Freitag, 5. August 2011

Un pez en el ojo de la noche o el exilio intertextual de Walter Lingán / Mario Suárez Simich

La abundante producción de textos en la narrativa peruana actual exige, de parte de la crítica, nuevas propuestas para elaborar una clasificación de tipo académica. Uno de los criterios a tener en cuenta en esta clasificación es la producción de los narradores peruanos que viven en el extranjero y que constituyen en la actualidad un número considerable. Identificar qué tipo de discurso construyen o qué perspectiva les da distancia en relación con los textos que se escriben en el país puede resultar interesante.
Este es el caso de Walter Lingán, quien reside en Alemania hace más de 25 años. Ya en su libro de cuentos, Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora (Bonn, 2005, edición bilingüe) los textos de Lingán se inclinan hacia una narrativa que en un primer momento puede parecer de corte fantástico o tributaria del surrealismo y que sin embargo, no se aleja de la realidad inmediata del Perú. Subyace en estos cuentos un discurso sobre la violencia que sortea el realismo para ofrecer el fenómeno desde una visión diferente.
Ahora, en la novela Un pez en el ojo de la noche (Lima, 2009, Grupo Editorial Arteidea), sobre las bases narrativa de éste libro de cuentos, Lingán construye una historia más ambiciosa e integra a ella nuevos elementos que permiten identificar en el texto aquellos que lo singularizan como un escritor peruano en el exilio.
Ya el personaje-narrador de la novela, el aspirante a escritor Ernest, es por filiación, hijo de padre peruano y madre alemana. Pero esta filiación no es otra cosa que la metáfora de un mestizaje cultural. Ernest se convierte así en la puerta desde donde el autor elabora un trabajo de intertextualización entre la cultura alemana y la hispanoamericana que dialogan entre sí. Esta “dualidad” permite al narrador -desde un largo racconto- reflexionar desde una visión global, sobre la reunificación de Alemania, el neonazismo, el gobierno de Fujimori o la influencia de las editoriales transnacionales respecto a la literatura hispanoamericana.
Todo esto desde dos planos bien diferenciados, el plano de la realidad al interior de la novela y otro de tipo fantástico, de estirpe más bien surrealista, que a la vez se van alimentando de forma mutua en la construcción de la trama: la relación sentimental de Ernest con Junia, una critico literaria de éxito, y el neofascismo encubierto en un grupo de escritores amigos de ambos.
El tipo de narrativa escogida por Walter Lingán para esta novela esta emparentada con la que hacen en el Perú algunos narradores de las últimas generaciones, casi todos ellos publicados por la editorial Estruendomudo. En ellos, al igual que en Lingán, existe la deliberada intención  de evadir el discurso realista tradicional creando a cambio un universo y atmósfera onírica donde la realidad-real se encuentra codificada de forma metafórica.
Pero lo que se codifica sobre estos universos, en ambos casos, es un discurso sobre la violencia; violencia que en la novela de Lingán está presente a ambos extremos de la dualidad de Ernest, y no es solo social, sino que invade  y contamina incluso el plano de relaciones afectivas como la amistad, las relaciones familiares o las de pareja.
Una trama escrita en ritmo de suspense, tejida con acierto y que atrapa al lector en el reto que plantea; una prosa limpia, sencilla y lúdica que busca globalizar el idioma, pero que a la vez se aleja de la estandarización comercial del español, hacen de Un pez en el ojo de noche una novela que puede servirnos de referente para calibrar la producción narrativa de los escritores peruanos residentes en otros países y asentados en otras realidades. Lo que podemos llamar, la narrativa peruana del exilio.

