Mittwoch, 12. März 2014

Hombre de negro y mujer con mirada de ardilla



 El tren se detuvo en la estación central de Praga atintada por una tarde gris. Nadie bajó. El traqueteo de los pasos presusoros de un hombrecito taciturno con abrigo y sombrero negros, acompañado por una joven de rostro aporcelanado y la vivaz mirada de una ardilla, se acercaron presurosos, subieron, avanzaron hacia mi compartimento, entraron y, sin saludar, acomodaron sus dos minúsculas maletas en la canastilla superior. Luego la máquina bufó y empezó a moverse y fuimos dejando paisajes de techos cenicientos, arbolados perfiles y nubes amenazantes atizando al cielo.

El hombrecito, semejante a un frágil oficinista, se despojó del abrigo, la chalina, los guantes y se sentó. Respirando con dificultad y tosiendo varias veces sobre un pañuelo negro. La joven sacó de su maleta un fajo de papeles que luego lo fue ordenando sobre su falda. Die Verwandlung, y más abajo, Franz Kafka, alcancé a leer, pero la pícara muchacha al darse cuenta de mi curiosidad, se apuró en ocultar la página. Me gustaron sus ojos y sus labios sonrientes. ¿Franz Kafka?, interrogué mirando al hombrecito enjuto que seguía tosiendo con ligeras pausas. “Es mi novio”, dijo ella. ¿Cuál de todas sus novias?, me atreví. “Felice Bauer”, contestó sujetando con una mano los papeles y llevando una punta de su chalina hacia la boca con la otra mano. Franz Kafka se esforzaba en atajar con un pañuelo negro los bacilos que escapan de sus pulmones.

Felice le empezó a secar la frente a Franz mientras lo arrullaba con ternura. En el momento que el hombre cruzó la pierna, pude ver que tenía la pata de un cuy. Cerré los ojos y luego los abrí lentamente y observé que sus zapatos estaban sucios y calados por una mezcla de lodo y nieve. Al rato sus manos se agitaron convertidas en las extremidades del roedor sudamericano. La visión me provocó un mareo vertiginoso. Desde el fondo del pozo donde me encontraba veo a Kafka metamorfoseado en cuy, sus orejas ovaladas, su pelambre brillante, sus ojos amarillos y sus garras adheridas a la espalda de Milena Jesenska. Luego todo se fue diluyendo y desde mi asiento, con un ligero dolor de cabeza, ví que la realidad mantenía su normalidad. Afuera, al compás de la marcha del tren, el frío y la lluvia arreciaban sin piedad.

Vuelvo la mirada hacia Kafka y ahí está otra vez el cuy abrazado por Felice. El enclenque roedor tosía y escupía sin cesar en el pañuelo negro. Temeroso me levanté, abrí la ventana y antes de que Felice se diera cuenta, le arranché el animalejo y lo lancé por los aires. Un chillido se perdió junto al ruido que desataba el tren. Felice intentó, en su desesperación, lanzarse tras su amado, pero me aferré a ella y la obligué a sentarse. De un contundente golpe de puño la inmovilicé. Luego con una toalla húmeda la estrangulé y la metí en  mi maleta. Me deshice de sus pertenencias y bajé, sin despertar sospechas, en la próxima estación cerca de Viena. Entré a la casa que había heredado de mis abuelos y ahí nos instalamos con Felice, advirtiéndole que todo peligro ya había pasado.

Esa mañana lo primero que hice fue atender a Felice. Le limpié su rostro de porcelana y la llevé al comedor. La senté a la mesa y encendí la radio para escuchar las noticias. No había novedades. Le serví el desayuno, pero a pesar de mis ruegos no quiso comer nada. Tenía miedo engordar, “que las grasas, que las calorías, que el colestrol”. Todo es light, le repetí pero no hubo modo de que abra la boca. No comió nada. Si no comes te pondrás hueso y pellejo. ¿Acaso no te das cuenta lo mucho que has adelgazado en una sola noche? Sin embargo admiré la caída de su falda negra y la blusa casi transparente que hacían resaltar su inmortal belleza. Peiné sus cabellos. Retoqué el color a sus labios. Puse color a sus cejas. Di una manito de rimel a sus pestañas. Luego la contemplé desde lejos: ¡Qué hermosura! Tu belleza será eterna, Felice. Esto no te hubiera dado ese adefecio de Franz Kafka que no ha tenido mayor ocurrencia que convertirse en un vulgar conejillo de las indias, además tenía la intención de convertirte en gusano. Muy pronto se hablará de ti en todo el mundo. Serás la envidia de Claudia Schiffer y de Heidi Klum. Nadie podrá imaginar que tras las hermosas facciones de tu rostro se encierra la muerte.

