Montag, 13. Mai 2013

Un mirlo canta sobre mi tonelada desnuda

Coskum Oezer
He tenido un sueño horrible, me dijo Alejandro al despertar. Aún sigo viendo el dolor en el rostro de mi madre.¡Horrible! ¡Horrible! Alejandro me abrazó y el vaho de su respirar inflamó mi cara, como un flechazo llameante penetró en mi oído. Mein Gott! La zalamería de sus manos me encendía con un placer inesperado. Me atolondraba una lujuria inusitada. Oh, Gott! Oh, Gott! Entoldé mis ojos abrumada por nuevas ansias, por nuevos deseos. Los momentos de locura de la última noche estaban frescos, florecían. Hmm, das war so schön! Pero Alejandro, ajeno a mis emociones, seguía hablando. Sus palabras enardecían toda mi piel, me alborotaban. Indiferente a mis arrebatos, al loco enjambre de avispas que me recorría por dentro, empezó a contarme los tenebrosos pasajes de su pesadilla. Durante esos minutos percibí el progresivo enfriamiento de su cuerpo, el ligero temblor de su pecho, pero en ningún momento imaginé los sucesos posteriores.
Ha sido un sueño terrible, dijo Alejandro. Estaba en medio de una calle. Lloviznaba bajo una niebla espesa. Los edificios hendían sus crestas en la oscuridad de un cielo cerrado a la luz. De pronto, así de la nada, escuché un ruidoso tropel como de ultratumba: pacatán, pacatán, pacatán. Los bestiales relinchos me estremecieron. Una espina de terror, una angustia desesperante entró en mi pecho. Así, asustado por los relinchos y el estruendo de ese trote escalofriante, comencé mi fuga. Algo desconocido, sobrenatural, me perseguía. Eso imaginaba. No había visto nada, sólo sentía ese galope desbocado tras de mí. No sé si me seguían. No lo sé, pero el sordo rebote de sus pisadas y sus locos relinchos sonaban en mis oídos como una seria amenaza. Era todo tan real, tan nítido, no parecía un sueño, dijo Alejandro tembloroso, pegado a mi cuerpo deseoso de cariño, nach Zärtlichkeit. Oh Gott, die Lust brennend! Detuvo sus manos frías sobre mi cintura revolucionada, afiebrada; luego, aparentemente más tranquilo, prosiguió con la historia de su sueño.
El viento refunfuñaba estrellándose contra mi rostro, dijo Alejandro. Era un viento silbante y frío. Solo, no había nada a lo largo de esa calle pesallidesca, oscura. El galope volvió a golpear la calle silenciosa y negra con ese pacatán continuo, estridente y demoníaco. Los relinchos explotaban en el silencio. Conforme corría, el temor se iba acrecentando, se potenciaba. Mi corazón bramando, trabándose, gambeteándose, amenazaba reventarse, trozarse en pedazos. La respiración intermitente, anudándose entre la bruma de la noche, se volvía cada vez más embrollante. Después de atravesar un claro pequeño, sumido en una angustia casi absoluta, entré a otra calle larga y estrecha, cercada por enormes edificios anubarrados, tristes. Daba la impresión que esa llovizna mustia se descolgaba precipitadamente desde sus techos. El cielo no se divisaba opacado por la impresionante oscuridad. Seguí corriendo por el centro de ese callejón acosado por el ruido tétrico de aquel siniestro: pacatán, pacatán, pacatán. El estampido delirante y los relinchos redoblados espantosamente por el eco y el pánico sobrecogedor me impulsaban a seguir mi carrera incontrolada. No sé por qué, pero no debía detenerme, no debía dejarme atrapar. Laufen! Correr en la negrura de la noche. Correr con el miedo negro a cuestas. Schwarze Angst. Escapar. Sí, ahora que estoy despierto sé que sólo fue un sueño. Sin embargo sigo escuchando el pacatán, pacatán, pacatán y los penetrantes relinchos y tengo miedo, muchísimo miedo.

Luego, al saltar un charco, resbalé y caí. Una estaca filuda penetró en mi vientre y abrió una herida dejando libre mis entrañas. Pacatán, pacatán, pacatán, el trepidante galope venía. Me levanté y la sangre, que empapaba mi camisa, comenzó a brotar con mayor fluidez, me inundaba. Las bestias avanzaban aplastando los charcos: plash, plash, plash casi casi me alcanzaban. Mis manos se esforzaban para evitar el desbande de mis intestinos. No quería morir. Algo me impulsaba a vivir. Pacatán, pacatán, pacatán el golpeteo rabioso del monstruo se acercaba y no sabía hacia dónde ir o a quien pedir ayuda. La calle era una raya oscura perdida a pocos metros en el infinito. No veía nada. Sentía mi cuerpo, mi ropa mojada, la herida, la sangre, la lluvia, el miedo palpitante, pero no veía nada. Parecía ciego. Todo estaba en silencio y vestido de negro en esa noche sin luna. Todo era desolación. Sólo escuchaba claramente el pisoteo que me perseguía. Pacatán, pacatán, pacatán. No tenía ninguna salida. Así creía. No había manera de salvarme. Mi vida parecía destinada a terminar esa noche aplastada por el miedo.
