Y Michaela también se me fue
a pesar del juramento de querernos hasta llegar a viejitos. Nos imaginábamos
ancianos caminando con bastones, llegando, arrastrando los pies, hasta una de
las bancas de la Uniwiese y ahí, tomados de las manos contemplar la puesta del
sol en el verano, la caída de las hojas en el otoño, ver jugar a nuestros
nietos en las nieves invernales. Pero una mañana, creo que se levantó con el
pie izquierdo, y me dijo que ya no me quería y que era mejor separarnos. Otra
vez la soledad, el abandono, pensé que iba a morir. No sé por qué extraños motivos
La casa del sol naciente de Evelyn
García aumentó la nostalgia, sin embargo pude percibir que cada capítulo de la
novela estaba precedido, sin excepción, por citas de autores como
advirtiéndonos lo mucho que ha leído la autora. Al poco tiempo llegó el mes de
julio, el verano empezó a flamear sobre la ciudad. Todos los peruanos, cholos y
no cholos, todos, como en competencia, se mostraban patriotas, defensores del
suelo peruano, de la cultura peruana bailando salsa y tomando cerveza Kölsch
hasta embriagarse y terminar armando broncas fenomenales. La embajada peruana
en Bonn también había invitado a celebrar el 28 de julio. Muchos peruanos bien
“enpilchados” asistieron a la reunión de la peruanidad, luego de eso nos
reunimos en mi casa. Mientras el embajador se hinchaba el pecho de patriotismo
yo estaba en casa leyendo la Resurrección
de los muertos de Gamaniel Churata y cuando la tropa de patas llegó,
algunos con síntomas claros de borrachera, una amiga peruana ya tenía lista la
cena. A medianoche hombres y mujeres ya estaban borrachos y habían arrasado con
el bar. Todos se sentían bien peruanos y cantaban desentonados “Cholo soy y no
me compadezcas...”. Días antes me había emparejado con Monika y la conversación
muy animada con la novia del Gordo había despertado sus celos. La locura de los
celos la había llevado a destruir los espejos del baño, a tirar las macetas en
la bañera, no contenta con eso, vino a donde estábamos y, emulando a David
Copperfield, jaló el mantel de la mesa, pero le falló el truco y volaron tazas,
vasos, copas, platos y botellas al suelo. La sorpresa nos dejó a todos en
silencio. Walter Komm mal mit!, fue la única orden que hizo Monika. No,
cholito, no te vayas, esa gringa grandota te mata. El gordo se presentó como mi
abogado, pero ella furiosa, le ordenó: ¡Vayate, Gordo, váyate! El Gordo me
bendijo y me dejó pasar. Monika ya estaba metida en la cama, me senté a su
lado, esperando una explicación. Pero ella ya estaba más tranquila y más bien
empezó a pedirme disculpas. Igual que José al enterarse del embarazo de María en
El quinto mandamiento de Marco
Cárdenas, empecé a reprocharle su extraña actitud a Monika. Estuve celosa de la
novia del Gordo, creía que quería algo contigo, me dijo. Después hicimos el amor, que
siempre después de una bronca, es mucho más rico...Donnerstag, 21. Februar 2013
Un cuy entre alemanes
Y Michaela también se me fue
a pesar del juramento de querernos hasta llegar a viejitos. Nos imaginábamos
ancianos caminando con bastones, llegando, arrastrando los pies, hasta una de
las bancas de la Uniwiese y ahí, tomados de las manos contemplar la puesta del
sol en el verano, la caída de las hojas en el otoño, ver jugar a nuestros
nietos en las nieves invernales. Pero una mañana, creo que se levantó con el
pie izquierdo, y me dijo que ya no me quería y que era mejor separarnos. Otra
vez la soledad, el abandono, pensé que iba a morir. No sé por qué extraños motivos
La casa del sol naciente de Evelyn
García aumentó la nostalgia, sin embargo pude percibir que cada capítulo de la
novela estaba precedido, sin excepción, por citas de autores como
advirtiéndonos lo mucho que ha leído la autora. Al poco tiempo llegó el mes de