Das literarische Exil von Walter Lingan / Mario Suárez Simich



Die Erscheinungen von neuen peruanischen Erzählungen werden größer und sie erfordern den Kritiker neuen Maßstäben akademisch zu klassifizieren. Einer der Kriterien die zu berücksichtigen wäre, sind die Veröffentlichungen von peruanischen Schriftstellern die im Ausland leben, die heutzutage einer großen Zahl ausmacht, und zu identifizieren welche Gedankengang sie verfolgen oder welche Einfluss übt die Distanz auf die Texte die im Land geschrieben wird, aus. Die können sich als Interessant erweisen.
So ist der Fall von Walter Lingan, der im Deutschland seit über 25 Jahren lebt. In seinem Erzählungsband, „Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive“ (Bonn 2005, zweisprachige Ausgabe). Die Texte von Lingan sind auf den ersten Blick zu einer Phantasie erzählende Stile geneigt oder eine Bewunderung der Surrealismus. Aber trotzdem entfernen sie sich nicht von der unmittelbaren Wirklichkeit Perus. In diesen Erzählungen unterliegt dem Realismus die Betrachtung der Gewalt, um das Phänomen von anderer Sicht darzustellen.
Im Roman Ein Fisch im Auge der Nacht (Lima 2009, Verlag Gruppe Arteidea) Lingan gestaltet, auf Basis dem Stilart der o. g. Erzählungsbuch, eine ehrgeizigere Geschichte und integriert in ihr neue Elemente, die jene erlauben im Text zu identifizieren als ein peruanischer Schriftsteller im Exil.
Der Hauptprotagonist des Romas, Ernest, Aspirant zum Schriftsteller ist von Abstammung Sohn eines Peruaners und einer Deutsche. Aber dieser Abstammung ist nicht anders als eine Metapher einer kulturellen Kreuzung. Der Umstand, Ernest Abstammung, macht ihm als eine Art Übergang, wo der Autor die Intererzählungen und Dialoge zwischen der deutschen und lateinamerikanischen Kultur zu nutzen macht. Diese „Dualität" erlaubt dem Erzähler in einer globalen Sicht über die Wiedervereinigung Deutschlands, dem Neonazismus, Fujimoris Regierung oder dem Einfluss des transnationalen Verlags bezüglich der lateinamerikanischen Literatur, zu reflektieren.
Alles aus zwei gut differenzierten Ebenen, der Ebene der Wirklichkeit des Romans nach außen gerichtet und der andere Ebene voller Phantasie, ehr von surrealistischen Stamm, die gegenseitig in der Anlage des Romans sich bereichern. Die tiefe Beziehung von Ernest und Junia, eine Literaturkritikerin mit Erfolg und der verborgene Neofaschismus von einer befreundeten Schriftstellergruppe.
Der erzählende Stil, den Walter Lingan für seinem Roman wählte, ist mit denen der im Peru von vielen schriftstellern der letzten Generationen gang und gäbe. Fast alle Werke erscheinen in Estruendomudo Verlag. In ihnen und von Lingan Werkes, existiert die bewusste Absicht, die realistische traditionelle Betrachtung zu vermeiden, hingegen schafft man eine traumhafte Welt, wo die Wirklichkeit in kodierten Metaphern sich widerspiegeln.
Aber das, was über beiden Welten kodiert wird, ist eine Betrachtung von der Gewalt, Gewalt die im Roman von Lingan in beiden Enden der Dualität von Ernest zu finden sind. Und das ist nicht nur sozial sondern die überschreitet und sogar verführt die Gefühls- und Beziehungsebene wie Freundschaft, Familie und Liebe.
Das Tempo des Romans lässt einem in der Schwebe, treffend geschrieben und packt den Leser zugleich in der Herausforderung, die er entwirft. Eine saubere, einfache, glanzvolle und spielerische Prosa. Er versucht die Sprache zu globalisieren aber gleichzeitig entfernt sich von der wirtschaftliche Standardisierung des Spanischen macht von Ein Fische in dem Auge der Nacht ein Roman, der uns als Referenz dienen kann, um Publikationen von peruanischen Schriftstellern zu vergleichen, die im anderen Ländern leben und mit anderen Realitäten konfrontiert sind. So könnten wir die peruanische Erzählkunst des Exils nennen.