¿Puedes imaginarte, Kathrin, el miedo absoluto? El miedo más miedo. La negrura temible y el miedo. La calle sola. ¡Tremenda soledad! Los recuerdos reviviendo a mi padre en la más triste orfandad, desamparado. La llovizna persistente. El laberíntico tropel resonando tras mis espaldas. Pacatán, pacatán, pacatán. La fantasmal aparición bufando desbocada, apresurando sus movimientos. También Daniel vino a mi memoria, sus primeros pasos, inseguros, cortos. Imaginé el aguacero de París empozándose en el alma andina de César Vallejo. Todo esto rememoraba Alejandro. Aber ich, ich und die Lust. Oh Gott, die erneute Spitze der Lust! Mein Körper war Feuer, während Alejandros Körper ein einsteigendes Eis. Brmmm! ¡Brmm! El muslo de Alejandro sobre mi muslo. Wow, Alex! Pierna sobre pierna. No lo dudo, fui para ti la hermosa muchacha de los muslos perfectos en minifalda. La jovencita bonita de los ojos negros. Negritos, como decía Alejandro. La gran mujer de los senos turgentes y el escote turbador desde cualquier ángulo que se le mire. Oh, Alejandro, tanta vida, tanta luz, tanta poesía, tanto amor. Me rompo la cabeza y no logro entender qué fue lo que pensó Alejandro para hacer lo que hizo. No sé. Ich weiss nicht. Ich weiss es nicht. Nein!
Por suerte, contó Alejandro, en una esquina me topé con unos edificios en construcción. Ahí decidí ocultarme. Como pude salté una zanja y, con el alma colgada de un hilo, me agazapé tras un muro de ladrillos. Respiraba precipitadamente. El miedo agigantándose en mi pecho. El cuerpo temblándome. Una pierna chocando con la otra. La imaginación remontándose hasta el mismo infierno. El miedo, el terror ascendiendo locamente. En eso escuché cómo la galopada disminuía de ritmo y velocidad, se hizo más suave. Mi perseguidor parecía buscarme. Avanzaba. Se detenía. Oteaba la oscuridad. Plash, plash volvía a moverse. Percibí muy cerca, demasiado cerca, los bufidos de la bestia. El silencio zozobrando en mi semblante. La respiración inflamaba mi pecho agitado con un aire seco, sofocante, a pesar de la llovizna. Un relámpago rasgó el cielo. Mis alrededores se iluminaron por breves segundos. Así fue como divisé, a pocos metros, la punta refulgente de una barra de hierro. Quise cogerla, pero las pisadas: plaaash, plaaash, avanzaron hacia mi escondite. Me quedé quietecito. Mi perseguidor, desconcertado, se plantó en seco. A pesar de mis fuerzas ostensiblemente disminuidas por la pérdida constante de sangre, aproveché la ocasión, di un salto y alcancé la barra. Esperé dispuesto a jugarme la vida frente a mi enemigo. Sólo el cielo lloraba esa madrugada y su llanto se enredaba en mis cabellos, los mojaba sin piedad. Mis intestinos colgaban atrapados por una de mis manos, pero no sentía ningún dolor, el miedo era más grande. De pronto, un poderoso ramalazo de viento negro se arrojó en contra de mí. Sólo atiné a hundirle la barra como pude, nada más. La sombra negra, el pedazo de viento, dando un grito retumbante, cayó con todo su peso a mis pies. Sin pensar en nada, saqué y volví a meter la barra varias veces en ese maligno cuerpo, en esa malagua salida de la malahora.
Pasado el susto, pude por fin respirar con tranquilidad. Cuando me acerqué, con mucho cuidado, temeroso, para identificar a mi perseguidor, reconocí a mi madre. Era mi madre. ¿Te das cuenta Kathrin lo que había hecho? La había atravesado con el fierro. Ahí estaba mi madre muerta por mis propias manos. Me arrodillé a su lado. Sentí sus ojos vidriosos enfocando mi rostro. Grité su nombre y me maldije por lo que había hecho. Maldije haber nacido y lloré. En eso escuché su voz. No llores, hijo, el demonio ha querido llevarte, menos mal que pude entrar en tus sueños y protegerte. Parada sobre un muro a pocos metros de donde estaba, mi madre sonreía, su rostro estaba feliz, contento. Tu vida es más importante, hijo. Con mi muerte te entrego una vida más. El día iluminaba ya las sombras, amanecía, cuando desperté. Ojalá que sólo haya sido un sueño, ¿o serán los sueños el otro mundo en que habitamos?, dijo finalmente Alejandro.
