Montag, 6. Juni 2011

El Motori / Walter Lingán


A veces necesitamos ser perros y no hombres.

Oliver Sacks.

«Dime, Leo, con toda franqueza: ¿Qué opinas de mi forma de ladrar?»
La respuesta de Leo fue escueta y sincera: «Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras todavía se te nota el acento humano.»

Mario Benedetti.

Tanto había crecido la barriga de mi madre que tenía miedo que se le reventara, que le explotara como un globo. La fecha del alumbramiento se había cumplido e incluso, según el almanaque Bristol, donde anotó exactamente el inicio del embarazo, habían pasado ya casi seis semanas más. «¿Por qué la demora?», se preguntaba mi madre con fastidio. Mirando al techo, lloraba sin consuelo. Frotándose la barriga con las manos, gritaba desesperada: «¿Por qué me castigas, Dios mío...? ¿Por qué, Señor del cielo? Bendito y bienaventurado... ¿Qué te has propuesto? ¿Acaso voy a parir un ángel? ¿O crece en mi vientre el hijo de un demonio?»
La vieja comadrona, que visitaba a mi madre cada cierto tiempo, sólo movía la cabeza, pensativa, sin intentar una explicación. El médico del pueblo, luego de revisarle el vientre, aseguró que se trataba de un embarazo normal, no había motivo para preocuparse. En cuanto a la fecha del parto, utilizando un lenguaje casi marcial y jeroglífico, dijo: «Tratándose de una nulípara posiblemente estaríamos frente a un caso aislado de una desviación del término medio de duración del embarazo.» Mis padres, desconcertados y afligidos, abandonaron el consultorio sin haber entendido casi ni una palabra.
Primero la hacía feliz con las débiles pataditas y los puñetitos que ella sentía como cosquillas en su vientre. Pero a los veinte meses estas cosquillitas se convirtieron en severos golpes en los costados y en la boca del estómago, que casi caía fulminada por tremendos dolores. Muchas veces, navegando en ese líquido que me rodeaba, llegaba hasta la membrana, hasta esa tela, que me impedía estirarme en todo mi largo. Me prendía de ella con mis rudementarios dientes tratando de romperla, pero sólo hacía daño a mi madre. Sus quejas y sus gritos de dolor eran pequeños truenos horadando mis oídos. Más tarde, después de mucha práctica y esfuerzo, superé esa odiosa posición de gusano enrollado y logré sentarme. Entonces, sentado como un indio meditabundo, intentaba captar todos los ruidos externos. Solía acostarme de espaldas, boca arriba, y orinar con precisa puntería para construir un puente curvo que terminaba en mi boca. Esto era lo más difícil y lo más divertido. Se necesitaba bastante concentración, pues estaba sitiado por una masa líquida, y cuando la orina se mezclaba con ese lechoso fluido, el fracaso era desolador. Siempre buscaba alguna forma de diversión para no aburrirme en el encierro de esa burbuja de agua.
Hasta que un día mi madre, cansada de tanta espera y al ver que su barriga seguía creciendo y creciendo sin compasión alguna, que los días pasaban sin que a mí ni siquiera se me antojase asomar las narices, bajó de su lujoso catre de fina madera. Casi arrastrándose llegó hasta el río. Se sentó a la orilla, hundió primero sus piernas en el agua y, poco a poco, se dejó llevar lentamente por la corriente...


Los peones de mi padre descubrieron el cadáver de mi madre. Llorando, más de temor que de pena, fueron los portadores de tan triste mensaje. Subidos a una pequeña loma, desde donde se divisaba la casa-hacienda, llamaban a gritos: «¡Patróoon...! ¡Patróoon...! ¡La patronaaa, patrón...!» Agitando los brazos hacían señas, pero mi padre no les prestaba atención o no entendía. Hasta que el viejo Crisanto, llegando al portón, casi ya sin resuello, dijo que la patrona estaba muerta: «Con la cabeza metida en el agua y la panza al aire.» Mi padre, desencadenando una hila de improperios, se encaminó hacia el río.
-¡Carajo...! ¡Qué jodidas son las mujeres!... ¿Qué le hubiera costado esperar hasta que pasen las cosechas y no ahora cuando estamos tan ocupados? ¾dijo arremángandose los pantalones hasta las rodillas.
Antes de sumergir sus musculosas piernas en la corriente, observó en silencio el aciago final de su mujer. Una vez frente al cadáver, que semejaba un pez gigante encallado en el centro del río, ordenó el retiro de los peones. Sólo la vieja Conshe, la cocinera de la casa, no hizo caso. Pasmada, con la mirada puesta en el cielo, rumiaba oraciones incomprensibles. Luego, con mucho respeto y venciendo ciertos temores, se fue acercando al inerte cuerpo de la patrona. El agua fría chicoteó sus piernas y mojó los ribetes de su pollera granate. Los perros, oteando al viento, ladraban alborozados. Mi padre, ayudado por la vieja Conshe, empezó a despojar de sus vestidos a mi madre. Su pulido vientre reventó colores sobre las piedras del río. Observando como el agua reptaba bulliciosa, alzó las mangas de su camisa, sacó la cuchilla que llevaba siempre en uno de sus bolsillos y la hundió en un primer corte de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Lavó la cuchilla en el agua y volvió a practicar un nuevo corte, esta vez, de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba. Los dos cortes cruzados formaron los vértices de cuatro triángulos. Al levantar los triángulos quedó un agujero cuadrado mostrando las entrañas de mi madre. Palpando cuidadosamente con los dedos, fue profundizando suave, muy suave, la cuchilla. Un líquido sanguinolento se fue mezclando con la cristalina agua del río. A los pocos minutos fui apareciendo. Primero saqué las manos, luego la cabeza. Respiré. El aire fresco invadió mis pulmones. Mis ojos tragaron voraces el azulino horizonte y las cercanías que me rodeaban. Aliviado estiré mis brazos y mis piernas, a continuación salté resuelto al agua. Altivo y hermoso, como mi madre, retozaba en el agua fría. La vieja Conshe terminó de bañarme, al final me envolvió en su chale. Así me llevaron hasta el lugar que sería mi casa. A la difunta la cargaron los peones en una improvisada camilla de dos palos y unos ponchos. Los perros, ajenos a la tragedia, corrían jugueteando delante nuestro. Mi padre caminaba en silencio. Parecía reflexionar en algo. Apenas llegamos a la casa, me agarró de un brazo y dio el primer grito:
-¡Hijo de mal viento...! -y me arrojó al rincón donde dormía la manada de perros que se encargaba del cuidado de la casa, de las vacas y de las ovejas.
Los perros viejos, los más grandes, me recibieron a regañadientes, mostrando sus feroces colmillos en clara señal de rechazo. En cambio los cachorros se lanzaron entre mis piernas y me lengüetearon las manos. Saltaban hasta mi cara y me lamían la boca. Sus narices frías y húmedas las metían por detrás de mis orejas. Por eso, lo primero que aprendí fue a ladrar, así como a conquistar mi lugar en la artesa, una tosca batea de madera, a la hora de las comidas.