“Para que no te aburras voy a leerte historias escritas por autores de verdad”. Le sonreí. ¿Qué te parece si empezamos con Ulises de James Joyce? El rostro de Felice Bauer pareció encenderse. En este libro se describe un día en la vida de Leopold Bloom, de su mujer Molly Bloom y del joven Stephen Dedalus en la ciudad de Dublín. Luego podemos leer el Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde para que veas que tú no necesitas que te retraten o tengas que vender tu alma al diablo para conservar tu belleza y juventud. Te cuento, mientras te negabas a desayunar, yo repasaba el último capítulo de American Psycho de Bret Easton Ellis y tuve también el deseo de sacar sangre de tu vagina y enviarla al laboratorio donde trabajo. ¿Tomas una cerveza o prefieres un vino? Si, claro, de todas maneras leeremos los manuscritos de tu novio. ¿Seguramente te interesa saber que le escribía a sus otras novias, no? Sin duda, quieres conocer la carta que le hizo a su padre y también las notas de sus diarios. El rostro de Felice volvió a iluminarse. La radio seguía sonando.

En silencio, estuve dando vueltas por la habitación mirando a la calle, contemplando, desde todos los ángulos, la innegable belleza de Felice. En eso, tumultuosos ruidos y destemplados chillidos me interrumpieron. Dando curiosos saltos se acercaba Franz Kafka, El cuy, seguido de una tropa armada de avezados roedores, dispuesto a rescatar el cuerpo de Felice Bauer.

Donnerstag, 23. Januar 2014

Semana Santa (2)





A la memoria de Pedro Huilca (Dirigente obrero, asesinado en 1992 por el grupo paramilitar “Colina”) y Jesús Páez (Dirigente obrero y barrial, desaparecido en 1977 durante la dictadura de Morales Bermudez).
A la lucha del pueblo cajamarquino en defensa del agua, la vida y la dignidad.

