Freitag, 15. April 2011

La ingeniosa muerte de Malena


Para Luisa Pérez

A Silvia le hablaba de Malena. Es linda, muy linda, le decía. Casi a diario soñaba con ella. Sentado a su lado en el piso recién alquilado, peinando sus cabellos aún mojados, arreglando las uñas de sus manos y sus pies, colocando flores en un jarrón en la mesa de centro de la inmensa sala, tomando el té con los amigos que venían a visitarnos casi todas las tardes, contestando el teléfono para postergar citas o reuniones, yendo de paseo por el centro de la ciudad, luciendo un vestido nuevo y con el maquillaje resaltando sus facciones más bellas. Silvia escuchaba con cierto malestar el relato de mis sueños. Con rabia nada oculta cerraba el periódico que leía y se iba al dormitorio. Sentada frente al tocador se alisaba el cabello y se contemplaba desde uno y otro ángulo. Al volver, sosegada, mucho más tranquila, me preguntaba, una y mil veces, si aún la encontraba bella, que si aún era feliz con ella, que si aún ella sigue siendo mi princesa. Eso ni lo dudes, Silvina, te amo con locura mi princesita hispanoincaica, le contestaba. En silencio la admiraba, sentía cómo la amaba, claro, y me prometía amarla siempre, siempre. Entonces ella, suspirando profundamente, soñaba con ser Malena.
Nunca me gustó jugar a la gallinita ciega, pero desde que conocí a Malena me encierro en mi habitación, me vendo los ojos y gozo penetrando en esa mansión oscura, en ese vacío insondable. De esta manera es como intento acercarme a Malena. Me gustan sus labios, me alegra su sonrisa. Y sonreír es una de las pocas emociones que aprendió a mostrar sin reticencias. Aún no llega a cumplir los veinte años pero toda su vida la lleva atada a una silla de ruedas. Sus ojos azul-grisáceos no conocen los colores ni los diversos tonos blancos y negros. Su voz nació apagada. Para comunicarse con ella hay que tener mucha paciencia. El papel, la pluma, la escritura le son conceptos abstractos, no sirven de nada. Para “conversar” con Malena hay que recurrir al “lormen”. Y el lormen es un método para poder dialogar con los sordo-mudo-ciegos que lo inventó Gerónimo Lormen hace más o menos cien años atrás. Para describir una letra hay que golpear levemente o tocar una determinada parte de la palma de la mano.
Malena vivía con su madre en una antigua casa de la calle Merced de Valladolid. A diario la visitaba y le decía que un día vendría con Silvia. Para que conozcas a mi novia, a mi princesa. Pero lo que más deseaba era salir a pasear con Malena. Mientras tanto hacía todo para ganarme la confianza de su madre. Debería caerle bien a ella. ¿Señora, cuando me deja llevar a Malena a pasear por el centro de la ciudad?, le pregunté una vez. Ella con el ceño fruncido, sin dejar de hacer sus labores, dijo: Un día de estos, jovencito, un día de estos... Hasta que una tarde, después de mucha insistencia y cuando menos lo esperaba, me permitió sacarla de casa. Entonces feliz, con Malena bien apoltronada en la silla de ruedas, salí a la calle. Me sentía orgulloso de andar a su lado. Me hubiera gustado ir al cine con Malena, pero mejor aprovechamos para tomar un refresco en el agradable Café-Bar-Compás donde sirven unos combinados estupendos. Los ventanales de vidrio dejaban pasar la luz del día sin trabas y se extendía con toda su blancura sobre las mesas, lamía las paredes sacándole lustre. La muchacha rubia, que nos atendió muy amablemente, llevaba los vaqueros bajo las caderas y mostraba un tanga blanco de tiritas anaranjadas. Alelado miraba el rostro curioso de Malena. Sus facciones neutras y sus manos parsimoniosas tamborilando los brazos de la silla de ruedas.
Y es así, me gusta observar a Malena sumergida en su mundo. Cuando deja de jugar con su cadena de perlas de madera, agita los brazos en el aire como si buscara a alguien o algo. Entonces le acaricio las manos y ella me sonríe, esa sonrisa dulce la ilumina. Cierro los ojos e imagino que estoy tirado de espaldas sobre las baldosas frías de la Plaza Mayor de Valladolid, con las manos sujetando pedazos de cielo a manera de pañuelos. Suaves chorros de luz de luna se deslizan bañando al ayuntamiento y a la estatua del conde de Ansúrez. Un silencio indescriptible me rodea y el viento me trae el bullicio de la gente. No los veo, sólo presiento sus andares. Todo lo que me rodea, hasta los sonidos, lo percibe mi olfato. Mi nariz, como un perro sabueso, aletea tras los aromas. Es mi única ventana a la vida. Esto me aúna a Malena que va y viene en su silla de ruedas. Ella nunca ha visto algo bonito ni ha expresado un deseo. Casi todo el tiempo lo pasa en su habitación ordenando y desordenando cosas, quitando algo aquí y poniendo algo allá, hasta que su madre viene y la llevan a comer, a realizar algunas labores y a pasear. Malena generalmente asiente a todo con un afirmativo movimiento de cabeza. No sé si le gusta cuanto hacemos con ella, dice su madre. Me mira desconsolada y prosigue, Sólo tratamos de entenderla, de comprenderla, nada más.
Y los pensamientos, los deseos de un sordo-ciego-mudo no son nada fáciles de captar, de concebir. Las múltiples fases de la vida diaria transcurren como si fueran filtradas, sin colores ni sonidos, en dependencia total de los que podemos ver y oír. Como un “No-World”, un “No-Mundo”, ha bautizado a su vida la escritora sorda-ciega Helen Keller. Un mundo casi imposible de entrar desde fuera y difícil de abandonar desde adentro. Así, el entorno de Malena alcanza apenas hasta donde llegan sus brazos estirados. Los olores, las sensaciones de frío y calor le vienen desde muy lejos, movimientos libres en el espacio o palabras de aliento son para ella inalcanzables. Malena existe como si no hubiera venido al mundo, por eso hay que ir con el mundo hacia ella. Llevarle el mundo, mi mundo. Los colores y la gracia de la vida, de mi vida. Cuando la veo mecerse horas y horas, adelante, atrás, adelante, atrás. Cuando parece gritar y desesperarse. Cuando se golpea la cabeza en el respaldar de la silla de ruedas. En todo eso me parece ver que el cuerpo de Malena se reduce a lo más interno de su “No Mundo”. A lo mejor su mundo de oscuridad y silencio encuentra en todo eso un incentivo a sentirse, a no hundirse por completo. Por eso hoy le tomé las manos, las acaricié largo rato; le besé los labios, el rostro, mis manos se hundieron en toda su piel con el mensaje de mi mundo. El ardor de mis deseos se prendió a las ramas secas que se acumulaban en el fondo de sus entrañas. Sus manos enternecidas se encendieron con la luz de una lámpara que crecía segundo a segundo. Todos mis lugares, mi norte y mi sur, mi oriente y occidente, fueron para ella descubrimientos dotados de aventuras impredecibles. Hoy intenté entrar en el mundo de Malena. Hablarle al oído de su alma.