Lo más hermoso que he visto en mi vida fue el entierro de mi madre. La casa se llenó de gente y de floridas coronas. El olor de rosas, geranios y cipreses volaba en el ambiente. Fueron los días que más huesos habían para roer. Durante el velorio, en una de las salas, nadie lloraba, más bien se emborrachaban, conversaban en grupitos y reían estrepitosamente. En el salón donde estaba mi madre, quietecita, con los ojos cerrados, había mujeres vestidas de negro, lloraban, rezaban, se quejaban... Después vi otros entierros donde la gente canta, llora y baila. Recuerdo que cuando mi madre era velada, yo era feliz: corría furioso entre las piernas de la gente, revoloteaba curioseando por los inmensos corredores y habitaciones innumerables. Subía y bajaba incansable por las brillantes escaleras de madera. Rebuscaba en los cajones, en los mostradores, en los estantes. De la cocina sacaba trozos de carbón, llenaba puertas y paredes con figuras y trazos extraños. Enterado mi padre de mi talento artístico, me castigó sin miramientos. Ordenó que me amarraran de manos y pies bajo el frondoso aliso donde dormían su siesta el Currundengo y el Orejitas, mis perros favoritos. Los peones al verme así, se reían; hablando grotescamente, se alejaban.
Para ir al cementerio vino la vieja Conshe, con su cara picada de viruela, apestando a cebollas, y me desató. En el pozo, sacando agua con un mate, me bañó, me untó con fragancia de jazmines. Me puso ropa limpia.
-Te vas a portar bien -me advirtió- sino te vuelven a amarrar bajo el aliso.
El cementerio es el otro mundo, ahí se van a vivir todos los que se mueren, como mi madre, por ejemplo. Es un lugar silencioso y lleno de casas con ventanas chiquitas, parece un palomar inmenso. A cada paso, hasta en el suelo, está sembrado de cruces y cruces, muchísimas cruces. Las cruces, clavadas y con los brazos abiertos, llevan su nombre sobre el pecho. Endemoniadamente disciplinadas, no hablan, como si estuvieran en parada militar. Lo mismo nos sucede cuando nos morimos, no podemos hablar ni movernos. Pero los muertos viven con sed eterna, por eso, cada vez que vamos a visitarlos, llevamos agua bendita para darles de beber a los pobrecitos.
-Vamos a darle agua a tu mamita -me dice la vieja Conshe.
Entonces me baña, me cambia de ropa y nos vamos al cementerio.
La vieja Conshe cuenta que desde chiquito he sido así. Me encaminaba como un gafo entre los montes, muchas veces ni a comer venía. En esas andanzas aprendí que la carne de las lombrices es suavita, dulce, dulcecita como el jugo de las zarzamoras. Horas y horas me pasaba en el pozo cogiendo sapos y renacuajos. Los metía en una bolsa, luego, de uno en uno, los mataba tirándolos contra la pared. También me gustaba comer los piojos que tenía en la cabeza. A veces los chapaba cuando rodaban por el cuello mi camisa, por lo que mis camisas terminaban convertidas en larguísimas schillpas. En la cocina, entre los muebles, por los rincones, buscaba cucarachas. Las agarraba, las llevaba al patio, ahí les arrancaba primero las patas para que no puedan escapar. De una en una, como palitos, metía las patitas entre mis dientes y clash, clash, clash me las comía. Había días que me las pasaba en medio de los perros, echado de barriga y a pleno sol, dedicado a despulgarlos. A las orillas del río me entretenía horas y horas persiguiendo mi sombra, tratando de pisarla..., pero siempre se me escapaba. En las mañanitas y en las tardes mi sombra era más grande que el techo de las casas, se perdía entre las chacras, entre los alisos y los eucaliptos. Al mediodía mi sombra se ponía tan chiquita, que si no me movía, me quedaba sin sombra. Lentamente sacaba mi cabeza a un lado y aparecía mi sombra. De esa manera comprobaba que mi sombra no se había ido a colgarse en el cuerpo de algún perro o de mi padre. Al atardecer, cuando todos dormían, la vieja Conshe iba a buscarme. A veces tenía suerte, me encontraba fácilmente. Jalándome de un brazo, me llevaba a casa. Callandito, sin que nadie se dé cuenta, me metía en la cama de su hija Rosaura, una muchacha de trenzas negras y cara chaposa, muy querida por enamoradizos jovencitos. En las noches su habitación era visitada por sus pretendientes, entonces yo me encargaba de distraer a los perros.
A Rosaura le gustaba estar conmigo.
-¿Motori? -me llamaba- ¡Ven... Ayúdame a limpiar las ventanas!
Entonces me iba corriendo porque a mí también me gustaba estar con ella. Mirar sus manos veloces haciendo los trabajos caseros; sus ojos redondos, negros, como dos choloques; sus trenzas jugando con las palomas de sus senos. Todo eso me gustaba de Rosaura, también sus piernas; los dedos de sus pies... ¡Ah, también su voz, esa voz de cántaro! Pero cuando me limpiaba la nariz con la punta del mantel que cubría la mesa del comedor o cuando me sonaba los mocos con las mangas de mi camisa me sabía resondrar con mucha severidad. Se enojaba conmigo cuando rompía los nidos de los pajaritos. Entonces su voz era una brava cascada de un río cargado de agua, de piedras y troncos. Esa su voz me asustaba.
-Rosaura -le preguntaba-, ¿y quién limpia las estrellas que están siempre tan brillantes?
Ella me miraba, se reía y continuaba trabajando apurada sin contestarme.
-Cuando la luna no sale en el cielo -le contaba- es porque se viene a dormir conmigo y entonces las noches se quedan sin luz.
Ella sólo hacía muecas graciosas y volvía a reír.
-Rosaura -le decía buscando sus ojos- la luna es el espejo de la tierra, en ella se peina la trenza de sus ríos. ¡Verdad, Rosaura, verdad!
-¡Ay, Motori...! ¡Ay, Motori! ¿De dónde sacarás tantas zonceras? De tanto andar comiendo cucharachas y lagartijas te estás volviendo loco...
Siempre decía que yo estaba loco, loco de remate, sin remedio. ¡Loco!
-¿Qué pasa Rosaura si nos quitan nuestra sombra?
-No pasa nada gafazo -me contestaba y volvía a callar.
-Y cuando morimos, ¿a dónde va nuestra sombra?
Entonces ella de tanto que le preguntaba, se animaba a contestarme.
-Cuando alguien muere se va llevando su sombra, no la deja, porque podría meterse en el cuerpo de otra gente y andar con dos sombras no es bueno.
Cuando vamos a dar agua a mi mamita muerta, cuido que no se me prenda ninguna sombra ajena. «El que tiene dos sombras es un pecador y los pecadores se van al infierno», dice Rosaura. La vieja Conshe cuenta que el infierno está lleno de candela, fuego, purito fuego, no hay por donde escapar; por eso, los pecadores que van al infierno terminan quemándose como un palo de leña en el fogón.
Al mismo tiempo que crecía, fui conociendo más cosas. Aprendí a coger a las perras, a las ovejas y a las gallinas. Las ovejas se dejaban hacer en silencio, en cambio las gallinas cacareaban, alborotaban el gallinero. Una vez me encontraron con la gallina en las manos, la verga dura y parada, derechita como una flecha. A pedradas me persiguieron hasta prenderme y llevarme ante mi padre a darle la queja. «¡Así que culeándose a las gallinas so pedazo de animal...!» De una oreja me sacó al patio y me ató bajo uno de los alisos. Rosaura quedó mirándome con tristeza. Por suerte en uno de mis bolsillos había guardado un pedazo de cebo. Cuando ya nadie caminaba por los alrededores, froté la soga con el sebo y dejé que uno de los perros la masque. En cuestión de minutos estaba libre otra vez. Sin hacer ruido me fui al cuarto de Rosaura.
-¡Rosaura! ¡Rosaura! -llamé pegando mi boca a la puerta.
-¿Para qué te has venido? ¿Quién te ha soltado? -me preguntó sorprendida.
-Los perros. Los perros me han soltado -le contesté.
Abrió la puerta y me hizo entrar. Me metí en su cama. A su lado todo era blando, calientito. Diciendo: «estás frío», me abrazó y me apretó contra su pecho. Sus tetas redonditas, gorrioncitos picando las semillas de trigo en el patio, así sus tetitas me picaban la cara. Despacito me fui resbalando, lamiéndole la barriga. Metí mi lengua en el agujero saladito de su ombligo. Ella sólo dijo: «¡Ay Motori!... ¡Qué rico! ¡Me vas a matar!» Empujó mi cabeza hacia abajo y la ajustó entre sus piernas. Mojado, todo lo encontré mojadito entre sus piernas y yo la seguí baboseando con gusto, llenándola de saliva espumosa. Entonces estremeciéndose, sacudiéndose, me dijo que me acueste sobre ella, y así, encimado, ingresé quemando en su cuerpo quemante. Me envolvió más fuerte con sus piernas y sus manos... y, gimiendo, se quedó tranquila. Por la mañana, al canto del primer gallo, despertamos felices. «Escucha el mar» me decía tapando mis orejas con sus manos. Cuando no me encontraban bajo la escalera, donde dormía con los perros, salían a buscarme por el monte, por el corral de las ovejas. Muchas veces, después de tanto buscar, me hallaban dando vueltas a la orilla del río persiguiendo a mi sombra, tratando de pisarla.
Desde la última vez que me encontraron con la hija de don Grimaldo, me han amarrado con cadenas. Ningún perro puede romperlas por más sebo que les ponga. Estábamos en la chacra, detrás de unos montes. La niñita acostada en la hierba. Quietecita, parecía muerta, casi no respiraba. Su boquita temblaba. Una mano la tenía entre sus piernas tiernecitas y con la otra apretaba su delgado cuello. Entonces vino el Sandor. Ladrando, dando vueltas en nuestro alrededor, nos puso al descubierto. A la niñita ya la estaban buscando. La gente decía: «¡El Motori anda suelto...! ¡Se ha soltado el Motori!» Corrían tras las muchachitas. Las metían en sus casas para que no las agarre y les haga mañoserías. De todas partes salían los peones con palos y piedras al escuchar los gritos de don Grimaldo. La vieja Conshe y Rosaura me salvaron de su furia. Mi padre, amargo, les ordenó: «¡Déjenlo, carajo..., qué lo maten de una vez a ese monstruo!» Los peones, al ver a mi padre, se detuvieron y bajaron sus amenazadores palos.
También aprendí a ir por otros pueblos. Desaparecía dos, tres días, o una semana. En verdad no sé, porque no me interesa el tiempo. Una vez estuve en la fiesta de Calquis. Ahí bailé en la plaza hasta cansarme. Me habían dado de tomar bastante aguardiente. Los muchachos me decían: «Baila, Motori» y me daban otra copa y otra copa y volvían a decirme: «Baila, Motori». Después, en otra oportunidad, escapé y me fui a Jangalá. Ahí también, borracho andaba entre la gente que había llegado a la fiesta. A la hora de la corrida salté al ruedo y me puse a torear a un torito mulato. «¡Esa, Motori!» «¡Olé, Motori!» «¡Cuidado, Motori!» «¡Así, Motori!» El torito cansado de correr y dar vueltas, pasaba por mi lado con la lengua afuera. «¡Buena, Motori!» Así estábamos. En eso se me cayó el pantalón. Las mujeres volvieron la cara para no ver las partes que me colgaban en la entrepierna. Rápidamente me agaché para levantar el pantalón que se enredaba en mis talones. Pero el torito traidor, viniendo por atrás, de un cabezazo me hizo rodar.
-Por tus malas costumbres, por todas tus mañoserías te han puesto estas cadenas ¾me dice la vieja Conshe a la hora que me trae la comida.
Los peones pasan y me dicen: «¡Loco! ¡Pájaro de mal agüero!» Los muchachos me gritan: «¡Hijo del diablo!» También cantan: «Motori, Motori hijo de Satanás.» «¡Auuuuaa...! ¡Auuuuuaa...! ¡Tarzán de los perros!» Me tiran huesos viejos y sucios. En cuatro patas imitan el caminar de los perros y aúllan improvisando una bocina con las manos. Mi padre pasa, me mira con odio, escupe en el suelo y se aleja sin decir nada. Le miro con toda la suavidad que tengo en la mirada, orgulloso, altivo como mi madre. He nacido en el río, me he criado al calor de perros finos y en el seno de una familia decente, entonces, ¿por qué no puedo darme el lujo de ser loco?