Un grupo de trabajadores, campesinos y amigos se encontraban cenando. De pronto golpearon la puerta. Todos se quedaron en silencio, a la expectativa, mientras la madre de Pedro abría la puerta. Apenas giró el picaporte, los soldados, empujando a la anciana, tirándola al suelo, atropellándola, ingresaron a la casa en busca de los dirigentes medioambientalistas de Cajamarca. A patadas rompieron todo a su paso. A los gritos de terroristas les ordenaron ponerse de pie contra la pared.
Tranquilo, con gafas oscuras y las manos a la cintura, entró el capitán Carlos. Su mirada oculta recorrió el recinto.
—¿Quién de ustedes es Jesús, terroristas de mierda?
Nadie contestó. El capitán Carlos, con ese semblante de maldito, de asesino, se acercó a uno de los campesinos. Le colocó la pistola en la cabeza.
—¿Cómo te llamas tú, terrorista conchatumare?
—Pedro —casi demudado, contestó el hombre.
—A ver, Pedro —suavizando la voz—, dime ¿quien de todos estos terrucos es Jesús?
A lo lejos se escuchó cantar tres veces a un gallo y Pedro Quesquén negó conocer a un tal Jesús, dirigente ambientalista de Cajamarca, llamado soezmente terrorista por el omnipotente uniformado. Un golpe secó lo derrumbó al suelo y la bota del militar, estrellándose en su cara, ahogó un quejido. Dos invitados más fueron brutalmente ultrajados. Cuando Jesús Mendoza, sopesando la situación, quiso entregarse, Judas Chirinos se acercó a Jesús y le dio un abrazo.
—Este es el hombre que ustedes buscan —le dijo al capitán Carlos.
—¿Así que tú eres el famoso Jesús? ¡Te vas a arrepentir de haber nacido, terrorista, hijo e’ puta!
El capitán Carlos lo cogió de los cabellos y le torció la cabeza hacia atrás, le encajó un rodillazo en el vientre y lo remató con un golpe de pistola en la cabeza. Jesús cayó al suelo como un pesado bulto, no tuvo tiempo de dar el más mínimo quejido de dolor.
—Ya saben —les dijo a sus soldados—, a este me lo llevan y así, como en Madre Mía, me lo crucifican para que aprenda a no meterse donde no lo llaman.
Los soldados arrastraron a Jesús Mendoza hasta la calle y lo subieron a una comioneta sin placas. Le sacaron los zapatos y los botaron diciendo que ya no los necesitaba más, luego lo amarraron de pies y manos. El vehículo, como alma en pena, surcó la ciudad de norte a sur llevando su preciada carga. En una casa perdida entre bosques y enormes peñascos se detuvieron y bajaron al prisionero. Nuevamente a rastras lo llevaron al interior de la vivienda y lo bajaron al sótano.
El médico militar comprobó que seguía vivo. Entonces lo amarraron a una mesa hecha de palos y le colocaron una corona de electrodos en la cabeza. Un soldado le metió en la boca un trapo empapado en vinagre para silenciar todo grito posible. La primera descarga eléctrica lo hizo saltar sobre la mesa del suplicio, se le destemplaron los músculos y chirrió su dentadura. No pudo controlar los esfínteres y el mal olor se extendió en toda la sala. Asqueado el médico militar ordenó a los soldados que limpien la cochinada. Luego, otro de los soldados vino con cuatro enormes clavos.
—¿Para que es eso? —Preguntó el médico militar.
—Jefe —contestó—, el capitán Carlos ha ordenado que lo crucifiquemos para que haga honor a su nombre.
—Enfermo de mierda, ¿y seguro quiere también que le pongamos una corona de espinas y lo llevemos al cerro Santa Apolonia? En fin, a mí que chucha me importa. Entonces, ¡clávenlo de una vez!, conforme les ha ordenado su jefe.
Los clavos como rayos de fuego perforaron las extremidades de Jesús Mendoza. Sus gritos estremecieron el recinto, en el momento que el trapo con vinagre escapó de la boca. Sus gemidos de dolor eran balbuceos lastimosos.
—¿Por qué no mejor me matan de una vez?
—Estás muy huevón —dijo el Capitán Carlos que acababa de entrar—. ¿Quieres que te matemos para que resucites después de tres días?
Los torturadores, acompañando al capitán Carlos, echaron a reír estruendosamente.
—¿Por qué me hacen esto? ¿Qué mal les hice? —Preguntó Jesús Mendoza haciendo acopio de todas sus fuerzas
—Conchudo de mierda, te pasas todo el tiempo pregonando igualdad, justicia social, levantas a la gente contra el progreso, en defensa del agua y la vida. ¿No eres acaso el inventor de ¡Conga no va!?
Atormendado o compadecido, un soldado le clavó la bayoneta en un costado. La sangre se apuró a borbotones y Jesús Mendoza cerró los ojos martirizado por intensos dolores. Un sueño urgente lo introdujo en una de las lagunas de Celendín. Desde lejos su padre le tendía una mano inalcanzable. “Hijo mío —le dijo el anciano— yo no te he abandonado”. Mientras el agua cristalina lo cubría, un coro de gritos distantes de ¡Conga no va! ¡Conga no va!, lo acompañó hasta el fondo de la laguna.
El capitán Carlos ordenó que despertaran al prisionero con un baño de agua fría y, diciendo dijo, ¡cuídenlo, carajo, no dejen que se nos muera rápido! Abandonó el recinto de torturas pues debería acompañar a su esposa a la misa de resurreción en la iglesia de Belén.
María Magdalena, enterada del secuestro de Jesús por los militares, fue en busca de María, madre del joven dirigente cajamarquino, para ir en su busca y exigir su libertad. Poncio Valdés, jefe de la soldadesca, lavándose las manos, les manisfestó que ese asunto no era de su incumbencia.
De pronto el cielo se nubló y en pocos minutos una tremenda tormenta sacudió a la ciudad.

"La mansión del shapi y otros cuentos", Lima. 2013. Arteidea. 

Montag, 9. September 2013

Un cuy entre alemanes (2)