Mucho tiempo después, una mañana desperté sobresaltado. Rompí en llanto desconsolado. ¿Qué te pasa?, preguntó Silvia. Malena ha muerto, contesté saboreando mis lágrimas. Sentí todo el cuerpo derrumbarse, descomponerse, con los golpes de una pena inmensa. Apagué la radio y empecé a beber en silencio. Silvia también lloraba sin decir una palabra. Entonces me vestí de negro y salí hacia la casa de Malena llevando los pésames de Silvia. Esa noche no regresé a casa. Silvia no consiguió ubicarme pues había apagado mi móvil. Cuatro o cinco días después, cuando llegué a casa, Silvia atinó a espetarme con energía: Estás loco, loco de remate... No contesté, sólo la besé en los labios a la volada y me metí a la ducha. Desde ese día caminaba como sonámbulo sin decir una palabra.
Me he vendado lo ojos y he taponado mis oídos. Dando tumbos he salido a caminar por la ciudad. Cruzo la Plaza Santa Cruz. Un coche me roza en la calle Librería. En Duque de Lerma la gente murmura algo, seguro dirán que estoy loco. Llego a la calle del Paraíso y percibo que alguien se me acerca con sus efluvios de perfume Lacoste. Es Gustavo Martín Garzo. Gustavo, el escritor, me enlaza un brazo con la sana intención de ayudarme. Pero a él le interesa más hablarme de El lenguaje de las fuentes. Me da la impresión de querer confundirme con la Marea oculta. Aunque, a decir verdad, creo que quiere alertarme de Los amores imprudentes. Al ver que no le hago caso, que no le escucho, se va corriendo calle abajo, con su pantalón de tirantes y a media pierna. De pronto aparezco en la esquina que forman las calles Rastro y Perú. Cabalgando en Rocinante viene a mi encuentro Miguel de Cervantes Saavedra. Me invita a pasear por la plaza España, pero sus intenciones eran llevarme a la Librería Amadís para comprar unos ejemplares de sus Novelas ejemplares. No sé como explicarle que no entiendo el lenguaje en tinta y papel. Soy sordo. Soy mudo. Soy ciego. Sólo tengo mis manos, mis pies y un “No Mundo”. Le hago algunas señales en la palma de su mano, pero él la retira violentamente. Quiero seguir mi camino, pero al salir de la librería me choco con Miguel Delibes. ¿Oiga, jovencito, me dice, no sabe usted que La sombra del ciprés es alargada? Y qué ganas de poderle contestar que yo soy El hereje, pero decido mejor, impotente de decir algo, largarme con La escopeta al hombro.
Ahora es Malena quien camina conmigo, colgada de mi brazo. Malena sonríe. Está contenta. Cansados de deambular nos detenemos en la Plaza Mayor de Valladolid. Le doy un beso a Malena. Saco los tapones de mis oídos y el vendaje de mis ojos. De pronto me doy cuenta que no escucho nada y estoy mudo. Grito. Lloro. Pero en realidad sólo son grotescos movimientos de mi boca, como a César Vallejo sólo me sale espuma. Me caigo. Me arrastro entre penitentes descalzos, manolas vestidas de luto, entre las imágenes de la Virgen de las Angustias, La Virgen de los Cuchillos y la Dolorosa de Salzillo. Ahora se desvanece todo otra vez. No hay nada. Sólo el viento frío me golpea con la fiereza de cuchillos cortantes. Poco a poco se va oscureciendo, todo empieza a cubrirse de una niebla densa. Silencio de cementerio y oscuridad. Quisiera tener a Malena junto a mi. Estiro los brazos con el afán de hallarla, de apoyarme en ella, pero no está. Tampoco reconozco donde estoy. No sé por donde ir, qué rumbo tomar. Cómo llegar ahora a casa. Dónde encontrar ahora el bullicio del río Pisuerga. Cómo saber ahora el color de las noches. Cómo aullarle a la luna. Cómo, cómo, si ahora me hundo irremediablemente en un mundo desconocido y silencioso, un lugar con los colores asesinados, sombrío paisaje que a veces sólo me permite escuchar algunos arrebatos de música lejana...
Día y noche, sentado en el sofá, como un obseso, mis oídos casi marchitos se dedican a auscultar la calle a través de la ventana sólo con la esperanza de sentir la cercanía de Malena, el calor de sus manos en mis manos.
Entonces Silvia empezó a buscar a Malena. Primero fue a la calle Merced y no encontró nada. Preguntó por ella en el vecindario y nadie le dio razón. En los registros de nacimientos no existía Malena Zapatero, ni tampoco en el de defunciones. Menos en la guía telefónica aparecía ese nombre. En ningún hospital ni en la morgue le fue posible encontrar el menor indicio de la existencia o muerte de Malena. En los diversos centros de ciegos y discapacitados tampoco pudo encontrar huella alguna. Al cabo de varios días, cansada de tanta búsqueda, una tarde muy de noche Silvia volvió a la casa, muy molesta conmigo. Se encerró en el dormitorio y la escuché llorar, en otros momentos parecía reír como una loca. Mientras veía la televisión me quedé dormido en el sofá. Al día siguiente, Silvia me despertó violentamente, me miró a los ojos como si quisiera clavetearme a cuchillazos, y me dijo: Maldito, ya te frejaste, maldito. Hizo una pausa y agregó: Has matado a Malena y no tendrás perdón, mil veces maldito.
Desde entonces Silvia se me acerca y me dice al oído con calculado sarcasmo: Soy Malena. Yo hago como que no la escucho y sigo impenetrable, sin pestañear, mi tarea de escuchar, con el otro oído, el más leve aviso de la presencia de Malena en la calle. Pero Silvia insistía en llamarse Malena y eso me molestaba. Todos los días con la misma cantaleta. Soy Malena. Soy Malena. Me llevaba el demonio que ella tratase de usurpar el lugar de Malena. Hastiado de esa situación, cansado de tanta jodedera con eso que ella es Malena, una noche la empujé por la ventana.
En pocos minutos vinieron los encargados de mantener el orden público. Entre varios policías me sacaron del sofá y me llevaron en vilo hasta unos de los autos que habían estacionado frente a la puerta del edificio. Me encerraron en una celda a donde Silvia empezó a venir todas las noches. Llegaba en silencio, abría la puerta de la celda y se introducía desnuda en mi cama. Soy Malena, me decía, y eso me despertaba furioso. Así malhumorado me llevaban ante el juez para prestar mis declaraciones. Asesinato. Alevosía. Premeditación. Sangre fría. De todo me acusaban. Yo no me defendía. Con la mirada fija en un punto cualquiera seguía la verborrea de jueces, abogados y testigos. Después de muchas sesiones, no sabría decir la cantidad, decidieron internarme en el Hospital Psiquiátrico Dr. Villacín del Barrio Parquesol.
Hasta aquí ha llegado Silvia. Unas veces vestida de negro, otras de blanco impecable y otras de rojo fuego. Tacones altos que traquetean en el piso. Un sombrerito muy mono y unos guantes coquetos. Entonces la invito a sentarse y le digo que la quiero mucho. Todo he consentido, Silvia, pero no podía permitirte el lujo de suplantar a Malena. Eso, Silvina, ya era demasiado. Malena fue mi creación perfecta, única. Ni Dios ha sido capaz de crear un animal tan maravilloso, tan excelente. Silvia calla, repasa la pulcra habitación con la mirada, luego se levanta y se va. Me quedo escuchando su taconeo cada vez más lejanos, cierro los ojos y me vuelvo a dormir.
La última vez que vino Malena, impulsando su silla de ruedas a toda carrera por los pasillos del hospital, fue para decirme que Silvia nunca más volverá. Con un mohín gracioso se lanzó contra las ventanas de mi habitación y se fue volando, cantando alegre y feliz, como un jilguero que escapa de su jaula, de su prisión.
Ahora estoy solo y trato de comer una cucaracha que merodea por el alféizar de la ventana.