Algún día los ratones morderán mi sombra


Un día oscuro. Todo el santo día inmensamente solo. Nadie se asomó a mi puerta, a mi ventana. Las horas apagadas y la locura desvelándose en la oscuridad.
Casi toda la noche pensé en la muerte. Súbitamente, en la madrugada, un extraño impulso me arrastró hacia la ventana y me empujó al vacío. Desde la altura vi a mi cuerpo cayendo, volando en cámara lenta, luego mi cadáver tirado sobre la cinta negra de la calle. Me sorprendió su rostro intacto, pálido, ojeroso, agobiado por las penas, por los olvidos indecibles.
Una mujer vestida de negro fue la primera en abrir su puerta. Alzó la vista hacia mí y empezó a reír. Una risa estridente, mostrando una O casi desdentada. Con un fuerte ánimo a desdén. Al ver mi cadáver, con voz pesarosa, cargada de luto, inició una letanía que alguna vez escuché en mi niñez. Una canción que casi había olvidado. Yo quiero que a mí me entierren / Como a mis antepasados / En el fondo oscuro y fresco / De una vasija de barro…
Ahora estoy convencido que nadie vendrá a mi entierro. No habrá velorio, ni rezos, ni reparto de café y menos aún se reunirán frente a mi cadáver para contar chistes obscenos. Quemarán mi cuerpo obtuso, desquiciado y arrojarán las cenizas a la corriente de un río, al Rin en el mejor de los casos.
La mujer imperturbable seguía con su lánguida tonadita: Yo quiero que a mí me entierren / Como a mis antepasados / En el fondo oscuro y fresco / De una vasija de barro… Mi cadáver cada vez más triste, pesaroso, compungido y mustio, tuvo deseos de llorar su noche pero un nudo de luz se ahogó en su sombrío occidente dividido.
Desde mi ventana percibo ya el mal olor de mi carne putrefacta.

Relatos cortos


I.
El anciano, con mucha dificultad, marcó el número de teléfono de su hijo. Se escuchan los pasos que se acercan al aparato.
-¿Aló?...
-Aló, te llamo para comunicarte que estás desheredado.
-¿Estoy quéeeee?
-¡Que estás desheredado! Clamó el anciano.
-¿Ah, sí? Pero si no tienes nada que heredar.
-Claro que sí. Quería dejarte todos mis sueños.
-Tus sueños no me sirven de nada, tengo mis propios sueños. Le contestó el muchacho.
El viejo molesto colgó y salió de su habitación. Se dirigía al WC cuando se cruzó con su hijo que se aprestaba a colgar el auricular.

II.
Soñaba con la más amplia libertad. Remontar valles y montañas. Cruzar los mares, o sea, volar sin fronteras. Una mañana se despertó optimista, se acercó al balcón y convertida en paloma se echó a volar, pero se olvidó considerar que los cazadores poseían una endiablada puntería.

III.
La muchachita asomó su rostro por la ventana. El chico le pidió que saliera para que vayan a desenredar los colores del arco iris más allá de los cerros. La muchachita vino y se colocó a su lado. Se percataron de la fiereza del sol, el calor flameaba sobre sus cabezas.
-Oye, le dijo, mejor vamos a jugar a la guerra popular.
-Ya pues, contestó, alzó los hombros y la siguió.

IV.
Muchos discuten los derechos de la creación de la vida en el planeta. Pero nadie podrá discutir que cada día entre sueños te voy creando y recreando. Por eso cada vez apareces más hermosa.

V.
Los sueños de un pez

Esta historia la contaba mi padre.

El pez soñó con una laguna de agua azulverdosa. La laguna, desde su altura, vigilaba la vida de la ciudad que se erigía bajo unos cerros de crestas coloradas. Si el pez se movía, la laguna se rebalsaba, volcaba los cerros y la ciudad desaparecía.
Al despertar, el pez tuvo miedo de moverse, entonces siguió durmiendo.


Dienstag, 26. Juli 2011

La danza literaria de Walter Lingán / Julio Mendívil

Comentario sobre La danza de la viuda negra, libro de cuentos de Walter Lingán.

Fondo Editorial de Comas, Lima, 2001


Entre los textos de La danza de la viuda negra –el último libro de Walter Lingán- y su sugestiva carátula tal vez no exista más nexo que el de la encuadernación, pues si los cuentos parecen acercarse a esa -casi diría- hoy conservadora tradición del indigenismo posterior a Arguedas, la elección del diseño da cuenta de una actitud más desparpajada frente al público que la de los militantes del costumbrismo tardío. Quizás no sea casual esa supuesta incongruencia y sospecho que esconde un mensaje más profundo: que en estos textos escritos en los ochenta se filtra constantemente la personalidad de un Lingán actual, ubicado más allá de esas verdades de antaño.