¡Chócala para la salida!


 Foto: Víctor Hugo Alvítez

A Luzmila Bravo Barrantes

Mamá me alistó para el primer día de escuela. Todos nos levantamos más temprano que nunca. Antes de desayunar me lavé los pies en el chorro y con una piedrita plana les saqué toda la mugre. Vestí un pantalón marrón y una camisa blanca, vieja pero lavadita con Ña Pancha. Te has de portar bien, dijo mamá, y echando un poco de saliva en sus manos frotó mi pelo rebelde y peinó su brillante negrura como plumas de cuervo. Crucé en el pecho una bolsa de tela que contenía un bloc que mamá hizo con restos de viejos cuadernos y cosió con una guatopa y a doble hilo.
Con el corazón latiendo atropelladamente entré a la escuela de la mano de mamá. Cruzamos un pasillo cortó y estrecho y llegamos al patio. Y ahí me soltó, como a toro en el redondel esperando al torero. Me paré en un lado, tratando de pasar desapercibido. Otros corrían de acá para allá y de allá para acá. Las chicas también se mantenían al margen de todo ese alboroto que armaban algunos chicos. Las mamás hablaban entre ellas, de vez en cuando dirigían las miradas orgullosas a sus retoños. Sonó un silbato y la directora de la escuela pidió a gritos que formáramos columnas a un lado del patio. Luego nos fue llamando uno a uno por nuestros nombres y formamos otros grupos de hombres y mujeres. Nos dividieron en varias secciones.
Me tocó ir a la sección B. Mi maestra era joven con ojos de capulí y medias color de humo. Era hermosa con su abrigo negro y sus zapatos de gamuza. Todos los muchachos de la escuela comentaban que mi maestra era bonita porque tenía el pelo como la noche y al sonreír sus mejillas se hundían en dos hoyitos graciosos. Me gustó verla reír y cómo tomó la tiza para escribir su nombre en la pizarra. Sus labios tenían la rojez de los huayruros, de las moras. Disfrutaba observando sus piernas cruzadas bajo el pupitre. Sin duda mi maestra era hermosa. Ni Adita, una compañera de ojos claros y cabello ensortijado, con faldita plisada y zapatos de muñeca, era tan bonita como mi maestra.
Romel, el hijo del jefe de la policía, dijo que mi maestra era una chola fea. Al escucharle me hirvió la sangre, no sé de donde saqué tanto coraje para salir en defensa de mi linda maestra. Me puse frente al insolente y lo reté: ¡Esto se lava con sangre! ¡Chócala para la salida si eres hombre! Romel, todo sobrado, con burla dijo que me sacaría chicle y moco. Aunque andes enzapata’o, le dije, no me das miedo. Cholito daña’o, replicó con sorna, ya te estás orinando de miedo. Y era verdad, pasado el arranque de valentía, me asusté. Estaba a punto de ir a decirle que era una broma, que me disculpe. No, me dije, a mi maestra nadie la insulta. Y eso me volvió a dar valor.
Y llegó la hora de la salida. Me hice el que buscaba algo en mi carpeta tratando de alargar el tiempo. Romel pasó a mi lado y me dijo que me esperaba para sacarme la mierda. Me volví a asustar. ¿Qué hacer? La maestra pidió que me apurara pues quería cerrar la puerta del salón. No me quedaba pretexto, debería salir y enfrentar a mi enemigo. A la espalda de la iglesia me esperaba Romel acompañado con su séquito de aduladores. Yo iba solo, detrás venía Carlos que haría de árbitro de la gran pelea, la primera escaramuza de mi vida. La maestra pasó apurada azuzándonos de que vayamos rápido a casa.
Dejé mi bolsa en el suelo y nos dispusimos para iniciar la lucha. Alzamos los puños, nos pusimos en guardia. Carlos tenía una mano entre los dos. El que escupe primero gana, dijo. Los dos combatientes nos apresuramos a escupir. El árbitro sacó veloz la mano y mi escupitajo cayó en la cara de Romel. Esto lo enloqueció y rojo como un tomate me encajó el primer puñetazo que me lanzó por los suelos. Con todo sus fuerzas me asestó una patada en el estómago. Me retorcí de dolor. Estaba perdido. Se tiró sobre mí y esa fue mi salvación. Mi rodilla se incrustó entre sus piernas y el golpe lo hizo aúllar como a perro picho. Se repuso pronto y volvió al ataque. Abrazados rodamos una par de veces. Tragamos tierra salada. Otra vez estaba debajo, inmovilizado. Su oreja estaba a mi alcance y no lo pensé dos veces. Como animal hambriento me prendí de la oreja de mi rival. Romel gritó como un desalmado y luego se rindió. Al final nos levantamos. Nos dimos las manos como caballeros y, en paz, cada uno partió a su casa.