 Me puse a leer Selbst unter der Bitterkeit del poeta guatemalteco Otto René Castillo. En una de las primeras páginas escribe: “Allen, die in Wahrheit kämpfen, um das Sytem der Unterdrückung und des Elends in unserem schönen Land zu beseitigen.” Esto traducido al cristiano quiere decir: “A todos los que combaten de verdad por terminar con el sistema de la opresión y la miseria en nuestro hermoso país” y me llevó a imaginar mi país de origen que a veces ya no es mi país sino es el país de los “salvajes neoliberales que gobiernan desde las oficinas del CONFIED apoyados por los ‘massmedien’ y sus lacayos genuflexos empotrados en el palacio de gobierno”. A eso de la medianoche, cansado, caigo en los brazos del sueño y me pongo a caminar por un valle de brillante verdor. Escucho el quebrantado bullicio de un río cercano, pero que alcanzo a descubrir. Entre la rojez del crepúsculo aparece mi madre ordenando, con voz severa, que vaya a bañarme. Su voz es perentoria, no admite ninguna duda ni la pereza. Se acerca decidida y empieza a desvestirme, no le importa que ya sea adulto, viejo y divorciado varias veces. Mientras me desviste, me regaña, se admira de la suciez de mi ropa, de la mugre que se apoltrona en mi pecho, en mi espalda, en mis muslos, en mis brazos y entre los dedos de mis pies. Le perece deleznable mi cuerpo huesudo y mi panza tan prominente. Eso te pasa, asegura, porque no haces deporte, mira, ve, hasta tu pinga está arrugada de tanto estar sentado y escribiendo todo el santo día en esa maldita computadora. Desnudo avanzo en busca del río. Siento que las hojas y las piedritas me causan cosquillas y un cierto dolorcillo placentero en la planta de los pies. Me abro paso entre enormes árboles, montes que exhiben diversas y multicolores flores, en eso aparece ella, una de mis últimas ex mujeres, flotando entre la maleza, como volando en lo alto. Su cabello chicoteando la hojarazca, haciendo crujir a las ramas, golpeando los troncos de los árboles. Sus manos van separando la maleza que le impide caminar. Por momentos puedo apreciar sus senos redondos, grandes, prietos, con los pezones redondos y rosados. Distingo su piel mojada por una lluvia que no se ve, invisible, pero sonora, o como recién salida de la ducha. En otro momento aparecen sus piernas, dos firmes y potentes columnas apoyadas en unas enormes piedras grises. Un frondoso y exhuberante bello púbico cubre el monte de venus bajo un gracioso ombligo. La solidez de sus muslos, de sus caderas, arrebata mi mirada, enciende mis deseos de poseerla. La lujuria vulnera mis fronteras y mi madre, como una pesadilla, inmisericorde, haciéndome recordar: "Mientras no te bañes esa mujer no será tuya nunca". Entonces corro desesperado en busca del río... Me despierto buscando el río, de calor, sudando...

Donnerstag, 1. August 2013

Apuntes sobre la novela “El espanto enumudeció los sueños” de Walter Lingán / Miguel Garnett


Al inicio de su Informe Final, la peruana Comisión de la Verdad y la Reconciliación dice que “ha constatado que el conflicto armado interno que vivió el Perú entre 1980 y 2000 constituyó el episodio de violencia más intenso, más extenso y más prolongado de toda la historia de la República. Asimismo, que fue el conflicto que reveló brechas y desencuentros profundos y dolorosos en la sociedad peruana”. La novela de Walter Lingán, “El espanto enmudeció los sueños”, tiene el propósito de ilustrar esto y contribuir a la tarea imprescindible de mantener viva la memoria del conflicto ––sus raíces, sus barbaridades y su mensaje para futuras generaciones––.

La novela se divide en tres partes. La primera se inicia en un barrio marginal de Lima en los tiempos del Chino Velasco y nos lleva hasta los tiempos del Chino Fujimori. El estilo es lacónico, irónico y mordaz, y es manejado magistralmente por el autor de tal manera que el lector se pasea con gracia entre los pobladores de El Barrio y los empresarios, los políticos del CongreZoo y los integrantes de las Fuerzas del Orden. Se respira la pobreza, la marginación, la injusticia y, fácilmente, se siente compañerismo con Roberto ––el narcotraficante––, con Carlos y Tito ––choros de alto vuelo–– y con el narrador mismo, que goza del nombre Gustavo William Hernán Ricardo de la Hoz Díaz del Castillo o, en breve El periodista, ––fotógrafo y periodista de bajo vuelo–– cuya madre, enferma, es incansable en su lucha por la sobrevivencia de su familia, mientras su padre, sastre pobre, la abandona. También el lector es golpeado por la frustración, la cólera y la impotencia de la clase obrera, tildada terruca por los incompetentes que manejan el país; sobre todo Alan Babá y sus cuarenta ladrones. Todo se resume en la frase “años de violencia, tiempos jodidos”.

El periodista es detenido, acusado de ser terrorista, aunque jamás haya matado siquiera una mosca, y termina preso en la Luminosa trinchera de combate, donde pasa la segunda parte de la novela con El forajido oriental Fujimori. Mayormente, el texto es un monólogo de parte de El periodista porque El forajido oriental nunca le contesta y El periodista se queja: “Puta madre, chino de mierda, no sé como hacer para que hables… ¡Carajo, di algo, chino güevo frito! Tú te haces el cojudo y no dices nada. Un día de estos a palos te voy a hacer hablar, aunque se enoje La estudiante de los millones Keiko”. El periodista tutea a Fujimori y hacia el final de la novela dice: “Albertito, disculpa, ya sé que no debería tutearte, pero ya lo hice, eso te jode, te disgusta, pero como no soy hombre de muchas luces, te pregunto: ¿no te arrepientes de nada?”

