policías me sacaron del sofá y me llevaron en vilo hasta unos de los autos que habían estacionado frente a la puerta del edificio. Me encerraron en una celda a donde Silvia empezó a venir todas las noches. Llegaba en silencio, abría la puerta de la celda y se introducía desnuda en mi cama. Soy Malena, me decía, y eso me despertaba furioso. Así malhumorado me llevaban ante el juez para prestar mis declaraciones. Asesinato. Alevosía. Premeditación. Sangre fría. De todo me acusaban. Yo no me defendía. Con la mirada fija en un punto cualquiera seguía la verborrea de jueces, abogados y testigos. Después de muchas sesiones, no sabría decir la cantidad, decidieron internarme en el Hospital Psiquiátrico Dr. Villacín del Barrio Parquesol.
Hasta aquí ha llegado Silvia. Unas veces vestida de negro, otras de blanco impecable y otras de rojo fuego. Tacones altos que traquetean en el piso. Un sombrerito muy mono y unos guantes coquetos. Entonces la invito a sentarse y le digo que la quiero mucho. Todo he consentido, Silvia, pero no podía permitirte el lujo de suplantar a Malena. Eso, Silvina, ya era demasiado. Malena fue mi creación perfecta, única. Ni Dios ha sido capaz de crear un animal tan maravilloso, tan excelente. Silvia calla, repasa la pulcra habitación con la mirada, luego se levanta y se va. Me quedo escuchando su taconeo cada vez más lejanos, cierro los ojos y me vuelvo a dormir.
La última vez que vino Malena, impulsando su silla de ruedas a toda carrera por los pasillos del hospital, fue para decirme que Silvia nunca más volverá. Con un mohín gracioso se lanzó contra las ventanas de mi habitación y se fue volando, cantando alegre y feliz, como un jilguero que escapa de su jaula, de su prisión.
Ahora estoy solo y trato de comer una cucaracha que merodea por el alféizar de la ventana.