El libro regresa aparentemente a propuestas literarias hoy por hoy anacrónicas como el uso del «yo omnisciente» como técnica narrativa, una técnica literaria desautorizada por la crítica a principios del siglo XX. Incluso en aquellos relatos en que Lingán se decide por otra perspectiva autorial, el «yo omnisciente» surge y se apodera de la escena, como si sólo el «yo» ratificara el carácter testimonial que pretenden las historias.

Pero Walter Lingán no es un pasadista ni su meta es una literatura indigenista tardía, aunque algunos de sus textos no puedan ocultar sus deudas con Ciro Alegría, Arguedas o Manuel Scorza. Pero más allá de dichas deudas, Walter Lingán ha preferido el eclecticismo y la sonrisa irónica del que no se ajusta a ninguna regla para construir sus mundos narrativos. Por eso estos cuentos no deben ser entendidos como un conjunto unitario ni uniforme, como lo afirma Kapsoli, su prologuista, sino como un collage de temas e intenciones trasformados por una mirada actual que determina la lectura al igual que las anotaciones al borde de la página en un manuscrito.

Lingán se acerca a sus paradigmas no sólo en las técnicas literarias; lo hace también en su actitud política, por lo que profesa una pluma «combativa», en el sentido que le daba la izquierda a esa palabra. Pero sus cuentos reflejan mejor la pertenencia a un género –el de la literatura comprometida- que la realidad de la sierra andina norteña, en la que se suceden las historias, logrando crear así una realidad ficcional «convincente» como, por ejemplo, al llevar la guerra sucia ayacuchana a San Miguel en cuentos como «Hay que detener al diablo» o «Pacha Tikra».

Walter Lingán es por lo demás un amante de la palabra, sus textos son prolijos, abundan en giros idiomáticos regionales, en juegos de palabras, en citas de canciones populares, en chistes y modismos locales; a veces esa divagación excesiva de la palabra resiente en algo la estructura de sus cuentos para un lector no acostumbrado a los juegos infinitos de la oralidad; parece, en cambio, lograr simpatías entre quienes se reconocen en sus laberintos lingüísticos, en la chispa y en ese uso provocador de la morbosidad a que recurre constantemente y con evidente destreza.

Pienso que en dichas facultades radican las posibilidades narrativas de Lingán. Así lo demuestran los dos primeros cuentos del libro —«Motori» y «La danza de la viuda negra»— en los que muestra todas sus dotes de creador irreverente, imaginativo, ameno e innovador, además de una capacidad particular para crear historias desaforadas, mas estructuradas con un claro sentido narrativo.

Vale referirse escuetamente a los personajes de Lingán, éstos también podrían corresponder en alguna medida a los prototipos del indigenismo, pero rehúsan ser meras copias de un Rosendo Maqui o de un Rendón Wilka y rebasan sus arquetipos en una especie de reacomodo conceptual como en el caso de Motori, ese psicópata que rompe las normas de conducta de su comunidad hasta llegar a la aberración sexual sin dejar de cautivar a los lectores.

La danza de la viuda negra es, en conclusión, un libro que muestra que la literatura llamada regionalista puede burlar los estrechos cercos de la repetición y ajustarse a nuevos tiempos y nuevas búsquedas, que busca asimismo, en la restauración de un universo ficcional rural, una alternativa –aún incipiente, pero alternativa al fin- a esas plumas que han hecho de lo citadino limeño un frágil remedo de los vientos nihilistas latinos que encandilan a Occidente en las grandes metrópolis.

