Samstag, 7. April 2012

Semana santa (1)



Foto: Pisadiablo.
San Miguel de Pallaques era una feria. La banda de músicos en la plaza de armas entonaba canciones que animaban la fiesta. Por todas las calles había agitación y la gente caminaba llevando frescas ramas de palmeras que vibraban con el viento. Eran los días de la semana santa y estábamos en pleno domingo de ramos, recordando de esta manera la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén donde el pueblo, armado con palmas o ramos, lo aclamaría como su rey.
Mi hermano Manuel se había levantado muy temprano para ir a casa del abuelo y traer el burro donde transportarían a Jesús en su paseo por el pueblo y su visita a las casas de los principales personajes de la ciudad.
Mi tía Alejandrina, que anda ciegamente enamorada del cura, había preparado un lindo y nuevo apero. Los bozales y las riendas los forró con hilos de plata. A la carona, tejida con algodón, la tiñó de azul cielo, la adornó con bordados de oro y le colgó largos flecos por todos los costados. La silla era de suave cuero labrado de ramos y figuras geométricas. La cincha, una faja roja y blanca con extensas borlas en los extremos. Mamá diciendo dice que la tejió una devota como agradecimiento al Nazarenito, se refiere a Jesús, por haberle conseguido marido a su hija que nadie la quería desposar. O como mejor diría mi amigo Fortunato, “todos los novios la usan y luego la dejan”.
Tía Alejandrina se puso un vestido corto que le resaltaban el pecho y las caderas. Zapatos negros de charol con taco aguja y medias negras de naylon mostrando la bondad de sus piernas. Fortunato, al verla, diciendo me dice al oído: “Cuando el cura la vea se pondrá bizco de puro arrecho”. Desde hace varias atrás semanas tía Alejandrina se ocupaba, comiendo a la volada y descuidando otras tareas de casa, de todas las cosas para la procesión, diciendo dice que por amor a Jesús, pero todos sabemos que, cerrando los ojos, suspira pensando en el cura. Y Fortunato asevera con cachita que “el cura no se hace del rogar cuando se trata de darle su amor al prójimo”.
Sudoroso llegó Manuel trayendo al burro. Tía Alejandrina salió a recibirlo apresurada y palmoteándole las ancas al jumento: “Te portarás bien”, diciendo le dijo. “Este burro es más mostrenco que el abuelo”, le replicó Manuel. Papá que estaba observando desde la cocina les recordó que no vayan a descuidar al burro. “Siempre luhan de tener agarrau, ni un momento descuidau”. Entonces tía Alejandrina, como si el animal la entendiera, lo amonesta con fingida severidad: “Te advierto, nada de burradas sidenó te jalo de las orejas y te las pongo más largas todavía”.
Con sumo cuidado, dirigidos por el cura, los acólitos y algunos conocidos devotos, entre los que se halla don Casiano Hernández, distinguido personaje que, cuando se emborracha, manda al cura y a todos los santos a Mishika o al infierno, bajan a Jesús de su altar. En el atrio de la iglesia las palmas se agitaban, bailando y silbando con el viento. Ponchos y sombreros se arremolinan junto a los señores de terno y corbata y las damas que estrenan sus novedosos “estilo sastre”. Fortunato y un grupo de muchachos aumentan la bullanguería con sus pitos y cornetas, efímeros instrumentos hechos con las hojas de las palmeras.
Una vez que han colocado a Jesús, El nazareno, sobre el burro, un numeroso grupo de acólitos con ponchos rojos, blancos y azules, presididos por un cura serio y solemne, salieron al atrio. Mi hermano Manuel apareció jalando al burro donde iba montado Jesús, con la cara siempre blanca, de yeso, igual que sus manos que las lleva levantadas a media asta y casi cerradas. Al ver aparecer a la imagen de Jesús sobre el manso jumento la gente levantó sus palmeras con mayor entusiasmo, las agitaba emocionada, mientras las más devotas caían de rodillas, rezaban, cantaban, lloraban. Una salva de cohetes saludó a la venerada imagen.
Tía Alejandrina desdobló la sombrilla, una especie de pañolón cuadrado, bordado en oro y flecos dorados bailando al viento, que estaba atado en sus puntas a cuatro varas blancas y la extendió sobre Jesús para protegerlo del pavoroso incendio del sol. El incienso se desparramó en aromáticas nubes y la banda emepzó a tocar canciones sacras alusivas a la fecha. Tía alejandrina sólo tenía ojos para el cura.
La procesión de Jesús ha recorrido ya las calles y los principales lugares del pueblo: la municipalidad, la suprefectura, las oficinas del notario y del juez, el mercado y la comisaría. Frente a la casa del alcalde, quien había mandado levantar una capilla en la puerta de uno de sus negocios, la procesión hizo un alto. Mi hermano Manuel dejó suelto el freno del burro para sujetar mejor a Jesús en su asiento. Ese fue el preciso momento en que el jumento dio un salto ágil, lanzó por los aires a Jesús, y de cabeza se metió por la única puerta abierta.
El clamor estalló como una bomba. Jesusito, El nazareno, se había caído. Tía Alejandrina, aprovechando el caos, abrazó al cura desesperada y le pidió que haga algo por la sagrada imagen. El delirio fue una sola plegaria al cielo. Mi hermano Manuel, tras unos instantes de duda, corrió con la intención de atajar al pollino que se había detenido inocente y manso en una habitación llena de alfombras de la casa del alcalde.
Pasado el susto, en la plaza de armas del pueblo, la gente comentaba el grave accidente y auguraban tragedias indecibles. Es mal agüero, diciendo dicen. Se golpean el pecho con los puños cerrados, rezan de rodillas y las manos levantadas hacia el cielo azul piden clemencia y lloran.
Foto: Pisadiablo.
“¿Qué ha pasado que el populacho está alarmado?”, preguntó don Santos Malca "El Chimbalcao", que se acercaba tambaleando más borracho que la cerveza.
“Jesús se ha hecho mierda”, diciendo dijo don Casiano Hernández y, destapando una botella de cañaso, se metió un largo trago entre pecho y espalda.
Unos días después tía Alejandrina y el cura desaparecieron de San Miguel...