Sonntag, 1. Mai 2011

El Colombiano murió infestado de esperanza



También de palomar se muere un hombre
cuando sabe vivir por una carta.

Juan Gonzalo Rosé.

A Melacio Castro.

«Soñar no cuesta nada» dijo Jacinto, más conocido como El Colombiano, y se calló.
Estas primeras palabras las dejó transcurrir con lentitud y sin esbozar ninguna mueca. Tenía los dedos entrecuzados y las palmas de las manos sobre la nuca. Cambió de postura y apoyando los codos sobre la mesa introdujo su rostro entre sus manos. Esta vez fijó la mirada en la corona de espuma blanca que cubría a la cerveza Kölsch. El Colombiano volvió a iniciar su hablar cansino sin mirarme, como si estuviera inmerso en un largo monólogo consigo mismo. Estábamos en un bar pequeño atendido por dos jóvenes de fuertes contrastes, ella rubia y delicioso acento al hablar, hermosa como una diosa del Olimpo; él tenía la piel oscura, alto y fornido, un atleta olímpico, atento y risueño.
«Ese negro pendejo se quiere tirar a la gringa y no le liga» me confió El Colombiano.
No hice ningún comentario. El Colombiano bebió un sorbo largo de su vaso de cerveza. Llamé al camarero que atendía el bar y le pedí un té con miel y limón.
«Oye negro» le dijo El Colombiano, «¿a ti te gusta la gringa?»
El atlético camarero de piel oscura miró sonriente. Desconcertado.
«Wie bitte?» preguntó arrugando la oscura frente olímpica.
«No te hagas el huevón, negro, que desde lejos se nota que quieres tirarte a la gringa?»
«Ach so, gringa, ja, gringa gut» dijo sin entender el sentido de la expresión hecha por El Colombiano.
El Colombiano terminó su vaso de cerveza y pidió otro más. Ahora vino la hermosa muchacha rubia trayendo la cerveza, el té, el limón, la miel y un par de galletitas. El Colombiano prendió sus ojos en las caderas de la luminosa diosa del Olimpo. Ella se dio cuenta de la mirada libidinosa, dijo, entre otras cosas, «scheiße»1, y se retiró molesta, casi tirándonos con el vaso de humeante té negro. La hermosa muchacha rubia de ojos dulce-celestes o diosa germana recién llegada del Olimpo tenía un atractivo especial, un delicioso acento al hablar, contrastado con el tono aguardientoso de la voz y con la cara de pez y ojos de sapo que exhibía El Colombiano.
«Me ha dicho scheiß Ausländer»2 gritó El Colombiano cargando de mala intención y agresividad los dos últimos vocablos y, además, lo dijo en alemán.
La poca gente que estaba en el bar dejó de conversar, todas las miradas se concentraron en nuestra mesa. El Colombiano, en un arrebato de locura, golpeó la mesa con el vaso vacío y se puso a gritar como un loco: ¡Scheiß Ausländer! ¡Scheiß Ausländer! La hermosa muchacha rubia y diosa del Olimpo se llevó el dedo índice a la sien para indicar la locura del extranjero. Este gesto elevó la locura y los decibeles de la voz aguardientosa de El Colombiano. El atlético y olímpico camarero de la piel oscura se acercó serio y risueño a poner calma, a sosegar al lunático extraño con cara de pez y ojos de sapo.
«Immer mit der Ruhe, Freundchen»3 dijo mostrando una dentadura blanca y perfectamente alineada, pero no logró poner la mano sobre el hombro de El Colombiano, pues éste lo rechazó violentamente.
«¿Ruhe?4 ¡Me han llamado scheiß Ausländer y me pides Ruhe! ¡Negro de mierda... no me pongas tus cochinas manos!
El olímpico camarero de la piel oscura y manos grandes entendía sólo los gestos agresivos de El Colombiano y aquellas palabras en alemán. Cuando quise intervenir, desde nuestra mesa un vaso salió disparado hacia la cabeza del atlético y olímpico camarero. El vaso se hizo añicos al caer al suelo y, para mala suerte de El Colombiano, la sangre que brotó de la frente del fornido camarero de piel oscura y ojos negros, si bien es cierto no llegó al río, enardeció su pacífico y alegre espíritu. Dio un salto felino y en cuestión de segundos doblegó la furia de El Colombiano, lo cogió de un brazo y una pierna y lo arrastró hasta la calle. El Colombiano se aferraba al piso con la mano libre y vociferaba infinidad de insultos que por suerte nadie entendía, parecía un cachorro ladrando frente a un gigantesco e inamovible muro. Herido y maltrecho El Colombiano no podía ponerse en pie, lamía sus heridas, lamentaba su mala suerte. Antes de salir del local me acerqué al atlético camarero de piel oscura y a la hermosa diosa del Olimpo e intenté disculparme por las molestias causadas por El Colombiano. La herida del camarero era pequeña pero de relativa profundidad, necesitaba una sutura de dos o tres puntos. Pagué la cuenta y abandoné el bar. Afuera empezaba a llover suavemente y El Colombiano no dejaba de lamentarse...
Algunas semanas más tarde el rostro de pez de El Colombiano ya no mostraba los rastros de la paliza que le había propinado el camarero de piel oscura. Sus ojos de sapo vivaracho habían recuperado su aspecto vidrioso. Estábamos nuevamente frente a frente. Él frente a un vaso de cerveza colonesa y yo frente a un vaso de té con limón y miel. Estábamos en un bar instalado en el sótano de una casa antigua en la Zülpicherstraße. Bebedores viejos se apretaban alrededor de la barra. El humo de los fumadores enrarecía el aire, nos convertía en fantasmas. El camarero, un alemán de cara colorada, calvo y de largas patillas, se desplazaba entre las mesas recogiendo vasos, limpiando ceniceros, anotando pedidos, distribuyendo vasos de cerveza, café, té y agua mineral. El Colombiano hablaba arrastrando las palabras, luego se callaba, parecía meditar en algo, luego volvía su voz aguardientosa en ese tono cansino y monótono.
«Durante las noches escribo cartas, pero nunca las he puesto al correo. No sé, tengo miedo de que lleguen a las manos de la única mujer que amé en esta perra vida o vida de perro. Ella sabía que yo la quería y ella dijo también que me quería. ¿Qué pasó? No sé si la dejé o ella me dejó. Estuve tan borracho aquella vez. Al volver a la realidad, a este valle de lágrimas, me quedé con una rara sensación. La encontré en los brazos de mi mejor amigo que era como un hermano para mí, mi chochera del alma y no tuve el coraje de matarlos, o por lo menos matarla a ella. Quizás yo me hubiera matado. ¿De qué me sirve toda la ingeniería electrónica si nunca he podido olvidarla? Yo sé que ella me ha olvidado, que muere de felicidad con los besos y caricias de mi chochera, de mi pata del alma, en cambio yo le dedico todas mis noches, la escribo, la describo, le pido y le doy explicaciones, son cartas de amor y desamor, cartas llenas de rencor y de cariño. Así como escribo cartas y no las pongo al correo, así, de la misma manera, hay días que no salgo de casa con la esperanza de recibir una carta, sólo una carta. ¿Y por qué espero?, si sé que nadie me escribirá. Quizás los sicólogos me dirán que sufro de complejo epistolario. A quién se le ocurre sentarse a esperar una carta sabiendo que no va a llegar nunca, y sin embargo espera... Ese es mi problema, mi dilema y mi lema. No sé, esa idea es como un gusanito que me recorre el cerebro sin descanso. Y entonces pienso ¿te das cuenta?, pienso, y mi vida es tan sólo un pensamiento que no tiene fin, que no tiene cuando acabar...»
Silencio. Entonces me detuve a escuchar las cruzadas conversaciones de los bebedores y fumadores que llenaban el viejo bar. Algunos hablaban de negocios, otros recordaban los días que trabajaban, otros discutían sobre el futuro, sobre la desocupación, también hablaban del amor y sus sinsabores, de los sabores de la venganza, otros matizaban temas que iban desde la filosofía del borracho hasta las próximas elecciones políticas. El Colombiano bebió de un tirón su cerveza y pidió otra. No, esta vez pidió dos cervezas Kölsch y grandes. Sus ojos de sapo se habían vuelto más turbios y su boca grande colgaba torcida hacia el lado derecho. El camarero calvo y alemán trajo las dos cervezas. El Colombiano me pidió que le acompañe en su viaje de visita a la casa de Baco. Observé como El Colombiano bebía con gusto, retenía el líquido en su boca, lo saboreaba al mismo tiempo que se enjuagaba los dientes o refrescaba el paladar y luego lo tragaba lentamente. Después dejó escapar un soberano eructo, un erupto o suspiro del alma. Mientras tanto yo le di varias vueltas al vaso entre mis manos antes de probar el ambarino líquido coronado de una gorra blanca, blanquísima. La cerveza estaba fría y más amarga que en otras oportunidades.
«¿Cómo llegué a Colonia?», trata de contestar El Colombiano. Sus ojos de sapo están cada vez más turbulentos y su boca de pez en tierra se tuerce aún más con la mueca que ensaya, parece una risa chueca, una risa del submundo de los sueños. «Llegué a Europa, o sea pues a Colonia, como todos, de paso, para olvidar, de pronto me di cuenta que el tiempo había pasado, que me había quedado, entonces podemos decir, como escribe tu paisano Alfredo Bryce Echenique, que soy un quedado...»
Otro silencio. De pronto los parlantes dejaron escuchar música en castellano. El reloj de cuerdas suspendido/ El teléfono desconectado/ En una mesa dos copas de vino/ y a la noche se le fue la mano... El Colombiano siguió con atención el texto y el ritmo de la canción. Repitió algunas frases. Se calló y volvió en silencio a escuchar, miró sonriente el movimiento de algunos bebedores, bailaban torpemente, como si palparan primero el suelo antes de dar uno u otro paso. Alguien ha dicho o ha escrito que la danza es la expresión vertical de deseos horizontales. Hay algo de eso en estos bailadores, pero más por lo que están borrachos y es difícil su estabilidad vertical. El Colombiano seguía moviendo los labios pero sin dejar salir ningún tono. Luego pidió fuego a una muchacha que fumaba pausadamente, mirando al cielo, entre pausa y pausa bebía cerveza, mientras hojeaba el Frankfurter Rundschau. Seguramente estaba a la espera de alguien, pues sus redondos ojos claros se cercioraban de la hora y se clavaban en la puerta cada vez que ésta se abría. Son esas esperas que desesperan, cuando los relojes se paran a una hora determinada y caen sus manecillas como lirios tronchados, como dos brazos sin vida.
«He aprendido a sobrevivir en Colonia, claro que muchas veces estuve a punto de tirarme de un puente al Rin, pero para esas cosas no tengo la necesaria valentía. Entre cerveza y cerveza me he ido quedando, la borrachera es mi exilio. No falta quien me dice: scheiß Ausländer, y quizás con razón, pues hasta a la hora de dormir soy "ein verdammter Ausländer"5, pero eso de scheiße que se lo digan a su abuelita. Y digo a la hora de dormir, pero en realidad no duermo, no puedo, no debo pues no quiero que la muerte me sorprenda en los brazos de Morfeo. Entonces mi huidizo corazón se interna en las sombras y esto me inquieta, me hace perder la calma y dormir es ya sólo una quimera. Hay noches que cierro mis ojos para escapar del mundo pequeño que me rodea, pero la luz de la vigilia me persigue. Desvelado me revuelco en la cama. En medio del silencio el golpeteo, implacable y sin pausa, del minutero del reloj parece perforar la penumbra de la noche. Tic-tac, tic-tac, tic-tac.
Sé de memoria cada rincón de mi habitación. En la oscuridad paso lista a todas las cosas que se amontonan en el estante y sobre la mesa. Hay noches que las paso sentado a la mesa escribiendo cartas y esperando que me llegue una carta, tan sólo una carta. En mi extravío escucho mi nombre pronunciado por el cartero. Corro, a medio vestir, escaleras abajo, pero es media noche. Por eso, cerveza tras cerveza en el Terra Nostra, adormezco mi vida, mis sentidos, espanto mis fantasmas. Para mantener mi humanidad, necesito cerveza, cerveza y más cerveza, acompañado, por supuesto, de su Blanca Nieves, coca pura, purísima por la gracia de Dios. Una cerveza, dos cervezas, un gramo de Blanca Nieves, otra cerveza y otro gramo me llevan a viajar por mi universo, mi único mundo donde todo es posible.»
La música en castellano seguía escuchándose, era alegre, movida. Agua dulce, agua salada, por agua viene y por agua se va, me quita la vida, me quita y me da... El Colombiano tamborileaba la mesa con los dedos dándole ritmo a la canción que cantaba. Tenía los ojos de sapo inyectados de sangre. Me recordaban la rojez de los bosques otoñales o esa línea rojiza de árboles a lo largo de la avenida Universitaria. Puso a un costado los vasos vacíos, me pareció que los contaba. Entre los cristales vi sus dedos deformados, multiplicados. La alegría serena de su rostro de pez se había trocado, repentinamente, en una dura expresión de tristeza, y la soledad se manifestaba en la turbulencia enrojecida de sus ojos de sapo. De El Colombiano solían decir que borracho iba cantando todas sus frustraciones por las calles de Colonia: Quien fuera brisa / Quien fuera bruma / Quien fuera llanto / Quien fuera flor...