Sonntag, 3. April 2011

La noche que colgaron los labios en El Rincón de los Muertos


Desde que salí en busca de El Rincón de los Muertos sólo encontré un paisaje desolado, roto. Campiñas pobladas de secos pajonales, de cerros con sinuosas laderas y pampas inmensas, un cielo de nubes blancas, grises… y gente ausente. Todos muertos. Por eso, al divisar una chocita a orillas de un claro seco, con tonos amarillescos, olvidé el frío, la sed y el cansancio agobiadores. Animado, casi cantando, seguí avanzando por el empinado vericueto de tierra rojiza, menudo polvo ensangrentado. Al acercarme a la casucha un perro famélico me recibió bailando furioso, su maltrecho ladrido sólo era alarde de mejores tiempos de cuando desarticulaba el profundo silencio de las serranías. El resuello de sus fauces deformes se disolvía rápidamente en el ambiente casi helado de la puna. En el corredor, frente a la puerta destartalada de la choza, sentada en una vieja banca, estaba Rachel Welch. Su belleza cinematográfica desafiaba furiosa al abandono. En silencio se levantó y señaló el horizonte desamparado. Así como Hace un millón de años, dijo. Con la boca abierta admiré la lindura de sus medidas perfectas, el movimiento intacto de sus dedos, la firmeza de sus caderas, la solidez de sus monumentales piernas. Colocando su mano derecha como visera en la frente, dijo claramente: Mis ojos no alcanzarán jamás a ver toda la desgracia que sembraron la soldadesca y la locura terrorista. Una ola de cuchillos tenebrosos se agolpó en los bolsillos de mi existencia. Los recuerdos anegaron mis ojos. El perro flaco, enmudecido por el terror experimentado, se arrastró mansamente hasta los pies de la famosa estrella de cine. La bella mujer volvió a ocupar su emplazamiento. En el fondo marítimo de su mirada felina bebía la tarde gris sus efluvios de dulzura.
Acosado por la sed de alma perdida seguí mi camino.
Un leve ruido proveniente desde un bosquecillo de arbustos quemados me hizo volver la mirada. Ahí, parado, con una pródiga sonrisa, aparecía el célebre Anthony Quinn, conocido también como Zorba, el griego. Al verme empezó a cantar: Me llaman el desaparecido / Cuando me buscan nunca estoy / Cuando me encuentran yo no soy / Me dicen el desaparecido / Fantasma que nunca está / Perdido en el siglo XX… rumbo al XXI… El bullicio telúrico de una banda de músicos con arpas, violines, clarinetes y tijeras lo interrumpió sorpresivamente. Detrás de ellos, un tanto retrazados, venía una turba de alegres danzantes. Ponchos, sombreros y polleras de intensos colores se mecían con cierta gracia al vaivén del viento. Todos ellos son también desaparecidos, me dijo Anthony Quinn. Los músicos y danzantes se acercaron veloces, con el paso apurado, raudo, murmurando con el oro de los pajonales. Bajo tus pies, volvió a decir Anthony Quinn, las almas lloran, estás en un campo minado de muertos, desaparecidos, las fosas comunes son parte del paisaje. Zorba, El griego, levantó los brazos, sus manos hicieron el ademán de mover las tijeras chasqueando los dedos y sus pies intentaron marcar el ritmo de la danza de las tijeras. En pocos minutos bailarines y músicos se perdieron en la lejanía. Todo volvió a quedarse en silencio. La majestuosidad de la cordillera se abatió solemne sobre el traqueteo de la tarde. Sólo el viento gimió en las alturas de El Rincón de los Muertos.
Poco tiempo después encontré un camino pedregoso, relativamente amplio. A un lado del camino se extendía una hilera de eucaliptos frondosos. Me llamó la atención el ronquido de un motor subiendo la cuesta. Sus bramidos tronaban en las alturas del cielo cenizo. Lento pero seguro avanzaba el robusto animal motorizado. El conductor del flamante BMW descapotado llevaba una metralleta cruzándole el pecho. A su lado se hallaba el autodenominado presidente Gonzalo, vestido a la manera de Mao Ze-Dong. Al verme, me dijo marcialmente: Camarada, salvo el poder todo es ilusión. Un entusiasta ejército de jóvenes marchaba detrás agitando banderas rojas, arengando a un tal Nuevo Amanecer. Desvaídas mochilas y viejos fusiles, relumbrantes machetes les otorgaban una aureola de tenebrosidad. Otro grupo izaba perros muertos atravesados en horquetas rústicas. ¡Así mueren los traidores!, gritaban sin cesar. ¡La revolución tiene mil ojos y mil oídos! Un joven que escribía inflamados discursos para El Diario repartía La entrevista del siglo, otros lanzaban al aire panfletos entre los jóvenes que seguían embobados al presidente del futuro país de Nueva Democracia. ¡Muerte al capitalismo! ¡Muerte al imperialismo! El BMW rojo se abría paso entre la multitudinaria soledad de los Andes en nombre de la revolución.

 Edith Lagos (Foto internet)