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Ciberayllu - ISSN: 1527-9774
http://www.andes.missouri.edu/andes/Breviario/JM_ViudaNegra.html

Los fantasmas persiguen la sed de mis sandalias


La casa, plantada en el centro de un páramo infinito, es un inmueble de corredores luminosos y salones gigantescos. Una monstruosa edificación carente de muebles, sólo un blanco sofá se destaca en la inmensidad. En este sofá deposito mi distraída esencia para contemplar en el viejo televisor los paisajes de un mundo que visito cuando no poseo tu mano, cuando me faltan tus esquinas y tus arcos, cuando no percibo tu voz ni me lame tu aliento. A veces, al abrir una puerta, descubro a esa muñeca de la canción, vestida de amarillo-verde tul y zapatitos blancos, sentada en el espejo que cuelga en la pared de uno de los pasillos. La luz de sus ojos celestiales azulea el piso de parqué y su risa, que sale de un estuche pegado a la espalda, se difunde en ondas pesadas, en fluidos alfileres que se clavan en mis oídos. Es un dolor insoportable. Me revuelco en el piso. Lloriqueo. Pienso en ti. Ruego a gritos que llegues, abras la puerta y seas mi salvación. No puedes imaginarte / lo que es pasar la tarde / esperando a que tú vengas / contemplando mi ventana / para ver si tu silueta / se dirige hacia mi puerta. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás...
No. Claro que no. Tú no sabes lo que es pasar el santo día viendo televisión o deambulando por las sinuosidades de esta casa sombría y no encontrarte en ninguno de sus recintos. Camino, hora tras hora, en un mundo hinchado de espanto. Abro y cierro puertas. Ando y desando pasillos vacíos. Subo y bajo extrañas escaleras. Me caigo, me levanto, recupero mi suavidad, una cierta aspereza. Cansado, muy cansado, me derramo y duermo rodeado de temibles arañas que laboran sin pausa en sus rincones más enlutados. Sus patas peludas me circundan, me acunan, me envuelven dulcemente con esos sus tibios telares de finísimas hebras. Sus fieros-nobles hociqueos quebrantan mis labios y mi rostro. Las heridas sangran imitando la grandeza del Amazonas, del Rhein, del Nilo. Entonces llega mi madre y, diciendo que las arañas me han besuqueado, coloca emplastos de telaraña quemada en las llagas y aplaca mis flujos de púrpura. Me da de beber “uña de gato” que cura toditos los males, incluso la corrupción oficial. Al despertar sigo el rastro de una tenue luz que alumbra el correteo de una hormiga roja. Alargo la mano y la aplasto. Su abdomen queda pegado en uno de mis dedos. Sacudo la mano y el abdomen, en restos minúsculos, vuela en todas las direcciones. Volutas de polvo caen al piso. Una vida hecha polvo. Sólo polvo. Otro soplo más retornando a sus orígenes. Mientras la rojiza cabeza, redimida del dolor, zigzageando, avanza hacia el escape que le ofrece la cristálica boca del ventanal. Aliviada de su peso marcha imperturbable a su encuentro con la muerte. Las paredes de la casa / tienen un color tan triste / sin la luz que tú les das / yo trato de consolarme / inventando mil pretextos / cuando sé que no vendrás. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás...
Intento volver a la sala para seguir viendo televisión, pero me vuelvo a extraviar en una laberíntica sucesión de pasadizos colosales, habitaciones que cambian de formas y colores. Busco una salida. Me desespero. Mi corazón es una campana colgada en mis costillares, redobla alborotada. En una de las esquinas aparece un perro. Se desplaza arrastrando la lengua. Me atalaya serio desde su brava altura y se detiene. Gira la cabeza. No sé si trata de morder su cola o busca algo entre sus patas. Luego ladra, aúlla. Sus roncos aullidos retumban en las paredes. Los muros rojos-verdes-azules se convulsionan, se deforman. Poco a poco se convierten en luces decadentes, lechozas, y el espacio va creciendo. Surgen girasoles que uno a uno, disciplinados, se ordenan en una hilera y sus sombras acortan la luz. Risueñas iguanas mastican ramas de marihuana que traen enredadas en sus patas. Sus mandíbulas escupen nubes negras. Vuela la oscuridad. Se oye el rumor de la lluvia, su goteo persistente en el tejado. El perro lametea mi mano. Su baba pastosa me da asco. Retrocedo, pero en realidad es el iracundo animal que se aleja hasta disiparse en la espesa bruma de sombras mortecinas. La lluvia me inunda en un creciente sonido de tambores y voces ensordecedoras: Ay de tanto andar pensando / Ay de tanto andar pensando / se me nubla la razón / se me nubla la razón /¿ay dónde andará? /¿ay dónde andará? / Oiiiiii / Oiiiiii / Oiiiiii / Oiiiiii... Me tapo los oídos, pero el canto y los tambores zumban, truenan y retumban en mis occidentes, estallan en mis orientes, estremecen mis adentros. Tiemblan mis carnes. Se abren todas mis compuertas, se escapan mis contenidos y mis vientos. Ay de tanto andar corriendo / ya no sé ni dónde estoy / Ay de tanto andar corriendo / ya no sé ni dónde estoy / Por andar buscando olvido / me he olvidado del amor / Por andar buscando olvido / me he olvidado del amor / ¿ay dónde andará? / ¿ay dónde andará? / Oiiiiii / Oiiiiii / Oiiiiii / Oiiiiii...