julio, el verano empezó a flamear sobre la ciudad. Todos los peruanos, cholos y
no cholos, todos, como en competencia, se mostraban patriotas, defensores del
suelo peruano, de la cultura peruana bailando salsa y tomando cerveza Kölsch
hasta embriagarse y terminar armando broncas fenomenales. La embajada peruana
en Bonn también había invitado a celebrar el 28 de julio. Muchos peruanos bien
“enpilchados” asistieron a la reunión de la peruanidad, luego de eso nos
reunimos en mi casa. Mientras el embajador se hinchaba el pecho de patriotismo
yo estaba en casa leyendo la Resurrección
de los muertos de Gamaniel Churata y cuando la tropa de patas llegó,
algunos con síntomas claros de borrachera, una amiga peruana ya tenía lista la
cena. A medianoche hombres y mujeres ya estaban borrachos y habían arrasado con
el bar. Todos se sentían bien peruanos y cantaban desentonados “Cholo soy y no
me compadezcas...”. Días antes me había emparejado con Monika y la conversación
muy animada con la novia del Gordo había despertado sus celos. La locura de los
celos la había llevado a destruir los espejos del baño, a tirar las macetas en
la bañera, no contenta con eso, vino a donde estábamos y, emulando a David
Copperfield, jaló el mantel de la mesa, pero le falló el truco y volaron tazas,
vasos, copas, platos y botellas al suelo. La sorpresa nos dejó a todos en
silencio. Walter Komm mal mit!, fue la única orden que hizo Monika. No,
cholito, no te vayas, esa gringa grandota te mata. El gordo se presentó como mi
abogado, pero ella furiosa, le ordenó: ¡Vayate, Gordo, váyate! El Gordo me
bendijo y me dejó pasar. Monika ya estaba metida en la cama, me senté a su
lado, esperando una explicación. Pero ella ya estaba más tranquila y más bien
empezó a pedirme disculpas. Igual que José al enterarse del embarazo de María en
El quinto mandamiento de Marco
Cárdenas, empecé a reprocharle su extraña actitud a Monika. Estuve celosa de la
novia del Gordo, creía que quería algo contigo, me dijo. Después hicimos el amor, que
siempre después de una bronca, es mucho más rico...Sonntag, 30. September 2012
La otra esquina de la memoria
El
asesinato de un grupo de periodistas y las primeras masacres contra campesinos
por parte de las Fuerzas Armadas en su afán de liquidar a las huestes de
Sendero Luminoso me motivaron a escribir la historia Pacha Tikra! (¡Mundo revuelto!)
con el que gano el primer puesto de los Juegos Florales Josafat Roel Pineda (1988)
y que fuera incluido en el libro de cuentos La danza de la viuda negra
(2001) y antologado por Mark Cox en Cincuenta años de narrativa andina
(2005). Desde 1980 hasta la actualidad han transcurrido algo más de tres
décadas, creo que aún es prematuro para exorcisar todos los demonios de la
guerra, para hablar de sus heridas, de sus cicatrices, aún es necesario que se
abra paso a la verdad verdadera que
se inició con las investigaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación,
y a los escritores nos asiste el deber, si queremos, claro, de encontrar el camino que
desciende al infierno para recoger los retazos de la memoria y escribir
creadoramente aquellos años que se niegan en todos los estratos oficiales y
oficiosos.
Cuando
en el 2004 Mark Cox publica Pachaticray (El mundo al revés) – Testimonios y ensayos sobre la violencia
política y la cultura peruana desde 1980 da cuenta que “desde 1982 por lo
menos 104 escritores han publicado 192 cuentos y 47 novelas sobre el tema”,
entonces no sólo son, además de Mario Vargas Llosa, Alonso Cueto, Iván Thays, Santiago
Roncagliolo, Daniel Alarcón, entre otros, “más de una docena de escritores han
tratado el tema” (Enrique Sánchez Hernani). A estas alturas ese número ha
crecido considerablemente y algunos escritores incluso han merecido el
reconocimiento de premios importantes.