«Sólo se caen los que saben llegar a las alturas...» —me dijo una vez El Colombiano.
Cuando las primeras luces del día empezaban a borrar las sombras de la noche, llegaba a su casa, solo, borracho, perdido en su mundo. Desde la ventana contemplaba las calles aún vacías y silenciosas. Pensaba, soñaba con los ojos abiertos. Se metía en la cama y, poco a poco, un delicioso sopor lo rendía en los brazos de Morfeo o quién sabe en los brazos de su amor perdido, pero había algo interno que lo obligaba a mantenerse despierto, era quizás el temor de encontrarse con la muerte mientras dormía.
«En muchas ocasiones, aquellas veces que he podido dormir tan sólo unos minutos, pesadillas turbulentas han interrumpido mi ansiado descanso. Las cortinas en ondas voluptuosas abrazaban a las ventanas devolviéndole toda la claridad a mis ojos. Las flores en los maceteros crecían hasta desbordar los límites de la habitación y lo enredaban en una maraña de ramas y hojas. Las cosas adquirían vida y se movían veloces del estante a la mesa, de la mesa a la silla y de la silla al piso. La cama convertida en un caudaloso río me arrastraba furiosamente y me arrojaba por la ventana. Antes de estrellarme sobre la calle, una fuerza invisible me levantaba como a una hoja de papel y me dejaba caer con suavidad sobre el piso de mi habitación. Al despertarme, sobresaltado miraba la inmóvil presencia de las cortinas, de las cosas y la cama dura. Y así, muchas veces, me sorprendía el bullicio del nuevo día...»