Me dio un beso. Estás frío, le dije. Tengo el alma helada, me contestó Alejandro, al mismo tiempo que se levantaba. Su cuerpo parecía un bloque de hielo. Sin duda la muerte se había apoderado de su alma, su cuerpo ya no era más que una sombra. Había muerto. Había dejado de existir. Esa mañana Alejandro sólo era un rastro. Un halo sin vida. Sólo viento. Viento frío. Ni él ni yo nos dimos cuenta de eso. Mein Gott, unglaublich!
Como todos los días, Alejandro entró en la habitación de Daniel, nuestro hijo. Escuché que le decía: nada te va a doler, nada duele en este mundo. Después regresó, abrió la ventana, dijo que hacía buen tiempo, bonito día vamos a tener, el sol está saliendo. Tendremos una mañana espléndida. En un día como estos suceden hechos trascendentales, inolvidables... Por eso me es imposible entender lo que hizo después. Cansada todavía, tuve flojera de abrir los ojos para mirar la hermosura del nuevo día. Eso sí, me llenó de contento al oír su voz con un tono alegre. La noche anterior, antes de dormir, habíamos hecho el amor con una locura increíble. Esa noche gocé como se debe gozar, sin tapujos y sin vergüenza. El fuego de sus manos supo levantarme entre vientos delirantes, sus dedos galoparon por mi cuerpo como potros enardecidos. ¡Ay!, cómo me encendía, cómo su voz susurrante ardía en mi corazón. Volaba en lo alto der Sieben Gebirge. Me deshacía en nieblas, en vientos caprichosos. Bailando llegó a mis adentros. Cómo ardían sus manos en mis pechos, en mis nalgas, en mi espalda. Su boca salivada cómo quemaba mi boca. Oh Gott! Moría y vivía. Dentro de mí había música, cantaba la dicha. Todo, todo era mío, sólo mío. Liebling, papacito, ven, dame, entra, entra Schatz, Liebling... y terminé en chorros grandes, furiosos, fenomenales, ríos sin fin. Los recuerdos, tan presentes, tan recientes y procaces, me mojaron. Así, húmeda, deseosa, ardiente, puse mi mano en la corola que había vuelto a inflamarse y me quedé brevemente dormida, escuchando el CD que había colocado Alejandro o ese halo sin vida, sin ánimo: procura seducirme muy despacio / y no reparo de todo lo que en el acto te haré / procura caminarme ya como la ola del mar / y te aseguro que me hundo para siempre en tu rodar...
A los pocos minutos, el laberinto, los gritos de la calle me despertaron, me obligaron a levantarme. Me acerqué a la ventana. Desde ahí vi el pijama deshecho, el cuerpo de Alejandro, en la mitad de la calle, en una posición semejante a un paralizado paso de tango. Un grito desesperado se ahogó en mi boca. No supe qué hacer. Al borde de la locura me derrumbé en el sofá. En eso dije: ¡Daniel! Mein Sohn! ¡Hijo mío! Corrí a su habitación. Was ist geschehen, mein Gott? No lo podía creer. Daniel se desangraba. Con una profunda tristeza brillando en sus ojitos se despedía de la vida. Tenía el cuchillo de la cocina clavado en el pecho y el vientre abierto como un inmenso boquerón. Unos minutos más tarde, una llamada telefónica anunció la muerte de la madre de Alejandro. Ese día, enloquecida, vencida, impotente ante la muerte, lloré, lloré sin consuelo. Sigo llorando y un mirlo canta sobre mi tonelada desnuda, se despereza en la baranda del balcón.