La
visión literaria urbana, limeña o cosmopolita más difundida que se tiene de la
guerra interna es aquella que la encarnan autores como Víctor Andrés Ponce que
dio a conocer De amor y de guerra en 2004 como “la primera gran novela de la
dolorosa guerra que Sendero Luminoso desencadenó en el Perú y sobre la heroica
resistencia de los ronderos durante los ochentas”, según se anota en la
contracarátula. Pero es, primero, Alonso Cueto que con La
hora azul (2005) al obtener el Premio Herralde de Novela en Barcelona
(España) “internacionaliza literariamente” el asunto de la violencia política y en la novela
se cuentan los avatares de un próspero abogado limeño, hijo de un héroe militar
que estuvo a cargo de un cuartel en Ayacucho. Después, en 2006, Santiago
Roncagliolo gana el Premio Alfaguara con la novela Abril Rojo que no fue muy
bien recibida en ciertos sectores de la cultura peruana debido a los infinitos
errores que comete en la trama y en el estilo. Daniel Alarcón, desde EEUU, en los
cuentos Lima, Perú, 28 de julio de 1979
y en Guerra
a la luz de las velas (2006) que le da el nombre a su libro, explica las
razones internas de algunos levantados en armas y el 2007 en su novela de post-guerra
Radio
Ciudad Perdida, Norma, la protagonista, a través de las ondas de una
radio intenta reunir a los familiares de los desaparecidos. Catapultado por la
fama que le otorgó el premio Alfaguara, Santiago Roncagliolo se manda con La
cuarta espada (2007) que no es un buen “documento periodístico” ni
tampoco “una novela en la tradición de A
sangre fría” como prentenden sus editores. Anagrama premia en calidad de
finalista del Premio Herralde de Novela 2008 a Un rincón llamado oreja de perro
de Iván Thays, que se la puede leer de un tirón, aunque para mí no está a la
altura de las obras primigenias del autor. También el Nobel peruano Mario Vargas Llosa se
“mete a la guerra” y escribe Lituma en los Andes, Premio Planeta
1993, donde narra la vida del cabo Lituma y su adjunto Tomás en un campamento
minero de la sierra peruana amenazados constantemente por los guerrilleros
maoístas de Sendero Luminoso.
Para escribir
mi novela El espanto enmudeció los sueños (2010), me pasé algo de más de tres
años sumergido entre blogs, ensayos y artículos periodísticos de diversos
autores que analizan los tiempos violentos y a sus protagonistas, así como en
la lectura de más de una cuarentena de libros que analizan y denuncian la guerra sucia que se inicia el 18 de mayo de
1980. Desde, sólo para citar algunos títulos, Guerra popular en el Perú – El pensamiento Gonzalo (1989) editado
por Luis Arce Borja, Sendero (1991) de Gustavo Gorriti, Muerte
en el Pentagonito (2004) de Ricardo Uceda, pasando por Los
topos (1991) de Guillermo Thorndike, Ojo por ojo (2003) de Umberto Jara, Sin
Sendero (2009) de Vladimiro Montesinos, Que difícil es ser dios
(1989) de Carlos Iván Degregori, hasta De puño y letra (2009) de Abimael
Guzmán Reinoso.
En este tramo descubrí también a muchísimos
autores que han dedicado su pluma creativa a los asuntos de la guerra desde diversos
ángulos, disímiles en toda línea, pero con un conocimiento bastante profundo de las luchas,
las esperanzas y las contradicciones andinas, escenarios donde se libraron las
feroces batallas de armados contra armados y el gran pueblo desarmado. Fue
justamente en el 2009 que viajé a Lima y se me ocurrió la locura de visitar la
cárcel de máxima seguridad Miguel Castro Castro, el pabellón B, donde me
encontré con los miembros del Grupo Literario Nueva Crónica. La manera como
logré mi ingreso a la cárcel puede formar parte de una alucinante novela. Aquí
pude conversar con el famoso director de teatro campesino Víctor Zavala Cataño
y Víctor Hernández que publicó Golpes de viento (2008) un volumen
de cuentos sencillos, llenos de tensión e intensidad, donde se siente la calidad
de seres humanos, con todas sus contradicciones, de quienes cayeron por sus ideales, asumiendo la violencia revolucionaria como partera de
la historia. El cajamarquino, Agustín Machuca Urbina, en Trece días (2012) narra los días de torturas que sufre un combatiente del Ejército Guerrillero Popular del PCP.