Sonntag, 3. April 2011

La noche que colgaron los labios en El Rincón de los Muertos


Desde que salí en busca de El Rincón de los Muertos sólo encontré un paisaje desolado, roto. Campiñas pobladas de secos pajonales, de cerros con sinuosas laderas y pampas inmensas, un cielo de nubes blancas, grises… y gente ausente. Todos muertos. Por eso, al divisar una chocita a orillas de un claro seco, con tonos amarillescos, olvidé el frío, la sed y el cansancio agobiadores. Animado, casi cantando, seguí avanzando por el empinado vericueto de tierra rojiza, menudo polvo ensangrentado. Al acercarme a la casucha un perro famélico me recibió bailando furioso, su maltrecho ladrido sólo era alarde de mejores tiempos de cuando desarticulaba el profundo silencio de las serranías. El resuello de sus fauces deformes se disolvía rápidamente en el ambiente casi helado de la puna. En el corredor, frente a la puerta destartalada de la choza, sentada en una vieja banca, estaba Rachel Welch. Su belleza cinematográfica desafiaba furiosa al abandono. En silencio se levantó y señaló el horizonte desamparado. Así como Hace un millón de años, dijo. Con la boca abierta admiré la lindura de sus medidas perfectas, el movimiento intacto de sus dedos, la firmeza de sus caderas, la solidez de sus monumentales piernas. Colocando su mano derecha como visera en la frente, dijo claramente: Mis ojos no alcanzarán jamás a ver toda la desgracia que sembraron la soldadesca y la locura terrorista. Una ola de cuchillos tenebrosos se agolpó en los bolsillos de mi existencia. Los recuerdos anegaron mis ojos. El perro flaco, enmudecido por el terror experimentado, se arrastró mansamente hasta los pies de la famosa estrella de cine. La bella mujer volvió a ocupar su emplazamiento. En el fondo marítimo de su mirada felina bebía la tarde gris sus efluvios de dulzura.
Acosado por la sed de alma perdida seguí mi camino.
Un leve ruido proveniente desde un bosquecillo de arbustos quemados me hizo volver la mirada. Ahí, parado, con una pródiga sonrisa, aparecía el célebre Anthony Quinn, conocido también como Zorba, el griego. Al verme empezó a cantar: Me llaman el desaparecido / Cuando me buscan nunca estoy / Cuando me encuentran yo no soy / Me dicen el desaparecido / Fantasma que nunca está / Perdido en el siglo XX… rumbo al XXI… El bullicio telúrico de una banda de músicos con arpas, violines, clarinetes y tijeras lo interrumpió sorpresivamente. Detrás de ellos, un tanto retrazados, venía una turba de alegres danzantes. Ponchos, sombreros y polleras de intensos colores se mecían con cierta gracia al vaivén del viento. Todos ellos son también desaparecidos, me dijo Anthony Quinn. Los músicos y danzantes se acercaron veloces, con el paso apurado, raudo, murmurando con el oro de los pajonales. Bajo tus pies, volvió a decir Anthony Quinn, las almas lloran, estás en un campo minado de muertos, desaparecidos, las fosas comunes son parte del paisaje. Zorba, El griego, levantó los brazos, sus manos hicieron el ademán de mover las tijeras chasqueando los dedos y sus pies intentaron marcar el ritmo de la danza de las tijeras. En pocos minutos bailarines y músicos se perdieron en la lejanía. Todo volvió a quedarse en silencio. La majestuosidad de la cordillera se abatió solemne sobre el traqueteo de la tarde. Sólo el viento gimió en las alturas de El Rincón de los Muertos.
Poco tiempo después encontré un camino pedregoso, relativamente amplio. A un lado del camino se extendía una hilera de eucaliptos frondosos. Me llamó la atención el ronquido de un motor subiendo la cuesta. Sus bramidos tronaban en las alturas del cielo cenizo. Lento pero seguro avanzaba el robusto animal motorizado. El conductor del flamante BMW descapotado llevaba una metralleta cruzándole el pecho. A su lado se hallaba el autodenominado presidente Gonzalo, vestido a la manera de Mao Ze-Dong. Al verme, me dijo marcialmente: Camarada, salvo el poder todo es ilusión. Un entusiasta ejército de jóvenes marchaba detrás agitando banderas rojas, arengando a un tal Nuevo Amanecer. Desvaídas mochilas y viejos fusiles, relumbrantes machetes les otorgaban una aureola de tenebrosidad. Otro grupo izaba perros muertos atravesados en horquetas rústicas. ¡Así mueren los traidores!, gritaban sin cesar. ¡La revolución tiene mil ojos y mil oídos! Un joven que escribía inflamados discursos para El Diario repartía La entrevista del siglo, otros lanzaban al aire panfletos entre los jóvenes que seguían embobados al presidente del futuro país de Nueva Democracia. ¡Muerte al capitalismo! ¡Muerte al imperialismo! El BMW rojo se abría paso entre la multitudinaria soledad de los Andes en nombre de la revolución.

 Edith Lagos (Foto internet)

Entre el tumulto de muchachos estaba ella. Chiquita graciosa. Hermosa. Linda. Estrellita. Lucesita. Lunita. Sol. Tierra fecunda. Cañita dulce, palomita, suray surita. Edith Lagos, morena, morenita, peruanita bonita terroncito de azúcar, iba cantando: Qué bonita, qué bonita / La flor de la retamita / Sus hojitas se parecen / Al traje de mi cholita… Al borde de su boca crecían flores, se marchitaban las tristezas. Edith Lagos, muchachita linda, corrí a su lado, atraído por algo más fuerte que mi timidez. Me puse a su costado y le dije en el oído: cholita linda quiero que levantes el color de mis días, que me enseñes a mojar el pan en la mesa de los pobres. Muchachita, mujer de cielo y caña dulce, déjame preñar en tus labios bondadosos palabras que el viento deletree en las mañanas, déjame sembrar tu nobleza en mi pelo negro. Déjame ir contigo a repartir la esperanza, el arco iris, a bailar un huaynito, un carnavalito. Retamita retamita / Que creces en las laderas / Y tu florcita amarilla / No se parece a cualquiera… Edith Lagos, puka sonko, sumemos las pobrezas y las alegrías para que en el café de tus ojos se vuelvan polvo y poesía dilatando el Nuevo Amanecer.
Así fue como me enamoré perdidamente de la revolución, mejor dicho, de Edith Lagos. Y ella, con el consentimiento del partido y de los mandos, me amó soñando con un futuro de banderas rojas, con amaneceres de hoces y martillos, con un gobierno de obreros y campesinos, con lucha de clases y todas las contradicciones, y porque los pobres somos más, como solía decirme, un día tomaremos el destino con nuestras propias manos, aunque el camino está lleno de piedras, miles de dificultades tenemos frente a nosotros. La escuchaba en silencio y se llenaba mi alma de nuevas esperanzas, de ilusiones, de días felices. Sólo la lucha nos hará libres, me decía acariciando mi frente. Tenemos que ser fuertes, hagamos de nuestra fe inquebrantable balas para los fusiles del ejército que marchará triunfante por todas las cordilleras del Perú profundo.
Pero fueron más mis penas por todas las miserias que ocasionaba el ejército del Nuevo Amanecer. Entonces mi corazón empezó a fallar. Una noche, mientras acariciaba la nochedad de sus cabellos, le dije: Edith, ¿por qué tanta muerte, amor? No se puede sembrar nueva vida, destruyendo, matando todo. Ella muy severa contestó que para construir algo nuevo se necesita destruir todo lo viejo, todo lo que está podrido. Todo está corrupto, sentenció muy severa. Estamos en guerra y la guerra es nuestra vida cotidiana, nuestra entrega al partido no se discute, morir es un accidente y no debe haber lamentaciones. Aún correrán ríos de sangre, el enemigo así lo exige. De pie, mirando el desfiladero desde cuya cima dominábamos todo el paisaje sobre la parte sur de El Rincón de los Muertos, recitó, casi con furia: Hierba silvestre, aroma puro / te ruego acompañarme en mi camino / serás mi bálsamo en mi tragedia / serás mi aliento en mi gloria. / Serás mi amiga / cuando crezcas / sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije / que el río me conteste / la pampa arda, /el remolino vuelva… Pero estamos matando a nuestros propios hermanos, destruyendo nuestras comunidades, nuestra cultura, alegué emocionado. Edith Lagos, mi palomita suray surita, cambió su mirada dulce en acero penetrante, transformó la suavidad de sus manos en fríos garfios fulminantes. ¿Qué te pasa? ¿Acaso la comodidad burguesa corroe tu sangre de mediocre pequeño burgués? Necesitas urgente ayuda, debo hablar con el resto de los camaradas.
Pasaron varios días hasta que fui sometido a un severo interrogatorio. Al no poder absolver satisfactoriamente todos los requerimientos y negarme a seguir obedeciendo ciegamente las directivas enfebrecidas de la dirección nacional me condenaron a la pena de muerte. Me acusaron de traidor, vendido, de debilidad burguesa y de contrarrevolucionario. Bajo la atenta dirección de los Mandos del Nuevo Amanecer, Edith Lagos, con la mirada rota y el pulso aparentemente sereno, se dispuso a cumplir la sentencia de muerte. Oí el chasquido del arma al dispararse y sentí la punzada quemante del proyectil en mi pecho, después ya nada. Mi cuerpo, animal degollado, lo arrojaron por un despeñadero. Mis padres, días antes, habían sido asesinados por los militares del glorioso ejército peruano por el solo hecho de tener presuntamente un hijo alzado en armas.
Mucho más tarde Edith Lagos, mi heroína de masacres, mi virgen sangrienta fue detenida por las fieras de la represión. Torturada hasta la saciedad no pudieron quebrantarla. Rodeada de militares fortachones la expusieron ante la prensa. Tenía las mejillas y la nariz hinchada a causa de la golpiza policial. El cabello despeinado, más largo y más negro, volaba sobre sus hombros. A pesar de todo esto trasmitía vida, rebeldía. Meses después logró fugarse del cautiverio, para luego caer en combate. Su féretro, envuelto en la esplendorosa bandera roja del partido signada con la hoz y el martillo, ingresó a la catedral para la obligada misa de cuerpo presente. Terminada la misa casi toda la población de El Rincón de los Muertos acompañó a la comandante Edith Lagos hasta su última morada… Los recuerdos me hacen también llorar ahora, son lágrimas de un alma que vaga sin descanso, quizás por eso mis penas son más grandes, más profundas.
Al anochecer llegué a una calle oscura de El Rincón de los Muertos. El viento frío escabulléndose entre las sombras hacía todo más siniestro. Los escasos y abandonados semáforos cambiaban de un gris a otro gris. Otros fantasmas acechaban en todas las esquinas, me observaban desde las ventanas asoladas. De cuando en cuando me cruzaba con cadáveres llorando. En algunos parques se elevaba el humo alucinante de huesos incinerados. Un desaparecido que buscaba su fosa común, me dijo: Aquí, de noche, los semáforos son como los gatos, sobreviven agobiados por esa tristeza gris.