Al ritmo de los tambores las paredes amarillas-rojas-blancas se levantan, se cierran lentamente, me aprisionan. Cae la luz a pedazos tronchando los girasoles. Crujen mis huesos y se repite ese dolor desesperante. Grito. Lloro. Suena el teléfono y los muros se detienen. Me escurro por un estrecho pasillo hasta que mis manos chocan con el manubrio de una puerta delgada. Al abrir la puertecilla cae el teléfono en el WC. La explosión que se produce me expulsa violentamente y me estrello en el piso de locetas blancas-azules. Los pasillos se transforman en anchas avenidas adornadas de alisos, de rosas revelando sorprendentes tonalidades, de geranios rebozando bajo la luz de la luna. Por un valle poblado de árboles enanos desfila una emocionada tropa de dinosaurios. El suelo tirita, vibra asustado. Te veo sentada en una banca, tus manos juegan con los pliegues de tu vestido de blanco-negro-rojo tul. A tu lado una pantera se entretiene con una gacela. Retoza y se precipita con elástica elegancia tras su presa que goza unos segundos de libertad. Voy hacia ti, pero tú ya no eres tú. En tus ojos encuentro dos fosas lagrimeando hilillos de sangre. Tu risa hueca se hace trizas en el horizonte y tu esqueleto envuelto en su vestido de muñeca es bandereado por el viento. La pantera ruge y agita sus poderosas garras cerca a mi rostro. Rápida y decidida brota mi madre para ofrecerme su ayuda, pero es una anciana desvalida jugueteando con su bastón ante tremenda fiera. Árboles, rosas y geranios se diluyen en los cristales de las ventanas. Ahora estoy en la sala, sentado en el pequeño sofá blanco frente al televisor que divulga las noticias de las ocho de la noche y tú aún no has llegado. Cromáticos ofidios me acompañan. Sus reptílicas lenguas urgan en mis dedos, embolsican mi soledad. Su frío semblante arrastran por mis terrenos baldíos y me hacen llorar con una pena inmensa, sobresaliente. No puedes imaginarte / lo que es pasar la tarde / esperando a que tú vengas / contemplando mi ventana / para ver si tu silueta / se dirige hacia mi puerta / contemplar nerviosamente / como va pasando el tiempo / y ver que no llegas tú. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás. / Salir al balcón / mirar del umbral / mirar hacia el parque / tal vez ahí estás...
Miro por la ventana con la esperanza de verte venir pero afuera no hay calles ni casas, no hay nada, sólo un inmenso hueco negro. Oigo voces, gritos, ruidos, llantos, risas, cantos, pero no veo a nadie. Dentro del televisor bulle la ciudad. En la pantalla asoman los departamentos de uno de los edificios. Una pareja hace el amor en una cómoda cama, brillan sus cuerpos en los espejos del ropero. Se distinguen también la esquina del tocador, la parte de un cuadro, una lámpara a media luz y las cortinas un tantito levantadas. En otro piso discuten un hombre y una mujer, mientras dos niños asustados están a la expectativa. En las calles arboladas los autos pasan veloces, la gente camina apurada. En sus rostros estresados hay huellas de miedo, de abandono. En eso oigo que la llave gira en el cerrojo. La puerta se abre y al fin te siento llegar. Otra vez la casa es la que yo conozco: un pasillo y cuatro habitaciones. Abro una puerta con temor pero compruebo que todo sigue como cuando te fuiste. El dormitorio y la frescura de sus edredones, la cocina y