Entre el tumulto de muchachos estaba ella. Chiquita graciosa. Hermosa. Linda. Estrellita. Lucesita. Lunita. Sol. Tierra fecunda. Cañita dulce, palomita, suray surita. Edith Lagos, morena, morenita, peruanita bonita terroncito de azúcar, iba cantando: Qué bonita, qué bonita / La flor de la retamita / Sus hojitas se parecen / Al traje de mi cholita… Al borde de su boca crecían flores, se marchitaban las tristezas. Edith Lagos, muchachita linda, corrí a su lado, atraído por algo más fuerte que mi timidez. Me puse a su costado y le dije en el oído: cholita linda quiero que levantes el color de mis días, que me enseñes a mojar el pan en la mesa de los pobres. Muchachita, mujer de cielo y caña dulce, déjame preñar en tus labios bondadosos palabras que el viento deletree en las mañanas, déjame sembrar tu nobleza en mi pelo negro. Déjame ir contigo a repartir la esperanza, el arco iris, a bailar un huaynito, un carnavalito. Retamita retamita / Que creces en las laderas / Y tu florcita amarilla / No se parece a cualquiera… Edith Lagos, puka sonko, sumemos las pobrezas y las alegrías para que en el café de tus ojos se vuelvan polvo y poesía dilatando el Nuevo Amanecer.
Así fue como me enamoré perdidamente de la revolución, mejor dicho, de Edith Lagos. Y ella, con el consentimiento del partido y de los mandos, me amó soñando con un futuro de banderas rojas, con amaneceres de hoces y martillos, con un gobierno de obreros y campesinos, con lucha de clases y todas las contradicciones, y porque los pobres somos más, como solía decirme, un día tomaremos el destino con nuestras propias manos, aunque el camino está lleno de piedras, miles de dificultades tenemos frente a nosotros. La escuchaba en silencio y se llenaba mi alma de nuevas esperanzas, de ilusiones, de días felices. Sólo la lucha nos hará libres, me decía acariciando mi frente. Tenemos que ser fuertes, hagamos de nuestra fe inquebrantable balas para los fusiles del ejército que marchará triunfante por todas las cordilleras del Perú profundo.
Pero fueron más mis penas por todas las miserias que ocasionaba el ejército del Nuevo Amanecer. Entonces mi corazón empezó a fallar. Una noche, mientras acariciaba la nochedad de sus cabellos, le dije: Edith, ¿por qué tanta muerte, amor? No se puede sembrar nueva vida, destruyendo, matando todo. Ella muy severa contestó que para construir algo nuevo se necesita destruir todo lo viejo, todo lo que está podrido. Todo está corrupto, sentenció muy severa. Estamos en guerra y la guerra es nuestra vida cotidiana, nuestra entrega al partido no se discute, morir es un accidente y no debe haber lamentaciones. Aún correrán ríos de sangre, el enemigo así lo exige. De pie, mirando el desfiladero desde cuya cima dominábamos todo el paisaje sobre la parte sur de El Rincón de los Muertos, recitó, casi con furia: Hierba silvestre, aroma puro / te ruego acompañarme en mi camino / serás mi bálsamo en mi tragedia / serás mi aliento en mi gloria. / Serás mi amiga / cuando crezcas / sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije / que el río me conteste / la pampa arda, /el remolino vuelva… Pero estamos matando a nuestros propios hermanos, destruyendo nuestras comunidades, nuestra cultura, alegué emocionado. Edith Lagos, mi palomita suray surita, cambió su mirada dulce en acero penetrante, transformó la suavidad de sus manos en fríos garfios fulminantes. ¿Qué te pasa? ¿Acaso la comodidad burguesa corroe tu sangre de mediocre pequeño burgués? Necesitas urgente ayuda, debo hablar con el resto de los camaradas.
Pasaron varios días hasta que fui sometido a un severo interrogatorio. Al no poder absolver satisfactoriamente todos los requerimientos y negarme a seguir obedeciendo ciegamente las directivas enfebrecidas de la dirección nacional me condenaron a la pena de muerte. Me acusaron de traidor, vendido, de debilidad burguesa y de contrarrevolucionario. Bajo la atenta dirección de los Mandos del Nuevo Amanecer, Edith Lagos, con la mirada rota y el pulso aparentemente sereno, se dispuso a cumplir la sentencia de muerte. Oí el chasquido del arma al dispararse y sentí la punzada quemante del proyectil en mi pecho, después ya nada. Mi cuerpo, animal degollado, lo arrojaron por un despeñadero. Mis padres, días antes, habían sido asesinados por los militares del glorioso ejército peruano por el solo hecho de tener presuntamente un hijo alzado en armas.
Mucho más tarde Edith Lagos, mi heroína de masacres, mi virgen sangrienta fue detenida por las fieras de la represión. Torturada hasta la saciedad no pudieron quebrantarla. Rodeada de militares fortachones la expusieron ante la prensa. Tenía las mejillas y la nariz hinchada a causa de la golpiza policial. El cabello despeinado, más largo y más negro, volaba sobre sus hombros. A pesar de todo esto trasmitía vida, rebeldía. Meses después logró fugarse del cautiverio, para luego caer en combate. Su féretro, envuelto en la esplendorosa bandera roja del partido signada con la hoz y el martillo, ingresó a la catedral para la obligada misa de cuerpo presente. Terminada la misa casi toda la población de El Rincón de los Muertos acompañó a la comandante Edith Lagos hasta su última morada… Los recuerdos me hacen también llorar ahora, son lágrimas de un alma que vaga sin descanso, quizás por eso mis penas son más grandes, más profundas.
Al anochecer llegué a una calle oscura de El Rincón de los Muertos. El viento frío escabulléndose entre las sombras hacía todo más siniestro. Los escasos y abandonados semáforos cambiaban de un gris a otro gris. Otros fantasmas acechaban en todas las esquinas, me observaban desde las ventanas asoladas. De cuando en cuando me cruzaba con cadáveres llorando. En algunos parques se elevaba el humo alucinante de huesos incinerados. Un desaparecido que buscaba su fosa común, me dijo: Aquí, de noche, los semáforos son como los gatos, sobreviven agobiados por esa tristeza gris.