 Sepelio de Edith Lagos en Ayacucho (Foto internet).

En aquel rincón donde dormimos juntos mi corazón simplificado piensa en tu sexo / Walter Lingán



Sin duda Lucía es el amor de mi vida. Es verdad, creo que la única verdad. Aunque la frase suene cursi o resulte ya muy trillada. “Mi poeta privado”, me llama Lucía, se cuelga de mis hombros y me estampa un beso lleno de pasión, de enervante candela. Aunque ella realmente admira a Rubén Darío, a Luis Hernández, a Blanca Varela y a muchos poetas franceses. Como César Vallejo, yo sólo me adhiero. Lucía se levanta apenas despunta el nuevo día, entonces sus pies desnudos son estrellas locas bailando sobre un mar de alfombras adormecidas. Descorre las cortinas, abre las ventanas y la descubro en todas sus formas. Su andar se desata acompañado de un olor sensual, de un obsceno aroma que se desparrama por toda la casa. Las enaguas de Lucía inauguran los amaneceres con más luz en el rabo de mis ojos, en la yema de mis deseos. Tiene un estilo muy especial de provocarme, de invitarme al goce de grandes emociones. Se lleva una mano a su sexo, ese volcán que revienta luceros en las almas más feroces y multiplica el fuego de todos los sentidos. “Cómo huele”, me dice. Sonríe con malicia acariciando la matita pelumbrosa que cubre su bajo vientre, hurgando en ese amoroso fogón de océanos transparentes. “Uf, amor, como huele, dios mío”, dice colocando sus dedos de piano en su naricita. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Me quedo mirando su cuerpo de mariposa atrapada en su vuelo madrugador. Siento como la eléctrica serpiente de los deseos asciende a trancazos por las ramas de mis manzanos somnolientos. La cintura curva de Lucía, un tantito deformada por los hijos que tuvimos, me tienta sin miramientos al ayuntamiento, a la sabrosa perdición, a ese sesgo furor inapelable. La imagino desnuda, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Las botas y las finas medias, la falda y la blusa, las enaguas, el sostén y el tanga rojo en el suelo. Todo un cuadro de Picasso o un poema de Mario Benedetti. Tu cuerpo chúcaro mi bien ¡ay! cómo me almeyara / ¡ay! cómo me almeyara tu cuerpo chúcaro mi bien…
“Voy a ducharme”, dice Lucía, y aleja su desnudez con quelónica paciencia. Lucía sin zapatos es una fiera desnuda, una venus galante, terriblemente delicada, enormemente amorosa. Mis ojos sin mayores defensas pajarean en sus caderas coquetas, con sus espuelas de plata enardecida galopan sus costados, sus volcánicas catedrales. Lucía es hermosa. Abstrusa. Asombrosamente expeditiva. Unánime como un cisne de Rubén Darío. Los senos de Lucía saben levantarse en el instante preciso, se alborotan cuando es necesario, y cuando menos lo espero relampaguean, girasolean primaverantes. Me gustan los senos de Lucía porque son geranios salvajes amamantando leones con la seda de las mariposas. En las temibles puntas de sus pezones, sicalípticos botones pudorosos, sestean a pierna suelta los duros picachos de los alpes suizos. En sus pechos, qué duda cabe, germinan volcanes, águilas y palomas, duerme la dulzura disfrazada de aurora. Tus pechos cántaros de miel como reverbereyan / cómo reverbereyan tus pechos cántaros de miel…
 La alegría de los labios de Lucía celestean con gusto divino el mar de mis fantasmas. Les cuento un secreto, algo que no sé si pueden imaginarse: en la boca de Lucía anidan querubines y vuelan jilgueros desafiando a la fiereza de los cóndores. Es verdad, nada más que la verdad, pero no se lo cuenten a nadie. En su risa hasta la nocturnidad más tenebrosa del destino arde luminosa. Si, Lucía es hermosa. Luminosa. Abstrusa. Unánime. Terriblemente irresistible. Sin más cierro La sombra del viento y me hundo a vagar por la estela de los sueños. Vaya, qué manera de quererla, de admirarla, de adorarla. Tus labios pétalos en flor cómo me soripeyan / cómo me soripeyan tus labios pétalos en flor…


Lucía, mi amor, cómo me gusta zozobrar en los balcones de tu mirada, perder los papeles bajo el embrujo de tus luceros. Ay, Lucía, Lucía, siempre estoy soñando con tus ojos vigilantes, con su aleteo en la aureola de mis helechos. Tú sabes, o por lo menos sospechas, cómo me derrito en la lámina festiva de los despertares de tu mirada. No hay dudas. Te amo Lucía, sin contradicciones, coherente, leyendo el libro rojo de las Cinco Tesis de Mao o el Qué hacer de Lenín. Ando colgado de ti, titilando como estrella en el canasto de sus ojos. Creo en tu belleza de cisne unánime, expeditivo, con o sin lucha de clases, con justicia social y derechos humanos. Aunque parezca mentira dicen que la verdad nunca se sabe, sin embargo creo en ti, Lucía, asi termine con mis huesos en el infierno. Tus ojos son de colebrí ¡ay! cómo me aleteyan / ¡ay! cómo me aleteyan tus ojos son de colebrí…
Y ahora Lucía regresa, entra a la habitación con paso de reina, de diosa acomodándose en su paraíso. Su cuerpo envuelto en la toalla, el cabello húmedo centellando en sus hombros. Me sonríe. “Ahora estoy limpiecita, fresquita”, me dice dispuesta a dejarse seducir. Con tono pecaminoso le digo que así me gusta mucho más, que así es más rico hocicarle entre las piernas, así es mucho más rico dejar mis besos en su ardoroso sexo haciendo la señal de la cruz, y luego, poco a poco, penetrarla. Nos abrazamos y enlazamos nuestros temblores. “¿Sabes, amor?, dime palabras eróticas, sensuales, todo lo que quieras, todo lo que te gusta, dime, bandido mío, picarón, esas palabras vulgaronas, sucias, que se dicen por ahí, porque si vienen de tu boca ricotona no me suenan a grosería”. No le digo nada, sólo sonrío para mis adentros, pensando en esas maravillopecaminosas palabras. La sigo acariciando. Le beso el delgado cuello de princesa, de diosa. Ondulando cae la toalla. Recorro sus espaldas y sus nalgas empinadas, sus muslos crispados. Se retuerce y siento que se va muriendo en mis brazos. “Ay, amor de mis amores, qué ganas tengo… ufff estas ansias me arrebatan… creo que me estoy volviendo viciosa, me vuelves viciosa, corazón…” Mis manos incontenibles, mis caricias imbatibles. “Amorcito, estoy arrecha”, me dice ensayando una palabra que nunca antes había dicho. Su olor ocupa mi cuerpo, asalta mis adentros, arrechavala mis sentidos. El deseo desorbita mis macizos, hace trizas mis alturas. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Mis besos la persiguen implacables, no le dan tregua. Siento como su piel se eriza. Se levanta. Su cuerpo de muñeca de porcelana se doblega ante mis caricias. “Tu arrechura”, le digo al fin, “es un perfume que envuelve toda la casa”. Lucía con los ojos cerrados dice que su deseo es una llama incendiaria, volcanizante, inapagable. Y es cierto, su deseo es Lava. Candela. Hoguera. Sus gemidos y mis jadeos se unen en un equilibrado concierto de solfeos y coros alocados. La boca de Lucía, cereza monalísica, transita por las avenidas de mi pecho pobladas con fiestas de trigo y antiguos recuerdos. Nuestros besos son ramalazos removiendo las fibras más aceradas y firmes. Se rompen los diques de la discreción y el decoro. Ya no hay retorno posible y sus manos siguen bajando hasta lograr mis flancos más transcendentes. Sus caricias no transan, rebasan toda laya de diplomacias. Besa y acaricia mi sexo. “Me gusta así, duro, enhiesto, levantado a su máxima potencia”, dice Lucía con un acento moribundo. Sus manos tienen la suavidad del cielo. “Ámame cariño, dime todo lo que te gusta”. A horcajadas se sienta sobre mí y tengo la sensación que voy entrando en un tunel sin principio ni final, ocupado por una tormentosa oscuridad luminosa. Ansioso entonces dejo escapar mis venados dispuestos a conquistar el alba en sus entrañas. Y como poeta comprometido, como el poeta privado de Lucía, locamente enamorado, amante de la belleza y la justicia, cuelgo la sábana somnolienta de mi corazón en los percheros de su alma. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
¿Sabes, Lucía? El hueco de tu cuerpo dejado en las sábanas quisiera se repita todas las madrugadas del mundo.