Donnerstag, 21. Februar 2013

Un cuy entre alemanes


Y Michaela también se me fue a pesar del juramento de querernos hasta llegar a viejitos. Nos imaginábamos ancianos caminando con bastones, llegando, arrastrando los pies, hasta una de las bancas de la Uniwiese y ahí, tomados de las manos contemplar la puesta del sol en el verano, la caída de las hojas en el otoño, ver jugar a nuestros nietos en las nieves invernales. Pero una mañana, creo que se levantó con el pie izquierdo, y me dijo que ya no me quería y que era mejor separarnos. Otra vez la soledad, el abandono, pensé que iba a morir. No sé por qué extraños motivos La casa del sol naciente de Evelyn García aumentó la nostalgia, sin embargo pude percibir que cada capítulo de la novela estaba precedido, sin excepción, por citas de autores como advirtiéndonos lo mucho que ha leído la autora. Al poco tiempo llegó el mes de julio, el verano empezó a flamear sobre la ciudad. Todos los peruanos, cholos y no cholos, todos, como en competencia, se mostraban patriotas, defensores del suelo peruano, de la cultura peruana bailando salsa y tomando cerveza Kölsch hasta embriagarse y terminar armando broncas fenomenales. La embajada peruana en Bonn también había invitado a celebrar el 28 de julio. Muchos peruanos bien “enpilchados” asistieron a la reunión de la peruanidad, luego de eso nos reunimos en mi casa. Mientras el embajador se hinchaba el pecho de patriotismo yo estaba en casa leyendo la Resurrección de los muertos de Gamaniel Churata y cuando la tropa de patas llegó, algunos con síntomas claros de borrachera, una amiga peruana ya tenía lista la cena. A medianoche hombres y mujeres ya estaban borrachos y habían arrasado con el bar. Todos se sentían bien peruanos y cantaban desentonados “Cholo soy y no me compadezcas...”. Días antes me había emparejado con Monika y la conversación muy animada con la novia del Gordo había despertado sus celos. La locura de los celos la había llevado a destruir los espejos del baño, a tirar las macetas en la bañera, no contenta con eso, vino a donde estábamos y, emulando a David Copperfield, jaló el mantel de la mesa, pero le falló el truco y volaron tazas, vasos, copas, platos y botellas al suelo. La sorpresa nos dejó a todos en silencio. Walter Komm mal mit!, fue la única orden que hizo Monika. No, cholito, no te vayas, esa gringa grandota te mata. El gordo se presentó como mi abogado, pero ella furiosa, le ordenó: ¡Vayate, Gordo, váyate! El Gordo me bendijo y me dejó pasar. Monika ya estaba metida en la cama, me senté a su lado, esperando una explicación. Pero ella ya estaba más tranquila y más bien empezó a pedirme disculpas. Igual que José al enterarse del embarazo de María en El quinto mandamiento de Marco Cárdenas, empecé a reprocharle su extraña actitud a Monika. Estuve celosa de la novia del Gordo, creía que quería algo contigo, me dijo. Después hicimos el amor, que siempre después de una bronca, es mucho más rico...

Sonntag, 30. September 2012

La otra esquina de la memoria



Todos sabemos que la historia política del Perú está salpicada de sangre. No voy a recurrir a los manuales de enseñanza donde se cuenta con muy mala intención, desde la visión del vencedor, los acontecimientos históricos, o sea, las peleas entre criollos y burgueses para dejarnos esta patria bruta y achorada que padecemos. Está clarito que la burguesía y sus agentes políticos usaron al pueblo para lograr sus fines que nunca fueron ni son los fines populares. Lo mismo hizo Sendero Luminoso que organizó la guerra en nombre de un pueblo que nunca se lo pidió. Mi partida hacia Alemania, a inicios de los 80, me apartó de los grupos literarios y sus polémicas, me aisló de la sociedad en plena ebullición: huelgas, marchas, crisis económica, guerra interna, recesión, corrupción, ratería y otras lindezas que convirtieron al Perú en un burdel, al decir de Pablo Macera, o en una gigantesca cloaca, según el poeta Domingo de Ramos.
El asesinato de un grupo de periodistas y las primeras masacres contra campesinos por parte de las Fuerzas Armadas en su afán de liquidar a las huestes de Sendero Luminoso me motivaron a escribir la historia Pacha Tikra! (¡Mundo revuelto!) con el que gano el primer puesto de los Juegos Florales Josafat Roel Pineda (1988) y que fuera incluido en el libro de cuentos La danza de la viuda negra (2001) y antologado por Mark Cox en Cincuenta años de narrativa andina (2005). Desde 1980 hasta la actualidad han transcurrido algo más de tres décadas, creo que aún es prematuro para exorcisar todos los demonios de la guerra, para hablar de sus heridas, de sus cicatrices, aún es necesario que se abra paso a la verdad verdadera que se inició con las investigaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, y a los escritores nos asiste el deber, si queremos, claro, de encontrar el camino que desciende al infierno para recoger los retazos de la memoria y escribir creadoramente aquellos años que se niegan en todos los estratos oficiales y oficiosos.
Cuando en el 2004 Mark Cox publica Pachaticray (El mundo al revés) – Testimonios y ensayos sobre la violencia política y la cultura peruana desde 1980 da cuenta que “desde 1982 por lo menos 104 escritores han publicado 192 cuentos y 47 novelas sobre el tema”, entonces no sólo son, además de Mario Vargas Llosa, Alonso Cueto, Iván Thays, Santiago Roncagliolo, Daniel Alarcón, entre otros, “más de una docena de escritores han tratado el tema” (Enrique Sánchez Hernani). A estas alturas ese número ha crecido considerablemente y algunos escritores incluso han merecido el reconocimiento de premios importantes.