 Sepelio de Edith Lagos en Ayacucho (Foto internet).

En aquel rincón donde dormimos juntos mi corazón simplificado piensa en tu sexo / Walter Lingán



Sin duda Lucía es el amor de mi vida. Es verdad, creo que la única verdad. Aunque la frase suene cursi o resulte ya muy trillada. “Mi poeta privado”, me llama Lucía, se cuelga de mis hombros y me estampa un beso lleno de pasión, de enervante candela. Aunque ella realmente admira a Rubén Darío, a Luis Hernández, a Blanca Varela y a muchos poetas franceses. Como César Vallejo, yo sólo me adhiero. Lucía se levanta apenas despunta el nuevo día, entonces sus pies desnudos son estrellas locas bailando sobre un mar de alfombras adormecidas. Descorre las cortinas, abre las ventanas y la descubro en todas sus formas. Su andar se desata acompañado de un olor sensual, de un obsceno aroma que se desparrama por toda la casa. Las enaguas de Lucía inauguran los amaneceres con más luz en el rabo de mis ojos, en la yema de mis deseos. Tiene un estilo muy especial de provocarme, de invitarme al goce de grandes emociones. Se lleva una mano a su sexo, ese volcán que revienta luceros en las almas más feroces y multiplica el fuego de todos los sentidos. “Cómo huele”, me dice. Sonríe con malicia acariciando la matita pelumbrosa que cubre su bajo vientre, hurgando en ese amoroso fogón de océanos transparentes. “Uf, amor, como huele, dios mío”, dice colocando sus dedos de piano en su naricita. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Me quedo mirando su cuerpo de mariposa atrapada en su vuelo madrugador. Siento como la eléctrica serpiente de los deseos asciende a trancazos por las ramas de mis manzanos somnolientos. La cintura curva de Lucía, un tantito deformada por los hijos que tuvimos, me tienta sin miramientos al ayuntamiento, a la sabrosa perdición, a ese sesgo furor inapelable. La imagino desnuda, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Las botas y las finas medias, la falda y la blusa, las enaguas, el sostén y el tanga rojo en el suelo. Todo un cuadro de Picasso o un poema de Mario Benedetti. Tu cuerpo chúcaro mi bien ¡ay! cómo me almeyara / ¡ay! cómo me almeyara tu cuerpo chúcaro mi bien…
“Voy a ducharme”, dice Lucía, y aleja su desnudez con quelónica paciencia. Lucía sin zapatos es una fiera desnuda, una venus galante, terriblemente delicada, enormemente amorosa. Mis ojos sin mayores defensas pajarean en sus caderas coquetas, con sus espuelas de plata enardecida galopan sus costados, sus volcánicas catedrales. Lucía es hermosa. Abstrusa. Asombrosamente expeditiva. Unánime como un cisne de Rubén Darío. Los senos de Lucía saben levantarse en el instante preciso, se alborotan cuando es necesario, y cuando menos lo espero relampaguean, girasolean primaverantes. Me gustan los senos de Lucía porque son geranios salvajes amamantando leones con la seda de las mariposas. En las temibles puntas de sus pezones, sicalípticos botones pudorosos, sestean a pierna suelta los duros picachos de los alpes suizos. En sus pechos, qué duda cabe, germinan volcanes, águilas y palomas, duerme la dulzura disfrazada de aurora. Tus pechos cántaros de miel como reverbereyan / cómo reverbereyan tus pechos cántaros de miel…
 La alegría de los labios de Lucía celestean con gusto divino el mar de mis fantasmas. Les cuento un secreto, algo que no sé si pueden imaginarse: en la boca de Lucía anidan querubines y vuelan jilgueros desafiando a la fiereza de los cóndores. Es verdad, nada más que la verdad, pero no se lo cuenten a nadie. En su risa hasta la nocturnidad más tenebrosa del destino arde luminosa. Si, Lucía es hermosa. Luminosa. Abstrusa. Unánime. Terriblemente irresistible. Sin más cierro La sombra del viento y me hundo a vagar por la estela de los sueños. Vaya, qué manera de quererla, de admirarla, de adorarla. Tus labios pétalos en flor cómo me soripeyan / cómo me soripeyan tus labios pétalos en flor…