Montag, 21. März 2011

Verano en una taza de café

Hacía calor y Telémaco, vestido con una delgada túnica blanca, subió y se sentó al filo de una gigantesca taza llena con café colombiano de marca alemana. Sus pies chapotearon y el café se encrespó, se levantó en una sucesión de espinas oscuras que le mancharon la ropa. A la superficie del café afloraron enormes erizos blanquinegros dispuestos a trepar por los contornos de sus piernas, pero, después de algunos fallidos intentos, decidieron abordar el montículo de arena que mostraba su morro amarillo sobre el otro filo de la taza. Penélope, su madre y activa tejedora, que veraneaba en esa isla arenosa, frotaba con mucho cuidado las piernas con Nivea 12 para proteger su piel de los rayos solares, luego continuó con los brazos, el vientre, el contorno de los senos. Ulises, que descansaba con el sombrero puesto sobre la cara, le ayudó a pasar la loción en la espalda. Los senos blancos de Penélope desaparecían tras las olas espumosas del café. De pronto, una cuadrilla de tortugas inició su marcha siguiendo la pista tejida con los largos cabellos de Penélope. La marcha era lenta, demasiado morosa. Penélope sacudió su larga cabellera y las tortugas, una a una, cayeron y se hundieron en el café. El gran poeta Homero escribía los primeros versos de su próximo best-seller en las piernas de Penélope con un bolígrafo Stabilo que le había regalado Joschka Fischer, eco-pacifista ministro de relaciones exteriores de Alemania, aquella oportunidad en que llegó a la isla para realizar unas eco-vacaciones-visitas protocolares e informarse si era necesario recomendar el envío de las tropas de guerrepacificación de la ONU y sacar, a las buenas o a las malas porque ya no había otra salida, esa peliaguda espina clavada entre tirios y troyanos. La editorial Niemand le había hecho un adelanto de cinco mil dólares norteamericanos y el poeta era voceado como el próximo ganador del Premio de la Paz que otorgan los libreros durante la Feria Mundial del Libro de Francfort, por su activa participación en lograr el armisticio entre los ejércitos invasores e invadidos.
Telémaco, cansado de estar sentado en una de las orillas de la taza, sacó los pies y saltó sobre la mesa, pero, debido a un mal calculo, pisó una esquina del platillo y tiró la taza. La corriente de café lo arrastró y, aunque se aferró al mantel que cubría la mesa, resbaló y cayó al piso. El golpe lo dejó atolondrado. Penélope y Ulises chapoteaban contra la corriente y lograron cogerse de una esquina de la mesa. El poeta Homero les alcanzó su bolígrafo Stabilo y evitó que cayeran al piso. Ulises, repuesto del susto, templó su arco y corrió por toda la superficie de la mesa en busca del boicoteador, del hijo de la jijuna que volteó la taza de café donde se soleaban tranquilamente. Telémaco, recuperado del costalazo, sacó de la nevera un par de botellas de cerveza Kölsch y les invitó a sus padres. Ulises dijo que prefería una Pilsen. El poeta Homero, ofendido, pidió vodka Gorbachov o por lo menos un Cuba Libre. Telémaco le ofreció un güisqui porque dijo que no tenía porquerías comunistas, a lo que el poeta protestó diciéndole que se deje de mariconadas y que le sirva, en todo caso, un Mojito...

Al fin, hace varias lunas que estuve intentando mandarte un fax cuando me enteré que habías secuestrado a la hermosa Helena. ¿Qué pasa con tu fax? Si tienes una dirección electrónica, mándamela a la siguiente dirección: corintios@hola.com. ¿Sabías, Paris, que hay un lugar que se llama Villa Agrippina donde se habla alemán y también hay otro lugar llamado París y en donde se habla francés? Seguramente no, porque estás entretenido entre las primorosas piernas de Helena, la bella mujer de Menelao. Te imagino en tu tienda de campaña bebiendo vino de los cimbreantes senos de Helena. Porque en ellos dicen que no hay leche sino delicioso vino con el que solía embriagar a su adorado Menelao. Seguramente, tus manos de tosco soldado no se cansarán de moldear la curva de sus nalgas embrujadoras; tus dedos, ¿qué harán tus dedos? Tu boca, ¿en qué oscuro recoveco hallará el sabor de la locura? Helena ante tus ojos, coqueta, morbosa, gozosa, ardiente, sin freno, lasciva, una marranita a quien dicen que le gusta que la jodan por el culo. Las noticias de primera plana en los periódicos informan que Menelao está reuniendo a su ejército para liberar a su amada. La guerra de los mundos, de las civilizaciones, de las culturas, titulan sus pasquines. Tú, Paris, te has convertido en la comidilla de la prensa amarilla. ¿Es verdad eso de que gallina vieja da buen caldo o que violín viejo suena bien? Ves, Paris, hace unos días eras un oscuro soldado, hoy toda una revelación, un general que ha tenido el acierto de obligar a luchar a un enemigo que jugaba entre la chicha y la limonada. Te cuento, Paris, en este lugar que se llama Villa Agrippina he conocido a una rubiecita, tan mona, tan ella, a quien no me cansaré de amarla porque dicen que el mejor método para aprender el alemán es el audio-sexual. Me corro sólo al escucharla decir: ich liebe dich y mehr, mehr liebling... Te cuento, Paris, estoy aprendiendo el inolvidable y mítico lenguaje del amor, de la carne. Mi alma se le encomiendo a las manos de tirios y troyanos que mi cuerpo se lo entrego a mi bella germanita.
Telémaco aún recuerda la primera vez que se masturbó. Fue en el Hotel Holiday Inn de Itaca y lo hizo recordando a Raquel Welch que la vio cabalgando desnuda sobre un potro salvaje en una película que habían proyectado en una de las salas del cine Oráculo. Después, feliz, satisfecho, en el balcón del hotel, cantó:

Ven, vamos a comernos a mi abuelita,
Yo me como el pecho y tu una piernita.
Oh, que celestial aroma,
que sabor tan fino tiene mi abuelita.
Uno de estos días se nos acaba todo,
gran problema, ¿a quién devoraremos?
Entonces ponemos una trampa:
¡Primero cae en la trampa el abuelo!
¡Después cae en la trampa Homero!