Anteriormente había leído Camino de Ayrabamba y otros
relatos (2007), una antología escrita en la prisión por algunos miembros
del Grupo Literario Nueva Crónica. Desde Harta cerveza y harta bala (1987) Luis
Nieto Degregori mostró su preocupación por el tema de la insurgencia senderista
y la contrainsurgencia militar, lo siguió en La joven que subió al cielo (1988) donde una chica enamorada de un senderista pasa dos semanas con un grupo
insurgente durante su campaña armada y en Como cuando estábamos vivos (1989)
cuando el conflicto sangriento se extiende en todo el país. Félix Huamán Cabrera le
da voz a un sobreviviente del exterminio de una comunidad campesina por parte
del ejército en la novela Candela quema luceros (2006), cuya
primera edición data de 1989. Susana Guzmán, hermana de Abimael, también cuenta
una historia otoñal ambientada en los años cincuenta e incluye pasajes
sobre el huracán de Sendero Luminoso en En mi noche sin fortuna (1999).
También circularon con éxito La otra versión (2003) y Lo
que se viene (2006) de Gabriel Uribe. Desde el cuzco Areli Aráoz Villasante
nos entrega Después del silencio (2007) una historia de amor y traición en
el marco de la guerra subversiva. Con El idioma del fuego (2007) Martín
Reátegui Bartra retrata las luchas de los pueblos selváticos confrontados al
flagelo violentista que azotó a nuestro país.
Dante
Castro es otro de los autores que se define como "poco recomendable para cardiacos, no sugerible para
sentimentales e inelegible para señoras respetables", ha
remecido la literatura nacional a través de sus narraciones y ensayos
publicados en internet como en sus emblemáticos libros Otorongo y otros cuentos (1986) o Tierra de pishtacos
(1999). Sin duda, entre los mejores libros que tratan la guerra desde dentro se
pueden mencionar la galardonada novela Retablo (2006) del ayacuchano Julián
Pérez y La niña de nuestros ojos (2010) del cajamarquino Miguel
Arribasplata Cabanillas. Desde París Mario Wong escribió Su majestad el terror
(2009). Óscar Colchado Lucio también nos entregó Rosa Cuchillo (2000) que
narra, apoyándose en la mitología, los dos mundos, el de la guerra y el de la
muerte. El autor Jorge Flórez-Áybar, nacido a orillas del Lago Titicaca, en su
libro La agonía de Kamáchiq (2009) talla el drama de los hombres del
Ande. Lo mismo que en Hienas en la niebla (2010) su autor,
Juan Morillo Ganoza, ofrece una perspectiva diferente sobre las acciones de los
personajes que participaron en la guerra interna. La novela Confesiones
de Tamara Fiol (2009) del famoso Miguel Gutiérrez contando las aventuras del reportero salvadoreño-norteamericano
Scott Bartres que llega al Perú para realizar un reportaje sobre las mujeres de
Sendero teniendo como confidente a Tamara Fiol, quien le expone como empezó todo,
incluido las revueltas de los sesenta y la llegada del conquistador Pizarro a
Piura, es una cháchara aburrida y ni siquiera la belleza de Tamara y sus frenéticos actos
sexuales resultan atractivos. Ha sido Rodrigo Nuñez Carvallo quien ha publicado
Sueños
bárbaros (2010) una novela muy original, aunque no trata
directamente de la violencia, sino más bien sus secuelas calando en forma sorprendente
al interior de un grupo de apasionados por el cine y el amor a la vida. Jorge Espinoza
Sánchez en Las cárceles del Emperador (2007) retrata la arbitrariedad y el
horror de la oscura etapa fujimontesinista en cuanto al atropello de los
derechos humanos y las ejecuciones extrajudiciales, esto lo convierte, en mi
opinión, en otra de las novelas que todo peruano, que se precie de honesto y
democrático, deba leer. Hace unos días me llegó Profetas del odio - Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso (2012) de Gonzalo Portocarrero que en poquísimo tiempo ya cuenta con dos ediciones y una reimpresión y cuya presentación pública despertó la ira del reciente estrenado movimiento pro-senderista: MOVADEF.