Aquella mañana, en que había quedado encontrarse con Rosalía, desde muy temprano estaba ya despierto. Escuchó los pasos apresurados de alguien que abandonaba el edificio. Su reloj marcaba las siete de la mañana. Sólo media hora había logrado dormir. Fueron sueños tranquilos. Afuera en la calle persistía la lluvia que había empezado el día anterior. El cielo se había roto y por ese agujero se escapaba el agua sin piedad. Una de sus vecinas tarareaba bajo la ducha una canción carnavalesca, de ritmo alegre y contagioso, mientras su marido renegaba en el garaje porque su auto viejo no se ponía en marcha. Al frente, en el otro edificio, un gato ronroneaba alrededor del cuello de su hermosa dueña. Una pareja de ancianos, bajo un paraguas extendido, realizaban, con su perro, el acostumbrado paseo mañanero. Hasta su ventana llegaron dos parejas de palomas, dieron unos cuantos saltos y volvieron a irse.
«Alemania es un país envejecido, repleto de viejos inútiles. La falta de niños es una enfermedad crónica y el exceso de perros y gatos, que viven mejor que la gente de nuestros países, se agudiza. Tercer Mundo le llaman, ¿acaso nuestra pobreza viene de otra galaxia.»
Así pensaba El Colombiano. Tomó un largo trago de un líquido transparente que navegaba en una botella, lo retuvo en la boca unos segundos y luego lo tragó rápidamente, casi con ansiedad, desesperación...
«¡A esto se le llama pisco, carajo, y no a esas pendejadas que nos venden en el Petit Prince!»
El repiqueteo incesante del teléfono en el pasillo interrumpió su monólogo. Era Rosalía y le dijo a El Colombiano que no podía pasar por su casa. Se acumuló el silencio y sin esperar ninguna explicación colgó el fono. Alzando los hombros se alejó del aparato.
«Amo democráticamente, por igual, tanto a las mujeres como al alcohol en dosis abundantes y sin límites, de una manera apocalíptica y licenciosa. La cerveza no sufre de síndromes premenstruales ni tiene la regla, no se queja de dolores de cabeza y nunca está cansada. Sólo la pureza virginal de la Blanca Nieves se pone cada vez más difícil, más cara y más necesaria. Me bastan dos o tres o cuatro aspiradas de Blanca Nieves para ponerme a invernar como una boa acariciada por mil hadas.»
Como resultado de sus lecturas literarias El Colombiano había desarrollado una vasta cultura y una filosofía para su propia vida o «para el hundimiento de su vida», como él decía.
Rosalía era una mujer que redondeaba los cincuenta años, de piel canela, cabellos negros, negrísimos y de formas que empezaban también a redondear. Era todo un torrente de alegría, de sencillez y con un profundo miedo a morir en Alemania. «Quiero morir en mi tierra», decía. En sus ojos, también negros como un inmenso mar de sombras, brillaba la ternura. En su cintura de mujer madura se abrazaba la belleza con una impetuosa femineidad. Cuando la conocí no supe si llamarla mariposa, muñeca de porcelana o animal hermoso. La envidia y los celos transitaron sin freno en mi alma. «Estos locos tienen suerte», pensé. El Colombiano, presintiendo o leyendo en mis ojos atrevidas intenciones, me dijo:
«No me manosees la fruta con tus sucios pensamientos.»
Sonreí. Rosalía arregló rápidamente la habitación. De cuando en cuando rezongaba contra el desorden y el descuido de Jacinto, El Colombiano.
«No sé», me explicó una vez Rosalía, «si quiero a Jacinto o sólo es compasión, solidaridad para sacarlo del infierno en que ha caído.»
¿Avizoraba ella el final de un adicto al licor y a la droga?
En silencio miró hacia la calle... Llovía y una fría ventolera bailaba sobre la oscura tristeza de la ciudad.