La visión literaria urbana, limeña o cosmopolita más difundida que se tiene de la guerra interna es aquella que la encarnan autores como Víctor Andrés Ponce que dio a conocer De amor y de guerra en 2004 como “la primera gran novela de la dolorosa guerra que Sendero Luminoso desencadenó en el Perú y sobre la heroica resistencia de los ronderos durante los ochentas”, según se anota en la contracarátula. Pero es, primero, Alonso Cueto que con La hora azul (2005) al obtener el Premio Herralde de Novela en Barcelona (España) “internacionaliza literariamente” el asunto de la violencia política y en la novela se cuentan los avatares de un próspero abogado limeño, hijo de un héroe militar que estuvo a cargo de un cuartel en Ayacucho. Después, en 2006, Santiago Roncagliolo gana el Premio Alfaguara con la novela Abril Rojo que no fue muy bien recibida en ciertos sectores de la cultura peruana debido a los infinitos errores que comete en la trama y en el estilo. Daniel Alarcón, desde EEUU, en los cuentos Lima, Perú, 28 de julio de 1979 y en Guerra a la luz de las velas (2006) que le da el nombre a su libro, explica las razones internas de algunos levantados en armas y el 2007 en su novela de post-guerra Radio Ciudad Perdida, Norma, la protagonista, a través de las ondas de una radio intenta reunir a los familiares de los desaparecidos. Catapultado por la fama que le otorgó el premio Alfaguara, Santiago Roncagliolo se manda con La cuarta espada (2007) que no es un buen “documento periodístico” ni tampoco “una novela en la tradición de A sangre fría” como prentenden sus editores. Anagrama premia en calidad de finalista del Premio Herralde de Novela 2008 a Un rincón llamado oreja de perro de Iván Thays, que se la puede leer de un tirón, aunque para mí no está a la altura de las obras primigenias del autor. También el Nobel peruano Mario Vargas Llosa se “mete a la guerra” y escribe Lituma en los Andes, Premio Planeta 1993, donde narra la vida del cabo Lituma y su adjunto Tomás en un campamento minero de la sierra peruana amenazados constantemente por los guerrilleros maoístas de Sendero Luminoso.
No hay que olvidar que también los militares han escrito sobre la guerra. Uno de los primeros libros que me llegó fue Un rincón para los muertos (1987) de Samuel Cavero un oficial de la Fuerza Aérea Peruana y con estudios de literatura y lingüística en la Universidad Católica. La novela Desde el valle de las esmeraldas (2011) del oficial de infantería Carlos Enrique Freyre, que narra los problemas y las contradicciones de las huestes del ejército en la zona de emergencia. Carlos Edal con Cuentos Verdes de la zona roja (1993) nos entrega las historias de aquellos jóvenes que les toca cumplir el servicio militar en Ayacucho en plena lucha antisubversiva. En un ensayo publicado en el blog del Gremio de Escritores del Perú, Samuel Cavero cita a Carlos Edal: “Es verdad, que cada uno de nosotros tendrá su propio cuento de los años de la violencia que la sociedad peruana ha tenido que enfrentar, dejándonos una huella imborrable. Es interesante en cuanto se ha escrito mucho desde la visión del pueblo o de los subversivos, pero pocas veces desde los militares quienes igualmente sacrificaron muchas vidas”. Hace poco Luis Fernando Cueto, chimbotano, ex policía y abogado, ganó la última versión del Premio Copé Internacional 2011 con su novela Ese camino existe (2012), que con un lenguaje sobrio va trazando la azarosa vida en los campamentos antisubversivos y subversivos, los sentimientos de los diversos protagonistas "los dibuja" con un endiablado trazo a la manera de un experimentado pintor y para bien de todos los lectores.
Para escribir mi novela El espanto enmudeció los sueños (2010), me pasé algo de más de tres años sumergido entre blogs, ensayos y artículos periodísticos de diversos autores que analizan los tiempos violentos y a sus protagonistas, así como en la lectura de más de una cuarentena de libros que analizan y denuncian la guerra sucia que se inicia el 18 de mayo de 1980. Desde, sólo para citar algunos títulos, Guerra popular en el Perú – El pensamiento Gonzalo (1989) editado por Luis Arce Borja, Sendero (1991) de Gustavo Gorriti, Muerte en el Pentagonito (2004) de Ricardo Uceda, pasando por Los topos (1991) de Guillermo Thorndike, Ojo por ojo (2003) de Umberto Jara, Sin Sendero (2009) de Vladimiro Montesinos, Que difícil es ser dios (1989) de Carlos Iván Degregori, hasta De puño y letra (2009) de Abimael Guzmán Reinoso.