Este
ha sido un recuento, a la volada, de los libros que he leído desde este mi
cómodo sillón Voltaire de Colonia, la
mayoría de ellos no han sido reseñados en las revistas o periódicos de circulación
nacional, ni siquiera se los menciona. Los críticos o difusores culturales los
desconocen o se hacen los suecos. Muchos de estos libros seguro duermen
olvidados en los anaqueles de algunas librerías o de algunas bibliotecas. Y no olvidemos a los poetas, que no son pocos, quienes en hermosos
poemarios y en blogs dan cuenta de aquellos tiempos horribles. Sin duda
sigue y seguirá creciendo el interés de los autores, tanto letratenientes como proletras,
pa’ meter su cuchara en la última guerra
interna, así lo manifiesta Mark Cox en uno de sus libros de ensayos Sasachakuy tiempo – Memoria y
pervivencia (2010) donde deduce que ya existirían algo más de "306 cuentos y 68 novelas por 165 escritores", además de "por lo menos 30 novelas en inglés" así como "unas dieciséis películas en español y en inglés". Y así tiene que ser, poco a poco la verdad verdadaderamente verdadera saldrá a la luz para el
bien de las mayorías o el mal de algunas minorías.
Colonia, septiembre del 2012.
Donnerstag, 3. Mai 2012
Maribel
Con su
vestido de percala celeste llegó a la casa, casi a escondidas, mi prima
Maribel. Nunca antes la había visto. En sus ojos negros se retrataba toda la timidez
del pueblo. La quise tomar de una mano y la arrastrarla a la cocina, pero ella
rechazó mi gesto. A unas palabras de mi padre me siguió dócilmente. Mamá,
apurada, se empeñaba en atizar el fuego. La leña verde en el fogón se deshacía
en pequeños y bullangueros fuegos artificiales. El humo nos hizo lagrimear.
Maribel saludó débilmente y, sin decir nada más, se sentó en un poyo al lado de
mamá. Los cuyes, alborotados por sus pies desnudos, desaparecieron en una
esquina del cuyero.
Durante la
comida papá diciendo dijo que Maribel iba a quedarse unos días en casa. “Te
portarás bien con ella”, me advirtió papá con una severidad desconocida. Cuando
pregunté las razones por las que Maribel venía a casa, papá diciendo dijo que
era muy difícil de explicar. “Para entender estas cosas aún no tienes la edad
suficiente”.
A los
pocos días Maribel ya se había acostumbrado a la rutina de la casa. Ayudaba a
mamá con una notable apatía o desgano. Se desplazaba por la casa y el patio
como un fantasma, terriblemente en silencio y sin mirar de frente. Se iba de un
lugar a otro, con pasitos menudos y calmosos, como si fuera cargando un peso
enorme. Maribel era hermosa a pesar de esas dos largas cicatrices que daban a
su rostro un aire misterioso y le torcían un poco el semblante triste de sus
labios. Sus manos también estaban marcadas por cicatrices y sus dedos
presentaban unas extrañas deformaciones.
Me gustaba
su cercanía pero ella era impenetrable. La perseguía en silencio y ella
mostrando su fastidio por mis intentos de entrometerme en su vida, simplemente
me apartaba con cierta violencia y se alejaba. Nunca contestó a mis preguntas.
Una vez, sentada a la orilla de su cama, la encontré sollozando. Apenado quise
consolarla, entonces me apresuré a abrazarla. Apenas sintió que mi mano rozaba
su hombro, se levantó con furia en su mirada y su grito destemplado me dejó
aturdido. “¡No me toques asqueroso shapingo!
Los días siguientes la miraba desde lejos, pero no me atrevía a ponerme a su
lado. Apenas la veía aparecer un desquiciado temor transtornaba todos mis
sentidos.
Una de
esas soleadas tardes se fue con mamá a lavar la ropa al río. Tratando de no ser
descubierto, seguí a las dos mujeres. Sumergidas en el agua hasta las rodillas
y armadas de jabón Bolívar trabajaban incansables. Más tarde, sobre las pencas
y las piedras, tendieron la ropa para que se seque al sol. Entonces mamá se
desvistió para bañarse. Maribel hizo lo mismo, después de pensarlo un rato,
pero se quedó con el camisón que llevaba bajo su vestido de percala celeste.
Así ingresó al río, tratando de alcanzar una esquina donde nadie la pudiera
ver. Con el mayor sigilo me deslicé hasta un lugar desde donde podía verla en
todo su esplendor. Mirando en todas las direcciones, asegurándose que nadie la
estuviera observando, se sacó el camisón. Sentí el palpitar de las venas en mis
sienes, mi corazón como un loco golpeaba mi pecho.