 
«¿Cuánto tiempo hace que no me llega una carta? No sueño recibiendo cartas porque no duermo, pero pienso, vivo con la esperanza de recibir una, una sola carta. Yo sé que nunca llegará y sin embargo la espero. Parece una cosa de locos, ¿no? Cuántas veces he bajado corriendo las escaleras para ver si la carta que tanto espero ya está en el casillero. Tantas veces he bajado agitado por la ilusión y han sido tantas veces que he subido hasta mi habitación con las manos vacías, con el alma hecha un nudo. ¿Sabes por qué espero una carta? Porque eso me hace recordar que aún me tiene presente. Es como hacerle misa a un difunto cada año, eso reconforta el espíritu de los parientes y el difunto vive, vive en el recuerdo de todos. Cuando veo en las calles a un cartero con su bolsa llena de correspondencia, me entran unos deseos locos de correr y preguntarle si tiene una carta para mí. Me hierve la sangre de rencor al ver la dicha de quien recibe una carta, una postal.»
El rostro de Jacinto, El Colombiano, no revelaba su verdadera edad, parecía no envejecer. «El alcohol conserva», decía batiendo una amplia sonrisa. Su andar ligeramente disparejo acentuaba sus movimientos de borracho consuetudinario. Soñaba con una carta, así como se sueña ser correspondido por un amor imposible. Alguna vez recibió cartas de su madre contándole de sus dolores de cabeza, de sus reumas deformándole las extremidades, de esas pequeñas flores de alegría y de la inmensa pena que le causaba la lejanía de los hijos tan queridos. También recordaba haber recibido una carta de Juan José, su hermano menor, reseñando aquellos años mozos y sus ciertas cuitas de amor con aquella muchacha que, sentada en la puerta de su casa, soñaba con su príncipe azul leyendo fotonovelas Corin Tellado. Entre sus cosas había una foto y las cartas de una muchacha que conoció alguna vez, que la dejó preñada de esperanzas.
El Colombiano tomó un largo sorbo de Maibier. Respiró profundamente, se arregló el pelo con una mano y, luego de una breve pausa, habló de pronto con un tono amargado.
«Los amigos están contigo cuando te necesitan, cuando saben que tienes dinero, pero a nadie le interesa nuestra soledad por estas inmensas avenidas atravesadas de autos y gentes sin rostros arrastrando perros que se cagan en los jardines y se mean en los árboles y en los postes. De la mujer que tanto amaba, que tanto me jodía con sus celos, y vive ahora con mi mejor amigo, sólo me queda una herida, un recuerdo malherido, molestoso, como un coitus interruptus... ¿Sabes?, me gustan los cementerios de Colonia porque son lugares tranquilos y, más que cementerios, parecen ser los jardines de los muertos. Y cuando voy al centro de la ciudad, me paro en una esquina para ver pasar a la gente, sobre todo a las mujeres. El sexo, más que un tabú, es una cuestión infinita. Los Sex Shops no me gustan, porque hay mejores cosas para masturbarse. Anda a la Schildergasse y mira los escaparates de ropa interior femenina. ¿No? ¿No los has visto? Oye, qué tal si vamos un sábado en la noche a putear en la ciudad vieja. Mira viejo, a los alemanes les falta humor y gracia para disfrutar la vida. Y no hay peor animal que un latinoamericano alemanizado. Ponerle ritmo y sabor de salsa al Sauerkraut debería ser la tarea de todo latinoamericano. Si no estás contento, me dicen, ¿por qué no te vas a tu país? Ya estoy viejo para semejante aventura, contesto. ¿Pretextos?, claro que son pretextos. Aquí estoy jodido, pero allá en mi país estaría peor... Sí, estaría peor. No sé cómo, pero estaría peor.»
El verano había empezado.
En esta corta estación la ciudad de Colonia, como todas las ciudades alemanas, cambia de fisonomía, parece otra, hasta el idioma adquiere rasgos más diáfanos y notas sonoras. El sol desde temprano pinta de color alegre los techos cenicientos de las casas. Las muchachas muestran toda su venerable belleza al desempacarse de sus gruesos atuendos invernales. En los verdes parques mítines de senos erectos apuntan amenazantes al sol. Un fantasma erótico recorre la ciudad. Ríen las casas con sus ventanas abiertas. Alegría fugaz, guiño de estrellas, porque rápido llega el invierno con su tristeza fría y su manto blanco. La gente se refugia en la caparazón de sus habitaciones y ni las almas se pasean por las calles grises. Se cierran las puertas y las ventanas. Los corazones se envuelven otra vez en el aliento frío de la melancolía. El frío, la lluvia, la nieve y el desconsuelo inician su reinado...
En la pequeña habitación de Jacinto, El Colombiano, el desorden parecía continuarse hasta el infinito. En el Stereo-Anlage AIWA sonaba alegre el merengue «a pedir su mano» de Juan Luis Guerra. El CD terminó y El Colombiano habló otra vez.
«El silencio nos recuerda que en tierras extrañas la soledad es inmensa como la distancia. Por eso será que partir es morir un poco. La vida me ha dado más palos que satisfacciones. El diploma de ingeniero y los poemas que solía escribir se lo regalé a mi madre, con mi padre solíamos hablar de hombre a hombre, o sea, como dos animales aplastados por el destino. Cuando partí les dije adiós a mis perros, a los gatos, a mis discos, a mis libros y me fui de noche, como escapándome, como avergonzado de mi destino, de mi vida. Por eso bebo, para cambiar de canal, para buscar la chispa de la vida, esto no es un comercial, entonces vuelvo al Petit Prince a bailar y a beber, vuelvo al Cactus, al Salsa, porque se vive y se bebe sólo una vez. Imagínate, te mueres y con eso se acaba todo, te mueres y nunca más vuelves a la vida ni a la bebida, nunca más. Por eso hay que morir de gozo en esta vida y si después San Pedro no nos recibe en el cielo ya no importa. ¿No sé si conoces la historia del pelao, ese más pendejo que Jaimito? Dicen que un pelao murió y se fue al cielo. Después de un par de meses de puro rezo, paz, silencio y la güevonada esa de la castidad, sintió curiosidad por conocer el infierno. Pidió una audiencia con Dios y le planteó el asunto. Dios como siempre no se hizo el del culo estrecho y le dijo que cuando quisiera le podía sacar una visa para ir al infierno. Sin tanto trámite, o sea, pucha, más facil que salir de Cuba para Miami, le sellaron su salida rumbo al infierno. Llegando al infierno el mismo Diablo lo recibió y le mostró el vacilón: Puteríos con mujeres más chéveres que en los Sex-schop, salsódromos y trago hasta decir basta, o sea pues, la vida entera ahí en el averno. Entonces, sin querer queriendo, le preguntó al Diablo la posibilidad de poder quedarse a vivir, porque la estadía en el cielo era más aburrida que en Alemania después del carnaval. El Diablo le explicó que toda la gente que quiera es bienvenida, con excepción de Carlos Marx, pues no quería tener problemas con sindicatos ni organizaciones que quieran arrebatarle el poder. Yo de política, never, contestó el pelao, mi política es el vacilón y punto, nada que ver con proletarios ni sindicatos. Regresó al cielo y sin esperar ni un minuto solicitó una visa de residente en el infierno. Dios le firmó todos los documentos y el pelao, feliz por su buena estrella, partió al infierno. Apenas llegó al averno lo encadenaron, lo torturaron, lo violaron y lo metieron a las calderas de Pero Botero. Pidió hablar con el Diablo y después de tanto chongo y pataleo vino el Diablo y le preguntó si tenía algún problema. Se quejó ante el Jefe Supremo del infierno de todas las maldades a que lo habían sometido sus súbditos y dónde diablos estaban las jermitas chéveres, las fiestas, todo el achore. Ah, le dijo el Diablo, una cosa es el turismo y otra la migración.
Luego de reírnos como dos niños, se produjo una larga pausa.
«Quizás hoy día reciba una carta y entonces, si eso sucede, con todo gusto podría besar al primer hombre que se cruce en mi camino. Podría ser que la carta llegó mientras me emborrachaba en el Petit Prince», dijo El Colombiano y se encaminó hacia el casillero postal soltando una chispa de coquetería. Mientras bajaba las escaleras pensó que la vida ya no tendrá color de hormiga ni el sabor salado de una lágrima. Pero abrió y buscó con la mano todos los rincones del casillero y no encontró nada. «Secuestran gente y también cartas», había escuchado. Con una mirada desesperada espulgó milímetro a milímetro todo el volumen del pequeño buzón. No había nada. Nada. «¿Quién podría secuestrar mis cartas?...»
Volvió a mirar en el casillero, pero no había realmente nada. Entonces, dispuesto a esperar al cartero, apoyó el cuerpo y una pierna doblada sobre la pared. La espera empezó a estirarse, las horas se dilataban dolorosamente. Las manecillas de los relojes parecían haberse detenido señalando un punto fijo, daban la impresión que no se movían, eternamente quietas. Al fin las piernas se le fueron doblando de cansancio y se sentó en el pasillo frío con una corazonada agria entre pecho y espalda. Con el dedo índice, para no aburrirse y tener un pretexto para no mirar ese extraño marcador del tiempo, intentó hacer figuras geométricas en el piso polvoriento. Un suave desvanecimiento, como una tierna caricia, comenzó a elevarlo a un mundo de pesado silencio y oscuras sensaciones. Todo se fue tornando en sombras grises y negras, dejó caer la cabeza sobre un hombro y se quedó dormido.
Dejándolo disfrutar de sus sueños abandoné el plomizo edificio.
El cartero llegó a la hora de costumbre y al verlo dormido en el suelo, dijo: «Estará borracho.» Algunos vecinos ni siquiera lo miraron o no lo vieron, por lo tanto, no pensaron ni dijeron nada. Otros pasaron presurosos hasta sus casilleros sin importarles nada más. «En la ciudades grandes», me había dicho alguna vez, «los vecinos casi ni se conocen, se miran con temor y tan sólo se saludan cuando es necesario. Sólo en los días del carnaval la luz de la alegría salpica las nubes oscuras del temor, entonces hablan, ríen y saltan por las calles bajo el disfraz de payasos multicolores o seres extraídos de una fantástica fauna. Pasado luego el efecto del alcohol y la fiesta, todo, todo vuelve a la calma absoluta.»
Nadie se ocupó de Jacinto y sus sueños. Con la cabeza doblada sobre el hombro derecho dormía plácidamente. A nadie le importó ver a un hombre durmiendo ahí en ese pasillo semioscuro. ¿Quién era Jacinto Romero, más conocido como El Colombiano? Nadie. Un don Nadie y para el colmo de los colmos, era extranjero desde la yema de sus huesos hasta la punta roma de sus cabellos. Ahora, en la penumbra de un viejo edificio en la ciudad alemana de Colonia, ¿dormía soñando acaso con la carta que tanto esperaba? Nadie quiso fijarse en Jacinto y en las moscas que le sobrevolaban rumorosas. Tampoco el cartero que al verlo en la misma posición del día anterior, diciendo: «Ya se despertará», se marchó a cumplir con su tarea de repartir los mensajes de paz y de guerra que se apretujaban en su bolsa. Pero El Colombiano no se despertó como había pronosticado, con buenas intenciones, el empleado de correos y telecomunicaciones.
Una corriente de viento que se arrastraba por el pasillo abría y cerraba con violencia las pequeñas puertecillas de algunos casilleros postales. Como palomas en sus tibios nidos descansaban las cartas amenazando salir volando en cualquier momento. Una mosca insolente entraba y salía en las fosas nasales de El Colombiano. Otra recorría tranquila los meandros de su oreja izquierda. Algunas se detenían sobre la comisura de los labios de El Colombiano para divagar sobre la inmortalidad de los mosquitos. La camisa blanca de El Colombiano se había convertido en un panal de miel invadida por las moscas. Se habían cagado ya tantas veces sobre el rostro pálido de El Colombiano que sus mejillas semejaban un plátano maduro. Sus manos crispadas y aferradas en el suelo no intentaban levantarse y manotear a las moscas. Su rostro aún fresco sonreía con una dicha inmensa y el zumbido de las moscas crecía y crecía a cada instante mientras El Colombiano dormía, dormía, dormía sin darse cuenta que las moscas lo estaban devorando.
Rosalía ingresó apresurada al edificio y extrañada vio a El Colombiano sentado sobre el suelo sucio y penumbroso del pasillo.
¡Hey, Jacinto...! ¿Qué haces ahí? ¡Levántate...!
Con la mejor sonrisa de sus audaces labios se fue acercando, pero El Colombiano no hizo el menor esfuerzo de moverse. De uno de los casilleros postales, como una bandada de aves asustadas, volaron las cartas que se habían acumulado durante los últimos días.
¡Jacinto, levántate hombre...! le regañó Rosalía en tono amoroso y sacudiéndole del hombro... ¡Jacintooo... leván...! la frase se ahogó en su garganta y se derrumbó en el hueco oscuro que se abrió en torno suyo. Unos segundos después volvió una luz mortecina y se desbordó el lago negro de sus ojos. Sus gritos desesperados desconcertaron a los truenos de la tormentosa tarde.
¡Jacinto...! ¿Por qué...? ¿Por qué...? ¡Levántate por amooor...!