Lucía, mi amor, cómo me gusta zozobrar en los balcones de tu mirada, perder los papeles bajo el embrujo de tus luceros. Ay, Lucía, Lucía, siempre estoy soñando con tus ojos vigilantes, con su aleteo en la aureola de mis helechos. Tú sabes, o por lo menos sospechas, cómo me derrito en la lámina festiva de los despertares de tu mirada. No hay dudas. Te amo Lucía, sin contradicciones, coherente, leyendo el libro rojo de las Cinco Tesis de Mao o el Qué hacer de Lenín. Ando colgado de ti, titilando como estrella en el canasto de sus ojos. Creo en tu belleza de cisne unánime, expeditivo, con o sin lucha de clases, con justicia social y derechos humanos. Aunque parezca mentira dicen que la verdad nunca se sabe, sin embargo creo en ti, Lucía, asi termine con mis huesos en el infierno. Tus ojos son de colebrí ¡ay! cómo me aleteyan / ¡ay! cómo me aleteyan tus ojos son de colebrí…
Y ahora Lucía regresa, entra a la habitación con paso de reina, de diosa acomodándose en su paraíso. Su cuerpo envuelto en la toalla, el cabello húmedo centellando en sus hombros. Me sonríe. “Ahora estoy limpiecita, fresquita”, me dice dispuesta a dejarse seducir. Con tono pecaminoso le digo que así me gusta mucho más, que así es más rico hocicarle entre las piernas, así es mucho más rico dejar mis besos en su ardoroso sexo haciendo la señal de la cruz, y luego, poco a poco, penetrarla. Nos abrazamos y enlazamos nuestros temblores. “¿Sabes, amor?, dime palabras eróticas, sensuales, todo lo que quieras, todo lo que te gusta, dime, bandido mío, picarón, esas palabras vulgaronas, sucias, que se dicen por ahí, porque si vienen de tu boca ricotona no me suenan a grosería”. No le digo nada, sólo sonrío para mis adentros, pensando en esas maravillopecaminosas palabras. La sigo acariciando. Le beso el delgado cuello de princesa, de diosa. Ondulando cae la toalla. Recorro sus espaldas y sus nalgas empinadas, sus muslos crispados. Se retuerce y siento que se va muriendo en mis brazos. “Ay, amor de mis amores, qué ganas tengo… ufff estas ansias me arrebatan… creo que me estoy volviendo viciosa, me vuelves viciosa, corazón…” Mis manos incontenibles, mis caricias imbatibles. “Amorcito, estoy arrecha”, me dice ensayando una palabra que nunca antes había dicho. Su olor ocupa mi cuerpo, asalta mis adentros, arrechavala mis sentidos. El deseo desorbita mis macizos, hace trizas mis alturas. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Mis besos la persiguen implacables, no le dan tregua. Siento como su piel se eriza. Se levanta. Su cuerpo de muñeca de porcelana se doblega ante mis caricias. “Tu arrechura”, le digo al fin, “es un perfume que envuelve toda la casa”. Lucía con los ojos cerrados dice que su deseo es una llama incendiaria, volcanizante, inapagable. Y es cierto, su deseo es Lava. Candela. Hoguera. Sus gemidos y mis jadeos se unen en un equilibrado concierto de solfeos y coros alocados. La boca de Lucía, cereza monalísica, transita por las avenidas de mi pecho pobladas con fiestas de trigo y antiguos recuerdos. Nuestros besos son ramalazos removiendo las fibras más aceradas y firmes. Se rompen los diques de la discreción y el decoro. Ya no hay retorno posible y sus manos siguen bajando hasta lograr mis flancos más transcendentes. Sus caricias no transan, rebasan toda laya de diplomacias. Besa y acaricia mi sexo. “Me gusta así, duro, enhiesto, levantado a su máxima potencia”, dice Lucía con un acento moribundo. Sus manos tienen la suavidad del cielo. “Ámame cariño, dime todo lo que te gusta”. A horcajadas se sienta sobre mí y tengo la sensación que voy entrando en un tunel sin principio ni final, ocupado por una tormentosa oscuridad luminosa. Ansioso entonces dejo escapar mis venados dispuestos a conquistar el alba en sus entrañas. Y como poeta comprometido, como el poeta privado de Lucía, locamente enamorado, amante de la belleza y la justicia, cuelgo la sábana somnolienta de mi corazón en los percheros de su alma. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
¿Sabes, Lucía? El hueco de tu cuerpo dejado en las sábanas quisiera se repita todas las madrugadas del mundo.