sus olores, la sala con los sofás de cuero negro y su mesita al centro, la pequeña pieza donde trabajas, el baño con sus aparejos limpios y relucientes; el gato negro-blanco dormitando en su canasta, los libros ordenados caóticamente en la estantería, en fin, todas las cosas en sus cotidianas dimensiones y en el lugar que las hemos dispuesto. Es la magia de tu presencia. Entonces, ¿cómo vivir sin ti? Cuelgas tu abrigo en el perchero. Vienes hacia mí y me besas, pero te retiras bruscamente porque mi boca te quema, mi aliento huele mal, apesta. Huyes de mi abrazo porque mi cuerpo te incendia, te inflama. Sentados frente al televisor, acaricio los salvajes contornos de tus caderas, los perímetros de tu espalda, pero, caramba, no, eso no te gusta. Mis sedientos dedos corren a beber en la lisura de tus muslos y tampoco te agrada, te molestan. Eso no es cariño, no es amor. Eso es arrechura, angeilen, argumentas. Mi agitada respiración te sofoca. Mis insinuaciones te exasperan, te martirizan, te joden. Te sientes acosada por mis deseos, por mis ganas de macho, ¡ay, mujer!, si tu pudieras imaginarte, aunque sólo sea un tris, lo que es pasarse todo el santo día dando vueltas como un juanvenvamos por unos pasillos tenebrosos, por unas estancias habitadas por alimañas impensadas. Déjate querer / mujer déjate querer / déjate querer mujer cruel. / Todo te lo he entrega’o / te he regala’o todita mi juventud / tú me das a cambio / con tus desprecios / prendas amargas, mi cruz / no me niegues un beso / sólo por eso mala mujer. / Déjate querer / mujer déjate querer / déjate querer mujer cruel...
Antes de acostarme a su lado, se me ocurre acomodarme en la congeladora y dormir ahí algunas horas. Luego salgo contento sintiendo que se ha extinguido el fuego de mi piel. Ya no quemo y quiero abrazarla, besarla, acariciarla, amarla, pero ahora mis manos están frías, mis pies le congelan sus piernas y llena de rabia se envuelve con la frazada. Me empuja, me bota, me rechaza. Estás helado, tienes la nariz fría, como de muerto, me dice. Pide con una insultante dulzura que la deje en paz, que mire la hora y la deje dormir. Repite hasta el cansancio de que está cansada, ha trabajado demasiado, además en su cabeza revolotean las deudas vencidas, la amenaza de un embargo, el monto del próximo crédito, los problemas de los hijos, la declaración de impuestos aún no entregada a la oficina de finanzas, y yo, desconsiderado, pedazo de barro egoísta, pensando sólo en satisfacer sus deseos, sus bajos instintos. Ando disvariando / vivo pensando / por esta loca pasión / si no pones remedio / la calle al medio / es toda mi solución / no me niegues un beso / sólo por eso mala mujer. / Déjate querer / mujer déjate querer / déjate querer mujer cruel. / Déjate querer / mujer déjate querer / déjate querer mujer cruel...
Entonces, triste, desolado, aprieto con fuerza su cuello. Manotea. Patalea. Todo es inútil. Se apagan sus gritos. Su cabeza llena de preocupaciones se pierde en la penumbra del más allá. Su cuerpo sin brújula y sin rumbo ya no es nada apetecible, me provoca náuseas. Ya no tengo ganas de acariciar ese cuerpo inerte. Meto sus restos en la congeladora y me acurruco a su lado. Pronto estaremos en las mismas condiciones, le digo, aunque ella ya no quiere escucharme. Distraída, le cuenta las tinieblas a la eternidad.