Grande fue
mi sorpresa al ver que sus pechos estaban desfigurados por horribles
cicatrices. ¿Qué diablos había sucedido con ella? Con esta pregunta, asustado,
inquieto, me alejé pensativo. Pasó un buen tiempo hasta que una mañana Maribel
no vino a desayunar. Había desaparecido. Mamá en un arrebato de preocupación,
diciendo dijo dirigiéndose a papá: “Pobre muchacha, ojalá y no le pase nada”.
Entonces papá, dejando todo a un lado, se fue en busca de Maribel.
Al
mediodía regresó papá. En su rostro había preocupación, estaba abatido. “Parece
que la ha robado ese desgraciado de su marido”. Entonces, mamá, entre lágrimas,
me reveló la triste historia de mi prima Maribel.
Resulta
que Maribel se había casado muy joven con un muchacho a quien no le gustaba
trabajar. “Vivía de lo ajeno”, diciendo dijo mamá. Entraba en los potreros de
los vecinos y se llevaba el ganado para venderlo en las ferias dominicales de
los pueblos cercanos. “Era un abigeo”, sentenció mamá. A Maribel no le gustaba
que su marido se dedicara al abigeato y varias veces lo amenazó con avisarle a
sus suegros y demás parientes. El abigeo de su marido, montando en cólera, le
propinaba tremendas golpizas que la obligaban a guardar cama durante varios
días, mientras que el agresor desaparecía una temporada.
Pasada la
tormenta su marido volvía como si no hubiera pasado nada y arrepentido, muy
cariñoso, le hablaba de un futuro diferente y le prometía nunca más
“aprovecharse de lo ajeno”. Pero esas promesas no alcanzaban ni para unas
semanas. Dormía de día y de noche desaparecía. Al volver regresaba con mucho
dinero que Maribel no quería aceptar llamándola “plata cochina, malhabida”.
Esta rebeldía le volvía a costar nuevas palizas y nuevos abandonos. Las rondas
campesinas, la justicia campesina, recién empezaban a organizarse.
Una tarde
mientras Maribel regresaba de la casa de sus padres, encontró a su marido
arreando dos hermosas vacas y una yunta que pertenecían a unos parientes suyos.
Maribel, decidida, le pidió que devolviera los animales a sus verdaderos
dueños. El abigeo, frente a sus cómplices, se sintió humillado cuando Maribel
diciendo dijo que iría a “dar parte a las autoridades”, que iba a llamar a las
rondas campesinas. El hombre, endemoniado, se avalanzó sobre la joven y empezó
a golpearla. Maribel cayó al suelo y su marido la agarró a patadas. Ella
gritaba, pedía piedad, misericordia. Le imploró a dios, a la virgen María, a su
madre, a su padre... pero nadie acudió en su auxilio.
Tambaleando
Maribel se levantó y casi sin resuello, adolorida, diciendo dijo que iría a
denunciarlo. Ni bien terminó de formular la amenaza, el abigeo sacó el cuchillo
y le asestó, sin miramientos, dos, tres, cuatro, cinco cuchilladas en el pecho.
En su desesperación ella se agarró del arma y al final del forcejeo terminó con
las manos destrozadas. Luego el abigeo, su marido, no contento con lo que había
hecho le cruzó el rostro con dos certeros cuchillazos.
Un grupo
de vecinos que pasaban en dirección al pueblo, encontró a Maribel casi
moribunda y de inmediato la trasladaron a la posta médica del pueblo. Papá,
valiéndose de amigos, convenció a la policía para que detenga al agresor. El
juez, en complicidad con los policías corruptos, hizo todo lo posible para
evitar el juicio y posterior encarcelamiento del abigeo. No había pruebas,
diciendo dijo el juez, e incluso Maribel, por miedo, se negaba a denunciar a su
marido. A las pocas semanas nuevamente el abigeo había retomado sus tropelías.
Con el fin
de apartarla del abigeo, de protegerla, trajeron a Maribel a nuestra casa. Pero
su marido enterado del lugar donde se ocultaba su esposa, organizó el rescate,
el secuestro.
Entonces
papá y mis tíos acudieron a las rondas campesinas. En una asamblea escucharon
las acusaciones contra el abigeo, el marido de Maribel. A los pocos días las
rondas campesinas detuvieron al abigeo, liberaron a Maribel y aplicaron con
severidad la justicia de los hombres del campo. Ama sua. Ama llulla. Ama quella.El día de la madre
Mi hermano
Manuel diciendo me dijo, en secreto, que sabía como los niños vienen al mundo.