En este tramo descubrí también a muchísimos autores que han dedicado su pluma creativa a los asuntos de la guerra desde diversos ángulos, disímiles en toda línea, pero con un conocimiento bastante profundo de las luchas, las esperanzas y las contradicciones andinas, escenarios donde se libraron las feroces batallas de armados contra armados y el gran pueblo desarmado. Fue justamente en el 2009 que viajé a Lima y se me ocurrió la locura de visitar la cárcel de máxima seguridad Miguel Castro Castro, el pabellón B, donde me encontré con los miembros del Grupo Literario Nueva Crónica. La manera como logré mi ingreso a la cárcel puede formar parte de una alucinante novela. Aquí pude conversar con el famoso director de teatro campesino Víctor Zavala Cataño y Víctor Hernández que publicó Golpes de viento (2008) un volumen de cuentos sencillos, llenos de tensión e intensidad, donde se siente la calidad de seres humanos, con todas sus contradicciones, de quienes cayeron por sus ideales, asumiendo la violencia revolucionaria como partera de la historia. El cajamarquino, Agustín Machuca Urbina, en Trece días (2012) narra los días de torturas que sufre un combatiente del Ejército Guerrillero Popular del PCP.
Anteriormente había leído Camino de Ayrabamba y otros relatos (2007), una antología escrita en la prisión por algunos miembros del Grupo Literario Nueva Crónica. Desde Harta cerveza y harta bala (1987) Luis Nieto Degregori mostró su preocupación por el tema de la insurgencia senderista y la contrainsurgencia militar, lo siguió en La joven que subió al cielo (1988) donde una chica enamorada de un senderista pasa dos semanas con un grupo insurgente durante su campaña armada y en Como cuando estábamos vivos (1989) cuando el conflicto sangriento se extiende en todo el país. Félix Huamán Cabrera le da voz a un sobreviviente del exterminio de una comunidad campesina por parte del ejército en la novela Candela quema luceros (2006), cuya primera edición data de 1989. Susana Guzmán, hermana de Abimael, también cuenta una historia otoñal ambientada en los años cincuenta e incluye pasajes sobre el huracán de Sendero Luminoso en En mi noche sin fortuna (1999). También circularon con éxito La otra versión (2003) y Lo que se viene (2006) de Gabriel Uribe. Desde el cuzco Areli Aráoz Villasante nos entrega Después del silencio (2007) una historia de amor y traición en el marco de la guerra subversiva. Con El idioma del fuego (2007) Martín Reátegui Bartra retrata las luchas de los pueblos selváticos confrontados al flagelo violentista que azotó a nuestro país.
Dante Castro es otro de los autores que se define como "poco recomendable para cardiacos, no sugerible para sentimentales e inelegible para señoras respetables", ha remecido la literatura nacional a través de sus narraciones y ensayos publicados en internet como en sus emblemáticos libros Otorongo y otros cuentos (1986) o Tierra de pishtacos (1999). Sin duda, entre los mejores libros que tratan la guerra desde dentro se pueden mencionar la galardonada novela Retablo (2006) del ayacuchano Julián Pérez y La niña de nuestros ojos (2010) del cajamarquino Miguel Arribasplata Cabanillas. Desde París Mario Wong escribió Su majestad el terror (2009). Óscar Colchado Lucio también nos entregó Rosa Cuchillo (2000) que narra, apoyándose en la mitología, los dos mundos, el de la guerra y el de la muerte. El autor Jorge Flórez-Áybar, nacido a orillas del Lago Titicaca, en su libro La agonía de Kamáchiq (2009) talla el drama de los hombres del Ande. Lo mismo que en Hienas en la niebla (2010) su autor, Juan Morillo Ganoza, ofrece una perspectiva diferente sobre las acciones de los personajes que participaron en la guerra interna. La novela Confesiones de Tamara Fiol (2009) del famoso Miguel Gutiérrez contando las aventuras del reportero salvadoreño-norteamericano Scott Bartres que llega al Perú para realizar un reportaje sobre las mujeres de Sendero teniendo como confidente a Tamara Fiol, quien le expone como empezó todo, incluido las revueltas de los sesenta y la llegada del conquistador Pizarro a Piura, es una cháchara aburrida y ni siquiera la belleza de Tamara y sus frenéticos actos sexuales resultan atractivos. Ha sido Rodrigo Nuñez Carvallo quien ha publicado Sueños bárbaros (2010) una novela muy original, aunque no trata directamente de la violencia, sino más bien sus secuelas calando en forma sorprendente al interior de un grupo de apasionados por el cine y el amor a la vida. Jorge Espinoza Sánchez en Las cárceles del Emperador (2007) retrata la arbitrariedad y el horror de la oscura etapa fujimontesinista en cuanto al atropello de los derechos humanos y las ejecuciones extrajudiciales, esto lo convierte, en mi opinión, en otra de las novelas que todo peruano, que se precie de honesto y democrático, deba leer. Hace unos días me llegó Profetas del odio - Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso (2012) de Gonzalo Portocarrero que en poquísimo tiempo ya cuenta con dos ediciones y una reimpresión y cuya presentación pública despertó la ira del reciente estrenado movimiento pro-senderista: MOVADEF.