La catedral de Villa Agrippina le recordó a Telémaco al gigantesco caballo de Troya. Ulises, con el arco al hombro, se acercó con curiosidad al bullicio de la estación del ferrocarril. Mientras tanto Penélope compraba un par de postales con vistas del Rhenus y sus puentes de acero, de las calles viejas de la ciudad, de la catedral, del ayuntamiento, del relicario donde dicen se encuentran los restos de los tres Reyes Magos, Ulises le propuso, tomándole de la mano, irse a pasear por las orillas del Rhenus aprovechando el calorcito incipiente del estío germano. Penélope, romántica imperdonable, se colgó de la cintura del bravo guerrero y se echaron a caminar por un delgado sendero que desembocaba en una amplia alameda bañada por la corriente del río.
Homero y Telémaco, por su lado, entraron en un bar. El poeta pidió una botella de vino y el joven una cerveza Kölsch. Después salieron con la idea de conocer el ayuntamiento gótico y los baños romanos. En un banco, cerca al Museo romano-germánico, se encontraron con un hombre que hacía anotaciones en un cuaderno. ¡Momento!, dijo Homero, ¿ese hombre que está ahí sentado no es Heinrich Böll? Telémaco miró en dirección del hombre señalado y contestó: ¡Claro!, es el autor de El pan de los años mozos. Homero sacó de su bolso el libro Mujeres a orillas del río y se acercó al banco. Maestro, dijo, con todo el respeto que usted se merece, quisiera que estampe su firma en este libro suyo. Heinrich Böll abrió el libro, una edición a todo lujo, y preguntó por el nombre de su admirador. Póngale: A Homero. Tiene usted un nombre poético. Bueno, le contestó Homero, el nombre se lo debo a una de mis amantes. Ella escribió dos libros, que desde su punto de vista eran muy malos, pues era muy crítica frente a sus textos. En un arranque de bondad me entregó los manuscritos de La Iliada y La Odisea y me dijo que los podía publicar bajo el nombre de Homero, que fue el nombre de su padre.
A sus pies, dijo Heinrich Böll, emocionado y reconociendo en el hombrecito enjuto y de túnica ocre al gran poeta griego, para usted no soy más que un simple orfebre de las letras, que a las justas maneja unas cuantas reglas de sintaxis, algunos vagos conocimientos de ortografía y antes de que publicaran mis primeros libros me alimenté de hierbas. Ahora justamente estaba haciendo las cuentas para saber cuanto de dinero voy a recibir por mi último libro Retrato de grupo con señora. Después de medio año se han publicado algunas críticas positivas, se han vendido trece ejemplares por lo que tengo un saldo favorable de cinco euros con cuarenta y seis céntimos. Recibí un adelanto de ochocientos euros, o sea, si las ventas continúan así, voy a necesitar ciento cincuenta años para cancelar el adelanto. No se lamente tanto, le reconforta Homero, yo estoy peor que usted, yo no he recibido hasta la fecha ni un euro por mis libros. He leído en revistas y periódicos, incluso en la televisión transmitieron un informe, sobre las enormes ganancias de los editores, la incontable cantidad de reimpresiones y traducciones a todos los idiomas del mundo, sin contar con todas las impresiones piratas y las filmaciones en base a mis libros, pero a mí no me han llegado ni las gracias de los afortunados. Ahora estoy en Villa Agrippina gracias a la gentil invitación de Ulises y su bella y fiel esposa, Penélope. Maestro, este encuentro lo tenemos que celebrar, dijo Heinrich Böll, esta noche le invito a compartir unos vinos en el Billar a las nueve y media.
Homero estaba sentado a la barra del bar cuando entró Heinrich Böll, puntual, como todo buen alemán, a las nueve y media. Brindaron con vino en nombre de los dioses del Olimpo y las musas de la Casa sin amo. Horas después Homero tenía en sus faldas a una linda joven que decía llamarse Claudia Ara Agrippinensis. Heinrich Böll sacó una carta en la que Hans Werner Richter lo invitaba a participar en un seminario organizado por el Grupo 47. El tres de mayo los dos escritores se embarcaron en un tren que los llevó hasta Bad Dürkheim, ciudad donde se realizaba el encuentro del Grupo 47. Homero fue acompañado por Claudia Ara Agrippinensis. Los escritores reunidos no esperaban la presencia del aclamado poeta griego y en un improvisado recibimiento, rindieron pleitesía a la obra y a la persona del insigne escritor griego. Al término de la reunión Heinrich Böll recibió la suma de mil euros como premio del grupo por su historia Die schwarzen Schafe.
Con los años la amistad de los escritores se fue profundizando. Cuando a Heinrich Böll se le otorgó el Premio Nobel de Literatura viajó a Grecia para celebrarlo con su amigo y maestro. Lamentablemente la fiesta celebratoria fue nublada por la muerte repentina de Argos, el perro de Ulises. Homero se encontraba sumido en una profunda depresión. Ulises borracho de pena. Penélope llorando como una Magdalena. Entonces Heinrich Böll continuó viaje a Israel y un par de meses más tarde Retrato de grupo con señora se convirtió en el libro del mes en Estados Unidos de Norteamérica.
A la muerte del escritor alemán, Homero estaba ya muy viejo, casi ciego, además un cáncer de próstata en estadio muy avanzado y una infección de la prótesis de cadera lo tenía inmovilizado en la cama, por lo que en su representación mandó a Telémaco con un discurso épico en homenaje al Premio Nobel de Literatura que por su compromiso al lado de las causas pacifistas se le achacaba actividades terroristas en Alemania.