El periodista se queja de la diferencia entre el trato dado a él y aquel a El forajido oriental: “Yo no había robado ni matado a nadie pero me sacaron la puta madre para declararme culpable y me descoyuntaron a golpes. A ti no te tocaron ni con el pétalo de una rosa.” Sin embargo, la corrupción nacional que hacía que la vida y el bienestar de todo el mundo dependían de El forajido oriental y de El espía imperfecto hace que aún ahora, cuando el régimen ha fenecido, El periodista pregunte a El forajido oriental: “¿Crees que La estudiante de los millones Keiko, en collera con Alan Babá y los cuarenta ladrones, te podrá sacar de la cárcel si es elegida presidente de La Nación? Si es así, compadre, no te olvides de este pobre pechito”.

Las barbaridades y las cojudeces del dúo El forajido oriental y El espía imperfecto no se presentan en forma lineal, sino con saltos hacia delante y hacia atrás ––cosa muy aceptable en un país denominado De las Maravillas y donde se supone que todo está de cabeza y al revés––. Nos encontramos con personajes que hicieron historia durante la dictadura del chinito Made in La Nación. Recordamos el autogolpe contra que “todo tipo de protesta fue apagado por los ‘pinochitos’, los gases, los varazos, las patadas, los golpes y las armas rastrilladas de la policía y del ejército… Silenciar toda voz crítica era la orden emanada por el dúo Los Bribones. Metralletas HK vomitaban en silencio sus fuegos asesinos accionados por las manos expertas de El escuadrón pollada, más conocido como Grupo Colina”. A modo de preparar al lector para estas hazañas militares y la confrontación con los seguidores de El pensamiento Gonzalo, El periodista observa que: “Nuestra efemérides patriotas son pleitesías a los fracasos del ejército. Mira, Albertito, perdimos la guerra con Chile, el combate de Angamos, la guerra con Ecuador… El glorioso ejército peruano ha ganado guerras ‘campales’ contra obreros textiles y mineros en huelga, contra campesinos armados de lampas…”

Se presentan algunas de las matanzas ocurridas durante el gobierno de El forajido oriental, como aquella de la Cantuta y Walter Lingán nos lleva a compartir la desesperación de las madres humildes, cuando sus hijos fueron llevados presos y luego nadie daba razón de ellos: “¡Carajo, vieja de mierda, anda busca a otro lado!” le grita un soldado a Angélica Mendoza.

Así, la gran mayoría de la novela es una acusación contra los gobiernos que aplicaban métodos terroristas para combatir la insurgencia armada. Hay también unas pinceladas de crítica contra los insurgentes, Los Paladines de la Cuarta Espada, y la intolerancia de su líder, El pensamiento Gonzalo, es subrayado: “se consideraba el más más sobre la ‘Concepción del Mundo’ y no permitía que nadie le contradiga”. Más tarde leemos: “Nosotras también criticamos a la gente de El pensamiento Gonzalo porque también cometen crímenes…  Si dicen que defienden al pueblo, ¿por qué matan a campesinos y dirigentes de las comunidades?”

Entre salto y salto, la novela nos hace recordar como durante años “la guerra era andina, morían indios. ¡Y qué importaban los indios!  Pero la guerra llegó a La Ciudad… El miedo se hizo cotidiano. Coches bombas hasta en la sopa… La Ciudad se convirtió en lugar de zozobra y desazón” y la guerra popular de los Andes ya estaba presente como una bárbara realidad.

Con mordaz ironía, Walter Lingán no sólo increpa a El forajido oriental por todas las barbaridades cometidas durante su gobierno, un gobierno que “daba asco” y “la podredumbre destilaba pus por todos los poros de las instituciones bajo tu ala de pájaro malagüero”, sino hace una advertencia al gobierno actual cuando dice: “Ciertas personas como Alan Babá y sus cuarenta ladrones estarán temblando de miedo, pues apenas acabe su mandato les puede caer la quincha. La sombra de la matanza de El Frontón, de los indios de tercera clase de Bagua y la muerte de los mineros de Chala planea como águila negra sobre sus cabezas”.

La tercera, y más corta, parte de la novela ofrece al lector un desenlace sorprendente. ¿Qué es? Lea usted la obra y lo descubrirá. Yo me limito a citar sólo una frase: “Entre mafiosos y ladrones todo es posible”.

Cajamarca, septiembre, 2010.