Montag, 9. Januar 2012

La breve historia del oro verde



En aquellos tiempos cuando dios andaba por estas tierras, contando cuentan que existía una mujer muy hermosa, la Mama-coca, que ponía loquitos a los hombres con los encantos de su cuerpo y tenía la facultad de convertirse en una planta de hojas verdes y ovaladas.
Después que los conquistadores blancos mataron al inca Atahualpa y saquearon la ciudad de Cajamarca en busca de oro y plata, sucedieron crueles y sangrientos enfrentamientos en el resto del imperio incaico. Los pueblos fueron destruidos, los cultivos arrasados, los templos profanados e incendiados, los tesoros sagrados desvalijados. Los soberanos dueños de estas tierras tan hermosas, en poco tiempo conocieron la miseria y el dolor. Los conquistadores, cabalgando en briosos caballos y amparados en sus armas que vomitaban fuego, perseguían a sus indefensas y asustadas víctimas.
Entonces apareció la bella Mama-coca y, en un descuido de los soldados extranjeros, se apoderó de los tesoros sagrados que aún no habían sido descubiertos. Con su preciosa carga se escapó por las alturas y, para impedir que caiga en manos de los conquistadores, lo arrojó en las profundidades de las aguas de la laguna de Conga. Enfurecidos los españoles por tal atrevimiento, la persiguieron sin tregua hasta que lograron capturarla y aunque la sometieron a terribles tormentos, ella no les reveló el lugar donde había escondido la cuantiosa fortuna.
Considerando que no tenía escapatoria, llamó a la gente y les dijo: “Miren aquellas plantas de hojitas muy verdes, con ellas van a olvidar las penas, las fatigas. Su jugo va a ser el mejor remedio para las tristezas y el cansancio, en ellas podrán ver el futuro, lo que el destino les depare. Ese jugo que para ustedes será la fuerza y la vida, para los blancos será sólo vicio repugnante y degenerador, mientras que para ustedes será un alimento espiritual, a ellos les causará idiotez y locura. No olviden cuanto les digo y cultiven esa planta, es la preciosa herencia que les dejo, cuiden que no se extinga, consérvenla y propáguenla entre nuestros hermanos con veneración y amor. Esa planta soy yo...”
Apenas terminó de hablar, su cuerpo se partió por la mitad y de allí nació esa matita de hojas verdes y ovaladas que hoy conocemos como coca. Y ahora la laguna de Conga ha despertado la ambición de los nuevos conquistadores.