Un OVNI en el microondas de Olympia / Walter Lingán


Charly era feliz con su nuevo hobby: el monociclismo. Gira y gira, una vuelta y otra vuelta. Desde muy temprano el patio se llenaba con su figura: toalla al cuello, impecables zapatillas blancas Nike y buzo guinda Adidas. Una mañana, Olympia, después de observarle largo rato desde la ventana del dormitorio, salió al patio. Iba envuelta en una bata negra de seda Ethnostil de Sisley. Charly, al verla, cayó del monociclo. Olympia le sonrió y, con pretensiones indecibles, abrió lentamente la bata. Su desnudez era completa, una espada al viento, banderita, banderita, bandera peruanita... Luego giró sobre sus talones mostrando sus audaces caderas, sus babilónicas piernas y la sabrosa caracola cercada por un musguillo negro lustroso. Charly la miraba sorprendido y contento. Sintió la pegada del deseo. Como animal en celo olisqueó en el aire el aroma de la lujuria. La piel morena de su mujer relucía sus más oscuros axiomas. Estaba gorda, era verdad, unos rollitos demás en la cintura, pero tenía su gracia, era hermosa, de eso no había duda. Olympia le dijo, con la bata todavía abierta, que si daba un par de vueltas sin caerse del monociclo, todo, todo lo que estaba viendo sería para él. ¿Y si me caigo?, preguntó Charly y recordó que una hora más tarde tenía que estar en la reunión del gabinete ministerial. Olympia cerró la bata. Si te caes, respondió, te condeno a soñar conmigo todo el día. Pero Charly, qué va, vivía siempre soñando con ella: soñaba que hacían el amor sobre las arenas quemantes del balneario Punta Sal, en las salas de los cines de Larcomar, en el asiento trasero de su BMW, mientras sacaba dinero del cajero automático en plena avenida Arequipa, en las camas que exponían las mueblerías, durante la ceremonia del cortamonte que los cajamarquinos celebraban en Pachacámac, en la avenida Brasil durante el desfile militar, a la hora de la transferencia de gobierno, en la entrada de los Metro.
Mientras Charly se dedicaba a sus funciones de asesoría, Olympia mataba su aburrimiento surfeando en los laberintos de la red virtual. Se iba de compras, de shopping, a los supermercados más alejados e impensables. Así, sin moverse de su cómodo chalet, revoloteaba de oferta en oferta que ofrecían los diferentes mercados norteamericanos, franceses, españoles o alemanes. Una tarde, después de hojear un par de revistas literarias, ingresó a la página web de amazon.com. Sólo por curiosidad más que por interés, se introdujo en el mundo de los libros, pues ella prefería comprarlos después de deshojarlos en vivo y en directo, se divertía desordenando las estanterías de las librerías con el pretexto de buscar un libro cuyo título acababa de inventar. Aquí era otra la sensación, como si fuera observada por miles de ojos. De pronto, sin que ella hiciera nada, el cursor arrastró su mano hasta un frondoso link que contenía la guía de extrañas publicaciones.
El escritor Alfredo Bryce Echenique, conocido internacionalmente por su novela Un mundo para Julius, habría sido secuestrado por un autodenominado Comando Periodistas de Uchuraccay. El famoso literato —que después de terminar con una experiencia europea en la que mutuamente se habían sacado el jugo, decidió, al cabo de treinta y cuatro años, regresar a la Lima de sus temblores— se encontraba en una gira por la sierra central peruana promocionando su último libro: Guía triste de París. La policía no se explica cómo pudo haber sucedido tal acontecimiento dadas las extremas medidas de seguridad. Decía que uno de los plagiadores, disfrazado como la agente literaria del autor, ingresó al hotel de turistas donde se alojaba el Reo de nocturnidad. Pero un testigo de los hechos, identificado como Juan Manuel y que fue entrevistado por nuestra enviada especial, Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, desmentía categóricamente esta versión diciendo que una simpática pareja, inscrita en el registro del hotel como Magdalena Peruana y Martín Romaña, sería la que abandonó el inmueble acompañada de Alfredo Bryce Echenique, quien se habría despedido diciendo a los huéspedes que bebían en el hall del hotel: No me esperen en abril.
La memoria de Olympia dibujó la barbarie, el asesinato de un grupo de periodistas inducido, ordenado y sacramentado por las fuerzas armadas acantonadas en Ayacucho... Olympia tenía todo lo que soñó de joven: marido buen mozo con envidiable sueldo en dólares, una mansión en el mejor barrio de la capital, se codeaba con la crema y nata de la sociedad, viajes alrededor del mundo, vestidos exclusivos y mucho más. Sólo algo no funcionaba como ella se había imaginado. Por eso, en el transcurso de los últimos años, se había desarrollado un fuerte deseo de acostarse con otro hombre que no fuera su marido. Por medio de la Internet, se había contactado con hombres, también con mujeres, dispuestos a toda clase de aventuras. Sin puntos ni comas le proponían chuparle de un sorbo hasta el tuétano de los huesos, disfrutarla en toda su sabrosura, sacarle musiquita desde el fondo de su melcocha. Entonces se le encendía la pasión, sentía unas ganas tremendas de arrojarse barranco abajo, rodar sin remilgos por los abismos de la concupiscencia. Tenía almacenado un epistolario de antología que, si llegara a publicarlo, la sociedad, alborotada, la maldeciría eternamente y sin chances de rehabilitación. Solía decir que a Charly lo amaba porque era blanco y guapo, por sus ojos verdes y sus cabellos rubios, hasta por su vello púbico que reverberaba como el sol; lo amaba también por sus manos hermosas y elegantes, por su arrogancia de patrón y su envidiable desparpajo de asesor de gobernantes tercermundistas, lo amaba porque era «su genio»: un meneíto gracioso y bonito y el capricho más extravagante era cumplido sin dudas ni murmuraciones. Olympia, una india, más precisamente una chola, una mestiza con una mezcla de quechua, de aymara, de aguaruna, de maya, de azteca, de negra y de blanca, amaba a Charly, aunque en los últimos tiempos tenía que concentrarse en el apolíneo cuerpo de su marido a la hora de hacer del amor si no quería verse volando por las alturas de Machu Picchu o la Torre de Eiffel, paseando por una calle céntrica del Cusco o de Berlín, dando vueltas por los almacenes de El corte inglés de Madrid o el Kauhof de Múnich. Esta situación la hacía sentirse muy mal, se consideraba una fracasada a pesar de los grandes esfuerzos por ser una excelente amante, esposa y compañera. Ella, que a la hora del pecado sagrado sabía perder los estribos y abría el camino sin estrecheces, no podía entender su mala suerte; ella, que como una joven potranca lujuriosa le gustaba gozar de acuerdo a los mandatos de la ley, no daba crédito a su destino, el amor de las morenas es fuego quemá quemá quemá / como la arena en el desierto quemá quemá quemá... Lo peor del asunto es que Charly, ocupado tras las cortinas del poder de turno, ni cuenta se daba de la situación, este déficit de atención en el presupuesto del hogar la convertía automáticamente en víctima de una aberración que ella designaba como el síndrome de dislexia sexual.
En el acto no hubo violencia por lo que se supone que los secuestradores, terroristas a opinión de la policía, son personas de confianza del escritor que diagnosticó La amigdalitis de Tarzán. Al cabo de diez horas de su desaparición y el correspondiente revuelo de padre y señor mío que se había armado, las trasmisiones radiales y televisivas se cortaron de pronto. Tras un breve silencio, se escuchó la voz de Jorge Sedano Falcón, ex periodista de La República, saludando a la comunidad internacional en nombre del Comando Periodistas de Uchuraccay, y alertaba que Alfredo Bryce Echenique se encontraba, gozando de buena salud, Con Jimmy, en Paracas.
Olympia recordó las primeras noticias de la guerra senderista; luego, muerte y desolación, la espiral de violencia creciendo como un gigante amorfo; militares y senderistas robándose la vida, comiéndose los latidos; el país dividido, acuartelado... Olympia fue educada y aprendió, desde que Adán descubrió a Eva comiendo galletitas Crisp en el Paraíso, que hombre y mujer son indivisibles, y por eso nunca tuvo inclinaciones homosexuales. Cuando una de sus colegas de la facultad de letras de La Católica, con quien estudiaba para los exámenes, tomándole una mano con delicadeza, le hizo una propuesta concreta, no vaciló en rechazarla. Me gustan los hombres aunque mal paguen, le dijo. Pero aquella vez que vio a una mujer rubia, narizona, con los anteojos oscuros sobre la cabeza, en la librería «El Virrey», se le revolvió toda la razón, se le recalentaron las células del deseo y estuvo a punto de lanzarse sobre la desconocida y, ahí mismo, en el suelo de madera, hacerle un montón de lindas cosillas, de ricuritas sin medida ni clemencia, pero algo inexplicable la detuvo en el último minuto. En cambio ahora, al descubrir en la entrada del Club Golf Los Incas a un cholo quechua sentado dentro de un taxi, no lo dudó. Se acercó y, agachándose hacia la ventanilla, ordenó: ¡hey, quiero que me lleves a donde sea y hagamos el amor! El cholo sonrió, pensó que le estaban tomando el pelo y miró ofuscado las laderas del Cerro La Molina, cómo será mi piel junto a tu piel / cardo o ceniza / si he de fundir mi espacio frente al tuyo / cómo será tu cuerpo al recorrerme / cómo mi corazón si estoy de muerte / cómo será el gemido y cómo el grito / al escapar mi vida entre la tuya...
«Nuestras acciones no están dirigidas a poner en peligro la vida de ninguna persona y menos de gente ligada a la cultura peruana», manifestó la voz de Sedano. «A más de quince años de la matanza de Uchuraccay y al ver que todos los esfuerzos de nuestros familiares por encontrar a nuestros asesinos han sido inútiles, hemos decidido realizar una campaña apoyada desde el Más Allá. Nuestros poderes, nuestras capacidades de mutación son infinitos, pero aún así, por una cuestión ética y moral, nuestra misión se llevará a cabo con mucha cautela, sin hacer daño a nadie, ni siquiera a quienes, por oportunismo, acomodo o bienestar, encubririeron las manos que se encarnizaron con nuestras vidas. El general Clemente Noel no debe temer por habernos vinculado a Sendero Luminoso, decir que llegamos a Uchuraccay portando banderas comunistas, gritando mueras a Belaúnde y vivas a la lucha armada.»
Olympia recordó que los testigos de la matanza de los periodistas habían desaparecido, de uno en uno y de una manera muy rara. No había duda de que el ejército estaba implicado en el asunto y los civiles que gobernaban se empeñaban en que todo se olvide... Olympia estaba dispuesta a engañar a su marido sólo porque era un hombre blanco, hermoso y opulento. Ella buscaba un ocasional y anónimo amante, alguien que le saque todo el jugo y le haga rechinar los dientes de puro placer. Quería un indio quechua, asháninka, aguaruna o aymara, un cholo, no le importaba que sea un vividor, un fumón, un borracho empedernido, ni que tenga un reguero de hijos no reconocidos, porque, a pesar de todo esto, eran capaces de convertirse en demócratas, en presidentes o ministros, y sin vergüenza alguna embolsicarse sueldos que superan toda expectativa. Olympia sólo buscaba un nativo peruano que, una vez los hechos consumados, desapareciera sin mayores trámites. No le importaba si sabía contar chistes de humor negro, ni si había leído a Arguedas o Vargas Llosa, sólo quería un tipo de piel oscura, la más oscura que hubiera visto en esta horrible ciudad, deseaba desnudarse y entregarse a él sin mirar a quien por el simple hecho de ser un indio o un cholo. Olympia quería que alguien coma las delicias que hervían en la olla de la dicha, alguien que la revuelque con la furia del deseo, le exprima todas sus esencias y la deje descoyuntada, pero feliz y satisfecha.