A los niños no los trae la cigüeña, eso es mentira. Todos venimos de la barriga
de mamá.
Porque nos
originamos en sus entrañas, ellas se sacrifican por nosotros, sus hijos, hasta
dan la vida en defensa de sus crías. Con paciencia nos alimentan con su propia
leche y sin asco nos cambian los pañales. Las mamás son felices cuando
ensayamos el primer paso y se emocionan hasta las lágrimas cuando balbuceamos
un “ma-ma” inicial.
Mamá nos
lleva a la escuela. Nos enseña a ser honrados y diciendo dice que la lectura de
buenos libros nos harán libres. Sufre en silencio cuando no hay suficiente
dinero en casa y disimula muy bien, entonces ríe para que no veamos su tristeza
y nos alienta a vencer derrotas y humillaciones. Cuando papá no tiene trabajo,
entonces ella va en busca de algún quehacer para traer alimentos al hogar.
Desde la
puerta de la casa veo a mamá sentada en un poyo del patio. El sol brilla en la
negrura de sus ojos. Ella no va a la peluquería, mi hermana mayor la peina y al
mismo tiempo le va sacando los piojos que se enredan amparados en la oscuridad
de su cabello. Tampoco se maquilla. Sus cejas espesas no necesitan de tintes.
Sus labios tienen la rojez de las fresas.
Cuando
mamá discute con papá, ella gana pues siempre tiene la razón. Entonces, papá le
declara la guerra fría. No le habla ni la mira. Mamá le sirve el almuerzo o la
cena sin decir nada. Papá, con la cabeza gacha, come callado. A veces, molesto,
enrabiado, papá deja de venir a casa por unos días. A mamá eso no le preocupa.
“Ya le pasará la gafera”, diciendo nos dice y sigue ocupada con las labores de
casa.
Dentro de
unos días se celebra el día de la madre. En la radio hablan de las bondades y
los sacrificios de las mujeres-madres. Todos comentan su nobleza y santidad.
“Si realmente amas a tu madre, regálale una licuadora Oster”, diciendo dice la
propaganda en la radio. Mientras leo en mi libro Coquito: Mi ma-má me a-ma, la radio sigue: “Este domingo haga feliz a su
madre con una lavadora Phillips”.
Continúo
escuchando la radio y no sé que le puedo regalar a mamá en su día, estoy
pensando en una sorpresa. Ma-me-mi-mo-mu.
Yo a-mo a mi ma-má.
Samstag, 7. April 2012
Semana santa (1)
![]() |
| Foto: Pisadiablo. |
Mi hermano
Manuel se había levantado muy temprano para ir a casa del abuelo y traer el
burro donde transportarían a Jesús en su paseo por el pueblo y su visita a las
casas de los principales personajes de la ciudad.
Mi tía
Alejandrina, que anda ciegamente enamorada del cura, había preparado un lindo y
nuevo apero. Los bozales y las riendas los forró con hilos de plata. A la
carona, tejida con algodón, la tiñó de azul cielo, la adornó con bordados de
oro y le colgó largos flecos por todos los costados. La silla era de suave
cuero labrado de ramos y figuras geométricas. La cincha, una faja roja y blanca
con extensas borlas en los extremos. Mamá diciendo dice que la tejió una devota
como agradecimiento al Nazarenito, se
refiere a Jesús, por haberle conseguido marido a su hija que nadie la quería
desposar. O como mejor diría mi amigo Fortunato, “todos los novios la usan y luego
la dejan”.
Tía
Alejandrina se puso un vestido corto que le resaltaban el pecho y las caderas.
Zapatos negros de charol con taco aguja y medias negras de naylon mostrando la
bondad de sus piernas. Fortunato, al verla, diciendo me dice al oído: “Cuando
el cura la vea se pondrá bizco de puro arrecho”. Desde hace varias atrás semanas
tía Alejandrina se ocupaba, comiendo a la volada y descuidando otras tareas de
casa, de todas las cosas para la procesión, diciendo dice que por amor a Jesús,
pero todos sabemos que, cerrando los ojos, suspira pensando en el cura. Y
Fortunato asevera con cachita que “el cura no se hace del rogar cuando se trata
de darle su amor al prójimo”.