La maldita bondad de una injusticia


 Don Ashuco cuenta que hay un país muy pequeño en Europa que se llama Suiza. Tiene montañas y lagunas tan lindas como las de Cajamarca y dice que los suizos producen, aparte de quesos, armas para todo el mundo, aunque nunca han declarado una guerra a nadie. Hacen alarde de neutralidad, pero sus armas matan gente, destruyen casas y caminos en todo el mundo.
Con el dinero que consigue vendiendo armas construyen enormes y lujosos edificios y ahí funcionan poderosos bancos, pero son bancos que trabajan de acuerdo a leyes fuera de toda ley. En esos bancos depositan dinero malhabido toda clase de malandrines, negociantes de droga, contrabandistas, mafiosos de toda laya y gobernantes que roban el dinero de sus países.
Cuando los jueces y los policías van a reclamar el dinero robado, allá en esos bancos nadie sabe nada, se callan en suizo y en todos los idiomas, aquí no hay nada, a ustedes no les importa, no jodan, esta ventanilla está cerrada al público, hoy no se atiende más, así diciendo, los botan y no les hacen más caso. Pero los bancos no se cierran, siguen abiertos.
Aquí en nuestro país los clientes de esos bancos también callan y no cuentan nada, ni ante la ley, se niegan a decir en qué banco suizo han depositado todo lo que han robado y no les pasa nada.
A mi hermano Juancho, diciendo dice don Ashuco, las mineras le quitaron sus terrenos a engaños. Nadie le hizo caso a sus reclamos. Un día lo sorprendieron cogiendo los restos de comida de un restaurante y lo llevaron a la comisaría. Acusándolo de terrorista lo condenaron a quince años de cárcel. Lo bueno de esta desgracia, se alegra don Ashuco, es que ahí tiene por lo menos donde dormir.

Nuestra casa

Foto: Pisadiablo
La casa que habitamos es vieja y maltrecha. Las paredes han empezado a desmoronarse en algunas esquinas. El techo está cubierto de paja y tejas, muchas de ellas rotas y en la temporada de lluvias gotea tinteneantemente hacia dentro de la habitación donde dormimos. A pesar de esto vivimos aquí, porque mamá dice que somos pobres, y cuenta que peor vive la gente en las barriadas de Cajamarca.
En la cocina hay una mesa negra con una pata rota. Papá ha confeccionado dos bancas rústicas de aliso que se apoyan en trozos de adobes. No hay más muebles, salvo una tarima de palos donde mamá guarda sus ollas de barro que papá trajo de Jancos. También hay un tiesto renegrecido por el ollín. Sobre la mesa cuelga una lipa para guardar los quesillos que nos trae una de mis tías. Si no tuviéramos esas tías, nos recuerda mamá, no sabríamos que sabor tienen los quesillos.
En una barbacoa de cañabravas cubiertas con pellejos de güishas que hacen de colchón dormimos todos. Nos divertimos mucho dándonos pataditas bajo los pullos hasta que mamá nos regaña reclamando que no la dejamos dormir. Cuando tenemos visita nos toca “arrearlo” de casa para no darle posada porque no hay espacio en la cama.
Cuando sea grande trabajaré en las minas de oro, con todo el dinero que gane, compraré una casa nueva y esta casa vieja, que ya empieza a derrumbarse, la regalaré a los pobres que viven en las barriadas de Cajamarca.

Carta abierta a Ollanta Humala, actual presidente del Perú / Desde lejos las lagunas semejan láminas de acero


"Los perfiles recortados de los cerros, sus oxidaciones color de amatista y, dominando desde su profundidad el espectáculo, la vasta lámina acerada del lago. Y entonces, sin saber por qué, sentimos que toda esta fría inmovilidad es también una vida. La vida fuerte, dura, inmensamente desdeñosa de la piedra. Vida cuyo secreto, acaso, la laguna lo conoce y lo calla". (“Notas sobre el paisaje de la sierra” de Mariano Iberico, Cajamarca).