Este ha sido un recuento, a la volada, de los libros que he leído desde este mi cómodo sillón Voltaire de Colonia, la mayoría de ellos no han sido reseñados en las revistas o periódicos de circulación nacional, ni siquiera se los menciona. Los críticos o difusores culturales los desconocen o se hacen los suecos. Muchos de estos libros seguro duermen olvidados en los anaqueles de algunas librerías o de algunas bibliotecas. Y no olvidemos a los poetas, que no son pocos, quienes en hermosos poemarios y en blogs dan cuenta de aquellos tiempos horribles. Sin duda sigue y seguirá creciendo el interés de los autores, tanto letratenientes como proletras, pa’ meter su cuchara en la última guerra interna, así lo manifiesta Mark Cox en uno de sus libros de ensayos Sasachakuy tiempo – Memoria y pervivencia (2010) donde deduce que ya existirían algo más de "306 cuentos y 68 novelas por 165 escritores", además de "por lo menos 30 novelas en inglés" así como "unas dieciséis películas en español y en inglés". Y así tiene que ser, poco a poco la verdad verdadaderamente verdadera saldrá a la luz para el bien de las mayorías o el mal de algunas minorías.

Colonia, septiembre del 2012.

Donnerstag, 3. Mai 2012

Maribel

Con su vestido de percala celeste llegó a la casa, casi a escondidas, mi prima Maribel. Nunca antes la había visto. En sus ojos negros se retrataba toda la timidez del pueblo. La quise tomar de una mano y la arrastrarla a la cocina, pero ella rechazó mi gesto. A unas palabras de mi padre me siguió dócilmente. Mamá, apurada, se empeñaba en atizar el fuego. La leña verde en el fogón se deshacía en pequeños y bullangueros fuegos artificiales. El humo nos hizo lagrimear. Maribel saludó débilmente y, sin decir nada más, se sentó en un poyo al lado de mamá. Los cuyes, alborotados por sus pies desnudos, desaparecieron en una esquina del cuyero.
Durante la comida papá diciendo dijo que Maribel iba a quedarse unos días en casa. “Te portarás bien con ella”, me advirtió papá con una severidad desconocida. Cuando pregunté las razones por las que Maribel venía a casa, papá diciendo dijo que era muy difícil de explicar. “Para entender estas cosas aún no tienes la edad suficiente”.
A los pocos días Maribel ya se había acostumbrado a la rutina de la casa. Ayudaba a mamá con una notable apatía o desgano. Se desplazaba por la casa y el patio como un fantasma, terriblemente en silencio y sin mirar de frente. Se iba de un lugar a otro, con pasitos menudos y calmosos, como si fuera cargando un peso enorme. Maribel era hermosa a pesar de esas dos largas cicatrices que daban a su rostro un aire misterioso y le torcían un poco el semblante triste de sus labios. Sus manos también estaban marcadas por cicatrices y sus dedos presentaban unas extrañas deformaciones.
Me gustaba su cercanía pero ella era impenetrable. La perseguía en silencio y ella mostrando su fastidio por mis intentos de entrometerme en su vida, simplemente me apartaba con cierta violencia y se alejaba. Nunca contestó a mis preguntas. Una vez, sentada a la orilla de su cama, la encontré sollozando. Apenado quise consolarla, entonces me apresuré a abrazarla. Apenas sintió que mi mano rozaba su hombro, se levantó con furia en su mirada y su grito destemplado me dejó aturdido. “¡No me toques asqueroso shapingo! Los días siguientes la miraba desde lejos, pero no me atrevía a ponerme a su lado. Apenas la veía aparecer un desquiciado temor transtornaba todos mis sentidos.
Una de esas soleadas tardes se fue con mamá a lavar la ropa al río. Tratando de no ser descubierto, seguí a las dos mujeres. Sumergidas en el agua hasta las rodillas y armadas de jabón Bolívar trabajaban incansables. Más tarde, sobre las pencas y las piedras, tendieron la ropa para que se seque al sol. Entonces mamá se desvistió para bañarse. Maribel hizo lo mismo, después de pensarlo un rato, pero se quedó con el camisón que llevaba bajo su vestido de percala celeste. Así ingresó al río, tratando de alcanzar una esquina donde nadie la pudiera ver. Con el mayor sigilo me deslicé hasta un lugar desde donde podía verla en todo su esplendor. Mirando en todas las direcciones, asegurándose que nadie la estuviera observando, se sacó el camisón. Sentí el palpitar de las venas en mis sienes, mi corazón como un loco golpeaba mi pecho.