Sudoroso
llegó Manuel trayendo al burro. Tía Alejandrina salió a recibirlo apresurada y
palmoteándole las ancas al jumento: “Te portarás bien”, diciendo le dijo. “Este
burro es más mostrenco que el abuelo”, le replicó Manuel. Papá que estaba observando desde la cocina les recordó
que no vayan a descuidar al burro. “Siempre luhan de tener agarrau, ni un
momento descuidau”. Entonces tía Alejandrina, como si el animal la entendiera,
lo amonesta con fingida severidad: “Te advierto, nada de burradas sidenó te jalo de las orejas y te las
pongo más largas todavía”.
Con sumo
cuidado, dirigidos por el cura, los acólitos y algunos conocidos devotos, entre
los que se halla don Casiano Hernández, distinguido personaje que, cuando se
emborracha, manda al cura y a todos los santos a Mishika o al infierno, bajan a
Jesús de su altar. En el atrio de la iglesia las palmas se agitaban, bailando y
silbando con el viento. Ponchos y sombreros se arremolinan junto a los señores
de terno y corbata y las damas que estrenan sus novedosos “estilo sastre”.
Fortunato y un grupo de muchachos aumentan la bullanguería con sus pitos y
cornetas, efímeros instrumentos hechos con las hojas de las palmeras.
Una vez
que han colocado a Jesús, El nazareno,
sobre el burro, un numeroso grupo de acólitos con ponchos rojos, blancos y
azules, presididos por un cura serio y solemne, salieron al atrio. Mi hermano
Manuel apareció jalando al burro donde iba montado Jesús, con la cara siempre
blanca, de yeso, igual que sus manos que las lleva levantadas a media asta y casi
cerradas. Al ver aparecer a la imagen de Jesús sobre el manso jumento la gente
levantó sus palmeras con mayor entusiasmo, las agitaba emocionada, mientras las
más devotas caían de rodillas, rezaban, cantaban, lloraban. Una salva de
cohetes saludó a la venerada imagen.
Tía
Alejandrina desdobló la sombrilla, una especie de pañolón cuadrado, bordado en
oro y flecos dorados bailando al viento, que estaba atado en sus puntas a
cuatro varas blancas y la extendió sobre Jesús para protegerlo del pavoroso
incendio del sol. El incienso se desparramó en aromáticas nubes y la banda
emepzó a tocar canciones sacras alusivas a la fecha. Tía alejandrina sólo tenía
ojos para el cura.
La
procesión de Jesús ha recorrido ya las calles y los principales lugares del
pueblo: la municipalidad, la suprefectura, las oficinas del notario y del juez,
el mercado y la comisaría. Frente a la casa del alcalde, quien había mandado
levantar una capilla en la puerta de uno de sus negocios, la procesión hizo un
alto. Mi hermano Manuel dejó suelto el freno del burro para sujetar mejor a
Jesús en su asiento. Ese fue el preciso momento en que el jumento dio un salto
ágil, lanzó por los aires a Jesús, y de cabeza se metió por la única puerta
abierta.
El clamor
estalló como una bomba. Jesusito, El
nazareno, se había caído. Tía Alejandrina, aprovechando el caos, abrazó al
cura desesperada y le pidió que haga algo por la sagrada imagen. El delirio fue
una sola plegaria al cielo. Mi hermano Manuel, tras unos instantes de duda,
corrió con la intención de atajar al pollino que se había detenido inocente y
manso en una habitación llena de alfombras de la casa del alcalde.
Pasado el
susto, en la plaza de armas del pueblo, la gente comentaba el grave accidente y
auguraban tragedias indecibles. Es mal agüero, diciendo dicen. Se golpean el
pecho con los puños cerrados, rezan de rodillas y las manos levantadas hacia el
cielo azul piden clemencia y lloran.
![]() |
| Foto: Pisadiablo. |
“Jesús se
ha hecho mierda”, diciendo dijo don Casiano Hernández y, destapando una botella
de cañaso, se metió un largo trago entre pecho y espalda.
Unos días
después tía Alejandrina y el cura desaparecieron de San Miguel...
Abonnieren
Posts (Atom)