Eduardo de la Piniella de El Diario declaró: «No constituimos ningún comando ligado a alguna organización terrorista supranacional, sea de izquierda o derecha, por lo tanto, don Mario Vargas Llosa, que se encuentra veraneando con su familia en La casa verde y en su calidad de ex presidente de la comisión nombrada por el gobierno para aclarar los sucesos de Uchuraccay, no debe temer nada. Al mundo entero le decimos que esa comisión no aclaró nada, más bien reafirmó la versión oficial del gobierno y los militares, pues eso de que los pobres comuneros, la mayoría licenciados del ejército, confundieron las cámaras fotográficas con ametralladoras es un disparate tan grande como la Historia de Mayta. No queremos provocar La guerra del fin del mundo, y don Mario, a quien los dioses noruegos lo tienen postergado eternamente en la lista de los candidatos al Nobel, puede dormir tranquilo, como El pez en el agua...»
Olympia imaginó a Mario Vargas Llosa escribiendo el informe de la comisión investigadora de los sangrientos sucesos: la muerte, disfrazada como una linda mujer, llegó, cansada, respirando con dificultad, hasta las alturas de Uchuraccay. Con sus encantos mortales atrajo a los reporteros, se divirtió con ellos, los emborrachó de pasión. Los periodistas, engañados por la astuta mujer, se durmieron confiados y soñaron con la verdad que habían ido a buscar. La muerte, sin poder apaciguar más su naturaleza, sacó su guadaña y la descargó con furia sobre el cuello de cada uno de los redactores. Sus camisas ensangrentadas las colgó de los árboles y se marchó presurosa. La gente que pudo verla cuenta que se perdió tras la puerta de un cuartel militar; lo cierto es que más tarde los soldados, cumpliendo con su deber, descolgaron las banderas rojas... Y Olympia le dijo al cholo, que la miraba desencajado, que la cosa va en serio, y ya, antes de que se desanimase. Subió al taxi y le pidió que la llevara a un hotel porque tenía ganas de comérselo. Pero,... intentó protestar el sujeto. No digas nada, compadre. Sólo quiero que vayamos al hotel más cercano y me caches, me culees. La frase obscena rebotó en sus oídos de una manera extraña, pues nunca la había dicho. Recordó haberla escuchado en los videos eróticos que Charly traía a casa. En ese instante, en vez de avergonzarse, se sintió una actriz porno en todo su apogeo. Se dijo que estaba actuando, haciendo teatro, peliculina. Ella no era una prostituta, no, no, que va. Tampoco era una adúltera ni una mala mujer, no, ni pensarlo. Ahora sólo quería acostarse con este indio o este cholo desconocido y comprobar si era cierto ese tan mentado amor serrano. Nada más. Quería sentirse mujer, mujer deseada. Otra cosa no le interesaba. Se había acostado con Charly, un gringuito desconocido, entonces, ¿por qué no probar con un anónimo nativo peruano? Hacer el amor o meterse en la cama con el miembro de una de las etnias sojuzgadas sería una reivindicación después de tantos siglos de marginación y opresión. ¡Oh, Padre Pachacutec! ¡Apus benditos, serle infiel a Charly se convertía en una proclama político-racial! ¡Rebelión! ¡Resistencia! ¡Las mujeres al poder!
El joven periodista Jorge Mendívil, con voz pausada, anunció: «Ojalá, nuestra muerte sea el aviso, la esperanza de tiempos nuevos, donde la verdad sea clara y luminosa como la luz del sol. No queremos que nos declaren héroes ni nos otorguen medallas póstumas, recuerden que sólo cumplimos con nuestro deber profesional». Luego de un breve silencio se escuchó la voz, un tanto lejana, de Pedro Sánchez, el fotógrafo estrella del grupo: «La muerte nos alcanzó desprevenidos, no pudimos defendernos, el recuerdo de nuestra muerte es un animalito que escarba en el corazón de nuestros asesinos, es un OVNI girando en sus alcobas, entre sus muebles, volando entre los resquicios de su conciencia...»
Olympia pensó que la verdad que los cronistas buscaban, quedó, como se dice por decir algo, postergada hasta la próxima eternidad y cuando vio un OVNI aparcado en su microondas no supo si estaba soñando o volando entre viejos planetas, mandando besitos volados a la Tierra... En la habitación del hotel, Olympia le pidió al cholo que se desnudara. A éste le tembló el vientre abultado, las piernas delgadas y arqueadas la hicieron sonreír. El anillo en el dedo de la mano derecha relumbró en sus ojos. Posiblemente estaba casado con una francesa o una belga o quizá vivió una temporada en Francia, pues en varias ocasiones se le había escapado una que otra frase en francés. Pero a Olympia ya no le importaba nada. Se le acercó, le besó el pecho lampiño, le rodeó y desde atrás se prendió del pene erecto. El cholo pegó sus escuálidas nalgas al frondoso y exquisito cuerpo de la mujer. Ella acarició la piel lustrosa, sebosa y sudorosa del cholo; olía a toro bravo, a chivato viejo. Cerró los ojos y en su mente vio a Charly, su piel suave, su cuerpo esbelto, firme y poderoso; percibió el perfume del eau de toilette Davidoff Cool Water, palpó sus camisas planchadas en lavanderías de lujo, sus corbatas Calvin Klein realzándole el prestigio de profesional de alto vuelo. En cambio los cholos son sucios, tienen sabor a tierra, huelen a jabón Bolívar, son unos mentirosos, unos pendejos, bajo esta premisa decidió odiar a todos los cholos, también a todos los indios y a todos los hombres. Para liberarse de un poco de odio, resolvió darle lo que ninguna belga o francesa le había dado a este cholo que quizás antes de ser taxista fue lustrabotas o canilllita. Tenemos que apurarnos, le dijo al desconocido. Se acostó en la mullida cama, abrió las piernas y apareció, con toda su brillantes, la chapisquera mojada. El cholo no esperó un segundo y se lanzó, con el caballo empinado, por el glorioso Morro de Arica. No le dio tregua a la mujer, la zarandeó entre bandazos de izquierda a derecha, al derecho y al revés. Le machacó los huesos hasta arrancarle un profundo gemido de felicidad. Luego, el cholo, orondo y fresco como una lechuga, abandonó la habitación cantando el adiós pueblo de ayacucho perlas challay. Olympia se quedó tirada en la cama, se sentía como desmembrada, embotada por la dicha de haber pisado los umbrales del Paraíso.
La última voz en emitir sus declaraciones fue la de Amador García de la revista Oiga: «Hemos perdonado a los autores de nuestras muertes porque no sabían lo que hacían, en cambio, los que ordenaron que borraran nuestras huellas, aquellos como Lituma en los Andes que se prestaron al juego, a todos ellos los perseguirá el ojo de Dios... Vendrán nuevos periodistas sedientos de verdad. Bueno, luego de esta primera acción, nos retiramos, comunicándoles que el admirado maestro Alfredo Bryce Echenique A trancas y barrancas se encuentra ayudando a La última mudanza de Felipe Carrillo y luego irá a descansar en el Huerto cerrado...»
Olympia ya no recordaba en qué momento apagó la computadora y se vistió como la muerte: encantadoramente mortal. Ella, graduada en ciencias de la comunicación, pensando en sus colegas que habían muerto o desaparecido misteriosamente y en los que estaban presos, decía que el periodismo es una profesión muy peligrosa pero hermosa, tan hermosa como la verdad... Olympia llegó casi con una hora de retraso al restaurante del parlamento donde la esperaba un Charly impaciente. Fue reprendida cariñosamente por su tardanza. Ella se quejó del tráfico, de los cholos metidos a taxistas que no conocían bien la ciudad. Besó a su marido con coquetería. Aún sentía los ardores de la gloria, un hormigueo irresistible le trepaba por el aguadizo monte del gozo. Olympia tuvo miedo. ¿Y si olía a sexo, a sexo de cholo? ¿Sería Charly capaz de percibir el olor del enemigo? Sacó un cigarrillo y empezó a fumar con cierto nerviosismo, luego, ya más tranquila, pensó que a su marido lo amaba porque era blanco, rico y buenmozo.