Enormes moscas salían azuleando desde la boca entreabierta de Jacinto.


1 mierda
2 extranjero de mierda.
3 Cálmese amiguito.
4 ¿Cálmate?
5 un extranjero maldito

Las sirenas de Huanchaco


El balneario de Huanchaco (La Libertad - Perú)

El sol abrumador caía punteagudo sobre las arenas negruzcas de la playa de Huanchaco, un balneario en el norte peruano. La mujer con sombrero de paja y llamativo bikini moldeando sus formas firmes y exquisitas, sorbía lentamente, mirando el mar azul, el refresco de chicha. Su acompañante, un anciano con una pronunciada calvicie, hizo un gesto como queriendo ahuyentar el calor con las manos. Romy, ahora si ya puedo morir contento sabiendo que eres la protagonista de Retrato de grupo con dama. Romy, halagada, sonrió levemente. Heinrich, ¿sabes?, tu novela es extraordinaria. Otra mujer de piel cobriza, muy hermosa, de ojos verdes tras unas gafas oscuras, que bebía un pisco sour frente a ellos, clavó la mirada en la pareja que hablaba con un acento inequívocamente extranjero.
Romy Schneider, luego de una ardua temporada de rodaje, decidió sumergirse de vacaciones en un lugar tranquilo y desconocido. Así llegó a Huanchaco, donde se encontró casualmente con el escritor Heinrich Böll, quien había llegado a este hermoso balneario, después de participar en el Congreso Latinoamericano de Estudios Germanistas, con el afán de probar el mítico y afamado cebiche peruano. ¿Cómo, sea beach?, indagó la actriz. Verás, se trata de un plato preparado en base a pescado crudo marinado en jugo de limón. Justamente los marinos ingleses que llegaban a un puerto peruano solían degustar este plato típico al que ellos le llamaban Sea Beach, pescado en la playa. Ach so, asintió ella.
Disculpen, les dijo la mujer hermosa de ojos verdes y gafas oscuras, les invito, si no tienen ningún otro compromiso, mañana al mediodía a probar uno de los mejores cebiches de la región. En aquella casa, al final de la playa, vivo con mis hermanas, los esperamos, será un gran honor tenerlos como huéspedes. Anonadados por la belleza de la mujer, Romy y Heinrich aceptaron sin pensarlo. Hasta mañana, les sonrió. Y se alejó con pasos y movimientos de cadera que hicieron suspirar al escritor alemán y a ruborizarse con una pizca de envidia a la famosa artista del celuloide.

Heinrich Böll y Romy Schneider

A las doce en punto, como buenos alemanes, llegaron Romy y Heinrich a la dirección que la desconocida les indicara. Era una casa señorial. Grande. Dos pisos. Balcones de madera labrada y ventanas con diseños alusivos al mar. Tocaron a la puerta a cuya acción se abrió lentamente. Apareció la estatua de Neptuno presidiendo un recinto claro con mesas y sillas simulando los lomos de diversas especies marinas. Las paredes se adornaban con pinturas mostrando heroicas luchas de navegantes y mitológicos seres marítimos. El suelo tapizado con redes de pescar, conchas, moluscos y vistosas fracciones de corales. El ambiente era fresco y con intenso olor a pescado.
Bienvenidos, les sorpendió el coro de voces que provenía desde el fondo de la sala. Eran seis hermosas mujeres, todas iguales, endiabladamente idénticas. Les invitaron a sentarse y ellos obedecieron en silencio. Una suave musiquita, como si viniera desde el mar, empezó a flotar. La mesa estaba servida y las mujeres empezaron a ocupar sus emplazamientos. Voluptuosamente ingresó una foca con una garrafa de chicha de jora bamboleando sobre el hocico. Con admirable maestría depositó la vasija sobre la mesa, luego se acomodó a un costado de la mesa. En una bandeja estaba el cebiche. Mientras una de las anfitrionas empezó a servir en lujosa porcelana, otra se dedicó a contar la historia del plato más acariciado de la cocina peruana.
No existe una receta única, dijo, y sobre su nombre hay mucha discusión. Unos afirman que proviene de pescado encebollado con limón, de la conjunción de estos vocablos surge el encebichado que se fue abreviando como cebiche. El historiador Juan José Vega argumentó que provenía de la palabra árabe sibech, comida ácida, potaje que preparaban las mujeres moriscas en Granada, esclavas de los Reyes Católicos, agregando zumo de naranjas agrias, y en el Perú, al llegar junto con los conquistadores que también trajeron los limones, pusieron jugo de limón al pescado crudo con ají y algas que preparaban los antiguos peruanos. Algunos investigadores dicen que el limón es de origen árabe, otros afirman que es originario de África. Javier Pulgar Vidal asevera que el nombre de Seviche es muy antiguo y viene de la palabra quechua Siwichi, que quiere decir pescado fresco, pescado tierno. Sea cualquiera la procedencia o la forma de llamarlo, lo cierto es que todos están de acuerdo que es un plato suculento, aromático, sabroso, chispeante, vigorizante y peruano.


Romy Schneider no se atrevía a probar bocado, en cambio Heinrich Böll, saboreando y sintiendo el ardor del ají en la boca terminó el plato. El escritor estaba ya embalado y animaba a la actriz a deleitarse con esa delicia divina. Las hermanas rieron agradecidas. Romy observaba los pedazos menudos de pescado y camarones empapados en el lechoso zumo de limón, las cebollas cortadas como láminas delgadas y la rojez ardiente del ají. ¿Tiene sal?, preguntó Romy. Si, y se la deja macerar una media hora por la acción cáustica del zumo de limón. Romy Schneider empezó a comer. Sintió la pegada del ají en el paladar. Se vió obligada a beber chicha en forma desbocada. Luego volvió el tenedor al plato y apuró, sin cesar, los trozos de pescado, los pedacitos de ají. Ambos pidieron más cebiche y más chicha.
Sin duda, continuó, el cebiche se ha convertido en el plato emblemático de la gastronomía peruana en el ámbito internacional, como las hamburguesas del McDonald, la pizza italiana, el chucrut o sauerkraut de ustedes, los alemanes, o la paella española. Pero no siempre fue así, por mucho tiempo las clases altas lo trataron con desprecio. En esos tiempos sólo lo preparaban los pescadores, negros, zambios, indios y mestizos con bonito, un pescado con fuerte sabor oleaginoso. Además una copa de leche de tigre, jugo producido por los ingredientes del cebiche, levanta muertos e induce a placenteras sesiones de amor increíbles. Heinrich Böll se volvió a ella y le cerró los labios con un beso prolongado.
En verdad, dijo Heinrich Böll, hemos comido y bebido como dioses, y hemos conocido la fantástica historia del cebiche, pero ante todo, hemos sido testigos de una fusión indescriptible de aromas, colores y sabores, capaces de desatar las más inesperadas pasiones. No logró seguir hablando pues de pronto el mundo comenzó a desmoronarse. El ruido escandaloso de las aves marinas y la mar reventando su oleaje en las paredes del caserón los envolvió. Abrazó a Romy en un afán de protegerla, pero en realidad él buscó protección en el pecho de ella. Las seis bellas sirenas, de senos suculentos y poderosas colas de pescado, los acomodaban en una especie de coche tirado por bravos delfines.
Romy Schneider y Heinrich Böll se despertaron casi al anochecer, varados en la playa, ateridos por el frío y cansados, como si hubieran navegado semanas enteras. De la casa y las sirenas no habían ni rastro. A duras penas se incorporaron y empezaron a caminar rumbo al hotel. Tartamudeando le dijo a Romy que el cebiche, es delicioso, y las sirenas lo inventaron no sólo para atrapar a los marineros que se adentran en alta mar, sino también para atrapar a los turistas. En hora buena, Heinrich, ahora ya no podré leer tus novelas sin probar antes un plato de cebiche.