Señor Ollanta Humala, presidente del Perú:
Desde la apacible ciudad de Colonia, ubicada casi como un ombligo de la República Federal de Alemania y bañada por esa inmensa corriente de agua conocida como el río Rhein, mientras afuera hace un frío del carajo, desde mi ventana observo los árboles que por efecto del otoño se han despojado de sus hojas y muestran toda su erótica desnudez, en mi balcón una pareja de pájarillos ha hecho su nido y con amoroso y disciplinado celo solidario, “no militar”, protegen sus dos huevos. El sol, devaluado en su calor, cabalga sobre las nubes blancas que manchan el espejo azul del cielo. No hay autos transitando en la calle, sólo la radio y su música me acompañan.
Pero son otros motivos que me animam a escribirle esta carta, y lo hago como simple ciudadano, como sanmiguelino “pisadiablo”, y por lo tanto, como cajamarquino, comprometido con la justicia, con la belleza y la literatura. No sé cuantos siglos vivo ya en Alemania y aquí he aprendido la devoción y el respeto que se tiene por la naturaleza. Aquí también se dan duras batallas en defensa del medio ambiente, pues las empresas, donde sea que éstas se encuentren, tienen el mismo espíritu depredador y sólo les interesa llenar de dinero sus cuentas bancarias a costa de la vida de la fauna y la flora. Desde algunos años atrás, durante los gobiernos de Fujimori, Toledo y García se han permitido, en nombre del progreso y del desarrollo, el ingreso de empresas mineras, como la de Yanacocha, que vienen destruyendo la inigualable belleza de los paisajes naturales de Cajamarca. Pero no sólo se acaba con la hermosura mineral de sus lagunas, sino que al suprimir las vertientes de agua desde sus cimientos, además de poner en peligro la vida humana, se acaba también con el alma y la vida de la región. Muchos de los cerros que antes mostraban orgullosos la verdura de frondosos bosques hoy tan sólo exhiben la soledad de los desiertos. Sí esos pequeños grupos de empresarios mineros no respetan la naturaleza, el futuro que le espera a los pueblos cajamarquinos sólo tiene un nombre: DESASTRE, sino miremos, para no ir muy lejos, a Cerro de Pasco.

Como usted sabe no es necesario ser político o especialista en cuestiones de medio ambiente para entender la lucha de los pueblos de Cajamarca. Usted mismo señor Humala en el 2007 pedía coordinar con las organizaciones cajamarquinas para organizar un paro en defensa del agua, de Quilish y contra el proyecto Conga. Incluso se puso dramático y con aires de héroe dijo que no sería raro si lo meten preso por soliviantar el ánimo de las masas. Para nadie es un secreto que en nuestro país no se hace lo que normalmente se debe hacer, es decir, para congraciarse con las elites económicas se violan las leyes y las más elementales reglas de la democracia y el respeto a las poblaciones. En Perú reina y gobierna la coima; la corrupción es una institución más; el engaño y el abuso del que más tiene contra los pobres es pan de cada día y crece bajo el ala protectora de autoridades y oficinas estatales. Es lamentable todo esto, y como aún tengo sangre en la cara, me da vergüenza declararme peruano.

Me acusarán de todo menos de solidario. Me llamarán antimero, activista ambiental a ultranza o radical, como se les llama a quienes protestan y exigen la protección de los derechos de la naturaleza, deseo, igual que todo el mundo, el desarrollo y el bienestar de mi gente y de mi país, pero que todo eso se haga con justicia y respeto. Usted pregonó como candidato la llamada Gran Transformación y con eso despertó las esperanzas de los desesperanzados, pero ese mismo programa fue variando según sus cálculos políticos para atraer a los privilegiados de la banca y de las empresas, quienes hicieron todo lo posible para evitar su triunfo en las urnas, y ahora cuando ven que usted a traicionado las espectativas populares y que sólo cambiará todo para no cambiar nada, no dudan en aplaudirlo y usted tampoco duda en premiarlos, en condecorarlos. El pueblo ya está cansado de pedir, de rogar justicia, quiere que se le escuche. Tantos años se ha paseado con sus oficios y sus sellos de una instancia a otra en busca de recepción y solución a sus problemas fundamentales y siempre se ha encontrado con la indolencia de las puertas cerradas, se ha enfrentado a la discriminación y la represión, y muchas veces la muerte ha silenciado sus reclamos.

Por todo esto y muchas cosas más, sería ocioso repetir lo que usted sabe de sobra, además necesitaría decenas de páginas para enumerarlas, es que se han puesto de pie los pueblos de Cajamarca. Además porque quieren que las concesiones mineras no se hagan a sus espaldas pues la patria no se vende, la patria se defiende, y como militar usted lo sabe más que otros, porque quieren que se respete la naturaleza y el medio ambiente, porque quieren que sus riquezas no sirvan para llenar los bancos de las transnacionales y a ellos sólo les quede la pobreza, la enfermedad y la muerte, porque quieren una real consulta previa y una democracia desde las bases, porque defendiendo el agua y la vida no los califica de terroristas, porque si el suelo y el subsuelo nos pertenece a todos se debe respetar el buen uso de ellos, porque el pueblo es tranquilo y pacífico, pero llega un momento en que su paciencia se encabrita y le sale el indio, entonces se desborda la cordura y ni los fusiles de su gendarmería que usted manda a "dialogar" podrá detenerlo, ni los estados de emergencia, ni los bloqueos de sus cuentas bancarias a sus gobiernos regionales, ni los juicios a sus dirigentes elegidos en las urnas y en las bases.