Grande fue mi sorpresa al ver que sus pechos estaban desfigurados por horribles cicatrices. ¿Qué diablos había sucedido con ella? Con esta pregunta, asustado, inquieto, me alejé pensativo. Pasó un buen tiempo hasta que una mañana Maribel no vino a desayunar. Había desaparecido. Mamá en un arrebato de preocupación, diciendo dijo dirigiéndose a papá: “Pobre muchacha, ojalá y no le pase nada”. Entonces papá, dejando todo a un lado, se fue en busca de Maribel.
Al mediodía regresó papá. En su rostro había preocupación, estaba abatido. “Parece que la ha robado ese desgraciado de su marido”. Entonces, mamá, entre lágrimas, me reveló la triste historia de mi prima Maribel.
Resulta que Maribel se había casado muy joven con un muchacho a quien no le gustaba trabajar. “Vivía de lo ajeno”, diciendo dijo mamá. Entraba en los potreros de los vecinos y se llevaba el ganado para venderlo en las ferias dominicales de los pueblos cercanos. “Era un abigeo”, sentenció mamá. A Maribel no le gustaba que su marido se dedicara al abigeato y varias veces lo amenazó con avisarle a sus suegros y demás parientes. El abigeo de su marido, montando en cólera, le propinaba tremendas golpizas que la obligaban a guardar cama durante varios días, mientras que el agresor desaparecía una temporada.
Pasada la tormenta su marido volvía como si no hubiera pasado nada y arrepentido, muy cariñoso, le hablaba de un futuro diferente y le prometía nunca más “aprovecharse de lo ajeno”. Pero esas promesas no alcanzaban ni para unas semanas. Dormía de día y de noche desaparecía. Al volver regresaba con mucho dinero que Maribel no quería aceptar llamándola “plata cochina, malhabida”. Esta rebeldía le volvía a costar nuevas palizas y nuevos abandonos. Las rondas campesinas, la justicia campesina, recién empezaban a organizarse.
Una tarde mientras Maribel regresaba de la casa de sus padres, encontró a su marido arreando dos hermosas vacas y una yunta que pertenecían a unos parientes suyos. Maribel, decidida, le pidió que devolviera los animales a sus verdaderos dueños. El abigeo, frente a sus cómplices, se sintió humillado cuando Maribel diciendo dijo que iría a “dar parte a las autoridades”, que iba a llamar a las rondas campesinas. El hombre, endemoniado, se avalanzó sobre la joven y empezó a golpearla. Maribel cayó al suelo y su marido la agarró a patadas. Ella gritaba, pedía piedad, misericordia. Le imploró a dios, a la virgen María, a su madre, a su padre... pero nadie acudió en su auxilio.
Tambaleando Maribel se levantó y casi sin resuello, adolorida, diciendo dijo que iría a denunciarlo. Ni bien terminó de formular la amenaza, el abigeo sacó el cuchillo y le asestó, sin miramientos, dos, tres, cuatro, cinco cuchilladas en el pecho. En su desesperación ella se agarró del arma y al final del forcejeo terminó con las manos destrozadas. Luego el abigeo, su marido, no contento con lo que había hecho le cruzó el rostro con dos certeros cuchillazos.
 Un grupo de vecinos que pasaban en dirección al pueblo, encontró a Maribel casi moribunda y de inmediato la trasladaron a la posta médica del pueblo. Papá, valiéndose de amigos, convenció a la policía para que detenga al agresor. El juez, en complicidad con los policías corruptos, hizo todo lo posible para evitar el juicio y posterior encarcelamiento del abigeo. No había pruebas, diciendo dijo el juez, e incluso Maribel, por miedo, se negaba a denunciar a su marido. A las pocas semanas nuevamente el abigeo había retomado sus tropelías.
Con el fin de apartarla del abigeo, de protegerla, trajeron a Maribel a nuestra casa. Pero su marido enterado del lugar donde se ocultaba su esposa, organizó el rescate, el secuestro.
Entonces papá y mis tíos acudieron a las rondas campesinas. En una asamblea escucharon las acusaciones contra el abigeo, el marido de Maribel. A los pocos días las rondas campesinas detuvieron al abigeo, liberaron a Maribel y aplicaron con severidad la justicia de los hombres del campo. Ama sua. Ama llulla. Ama quella.