Señor Ollanta Humala, presidente del Perú, en sus manos está en decir NO a Conga, aun está a tiempo de rectificar si quiere que el pueblo lo recuerde con orgullo, sepa usted que la autoridad se gana con respeto y cariño y no a punta de fusiles, usted sabe que más importante es la vida, que el agua es un tesoro y vale más que el oro, que hay otras alternativas de desarrollo y bienestar y no todo se hace con el oro. Como sanmiguelino “pisadiablo”, como cajamarquino, desde Colonia, le solicito anular el proyecto Conga porque defendiendo el agua ahora no beberemos nuestras lágrimas mañana, y es deber y obligación suya defender la vida del pueblo peruano y la integridad del territorio nacional frente a la voracidad y el egoísmo de un puñado de empresarios mineros y porque aún queremos seguir viendo como Mariano Iberico: “Desde lejos, en una mañana sin viento, la superficie de la laguna semeja una lámina de acero”. Además el pueblo de Cajamarca en sendas y contundentes manifestaciones populares ya dijo: ¡Conga no va!, al margen de peritajes nacionales o internacionales. Finalmente le solicito ordene, a quien corresponda, la investigación y la condena a quienes resulten responsables por el asesinato de los pobladores de Celendín y Bambamarca que se manifestaban en defensa del agua y de la vida.

A la espera de sus noticias por el bien del Perú y de los peruanos, le saluda cordialmente:

Walter Lingán

Colonia, 14 de abril del 2012.

Mittwoch, 19. Oktober 2011

Un ángel en la puerta del infierno


Sieben lange Tage hab’ ich nur an dich gedacht.
Ich hab’ meine Bude aufgeräumt und schön gemacht.
Heut’ brennt mein Iglu(1)...

J. Moberg.

Los hombres son unos animales, unos asquerosos.

Ernst Jünger

Era domingo y regresabámos de Francfort. Oswaldo manejaba concentrado en la autopista, esa culebra negra deslizándose entre ciudades oscuras y campiñas verdes. Hacía calor. El hambre se asentaba como un raro sentimiento en la boca del estómago. Oswaldo conversaba, hablaba sin detenerse, cantaba y a ratos silbaba. Abrió la ventanilla izquierda del auto y entró un aire fresco, frío. Empezó a fumar y el humo del cigarrillo, penetrando en mis ojos, me molestaba. Serían las dos de la tarde cuando la catedral de Colonia apareció ante nuestros ojos. Abandonamos la autopista y entramos a la ciudad.
Frente a la puerta de mi casa estaba Petra, una amiga que solía visitarme con regularidad y de manera espontánea. Después de cuatro semanas había regresado de Los Angeles. Me saludó muy alegre. Petra no hablaba castellano. «Leider noch nicht»(2), nos dijo. Oswaldo la había observado con ojos de mercader: «Está buena.» Petra nos miró sonriendo sin saber de que hablábamos. Quizás se imaginaba: «Sprecht ihr von mir?»(3) Sonreímos, no, no. Entramos en mi habitación que era un soberano desorden de libros y papeles. No tenía nada para comer ni beber. Entonces decidimos salir en busca de un restaurante. Pero antes Petra me dijo: «Ich habe ein Geschenk für dich»(4) y sacó un paquete de su bolsa. «¿Es un elefante?» intenté adivinar palpando el pequeño paquete. Ella sonrió y en su rostro se formaron dos pequeños hoyos como remolinos en un río. Rompí la envoltura. Anatomie für Künstler novela de Kieseritzky. La revisé brevemente, desde mi estómago empezó a invadirme un sentimiento que nunca antes había sentido y no supe que decirle. La besé en la mejilla y le susurré al oído: «Danke Petra.»(5)
Caminamos hasta Barbarossaplatz y luego seguimos por la Luxemburgstraße. En esta calle entramos a un restaurante chino. Almorzamos y reímos de cada chiste. Oswaldo, antes de continuar su viaje a Duisburg, quería visitar a Ingrid. Pagamos la cuenta y salimos. Oswaldo se despidió y Petra se quedó conmigo.
¿Y…? le digo.
Wie bitte?(6) me contesta Petra.
Ob du was vorhast(7)...
Ach... Ich möchte noch zu dir gehen(8).
Ya en casa me preguntó una y otra vez, insistentemente, por Bárbara. Quería saber que pasaba entre nosotros, quería saber detalles de mis dificultades con ella. «Lo único que sé es que la quiero. Eso es lo feo del asunto.» Bárbara estudió Germanística en la Universidad de Colonia y por razones de trabajo se había trasladado a Francfort.
El sol iluminaba la tarde y unas palomas llegaron a descansar en el techo de la casa vecina. Una mujer con una toalla en la cabeza regaba las flores de su balcón. Le propuse a Petra salir nuevamente a una Kneipe a tomar algo y ahí seguir conversando. Quería escapar del espacio donde flotaba el recuerdo de Bárbara camuflado en cada objeto. La conversación se prolongó más allá de la medianoche. Aunque no fue todo en torno a Bárbara. Petra casi no hablaba. Pensativa, sacudía la cabeza al escuchar mis bemoles sentimentales. Nos unía una buena amistad surgida en largas horas de estudio conjunto. Ella me dijo alguna vez: «Estoy enamorada de un cabeza hueca.» Nunca la vi tras un muchacho en especial, era amigable y solidaria con todos los compañeros. Por eso cuando me invitó a pasar unos días en la casa de su madre, sabía que lo hacía siguiendo los impulsos de su bondad ilimitada. «Así no estarías solo, de otra manera no puedo ayudarte, pero aprovecharíamos el tiempo para preparar los exámenes que se nos vienen.» Después de alguna discusión, acepté la propuesta.

La madre de Petra veía la televisión. Me destinaron la habitación para los huéspedes, era pequeña, pero cómoda; con una ventana que daba al jardín. Petra y Anne, hermana menor de Petra y estudiante de arquitectura, ocupaban, cada una, amplias habitación en la segunda planta. Anne trabajaba frente a un Bildschirm(9). Realizaba trazos y dibujos que constituirían los planos de un edificio moderno y dinámico. Su habitación, con un orden envidiable, estaba repleta con libros de arte, dibujo y literatura brasileña y portuguesa. Maquetas de proyectos arquitectónicos y esculturas en barro y yeso. Dejó de trabajar para saludarme. Al día siguiente dio una lección crítica a los arquitectos latinoamericanos, preocupados en las vanguardias y los modernismos y no en la solución de los problemas habitacionales de sus pueblos. Manifestó su malestar contra los malos gustos de cierto arquitecto comunista que diseñó la ciudad de Brasilia.
Esa noche, después que con Petra revisamos pasados exámenes de Patología y Medicina Interna, empecé a leer Der Samurai von Savannah del americano T. Coraghessan Boyle. La novela cuenta el tragicómico encuentro de dos culturas: el joven marino japonés Hiro Tanaka salta desde el barco en un salvavidas cerca de las costas de Georgia. Como equipaje lleva unos cuantos dólares; la foto descolorida de su padre, un americano hyppie a quien nunca llegó a conocer y el libro Der Weg des Samurai de Mishima, minuciosamente protegido contra el agua. La nostalgia por la patria lejana se hizo evidente. Había cierta semejanza entre las aventuras del heroe de Boyle y la mía. Bárbara también hizo imposible mis sueños. Ella representaba esa cultura que enfrentaba a diario y estaba a punto de vencerme. Bárbara buscaba la comunión de la belleza física y la capacidad intelectual y esa búsqueda lo llevaba a ciertas libertades que yo no estaba dispuesto a tolerar. Bárbara no sólo era atractiva, era empeñosa, terca en sus proyectos, en sus ideas. Afirmaba que César Vallejo había creado un lenguaje poético revolucionario: «No respetó las reglas gramaticales del lenguaje oficial y rompió con el lenguaje poético tradicional. En Trilce según ella César Vallejo creó la estructura de un nuevo lenguaje y esto mismo deberían hacer los nuevos poetas germanos, o sea, romper con la camisa de fuerza que limitan la frescura y desfachatez del idioma alemán.» En Francfort hacíamos el amor en la misma cama donde recibía a Helmut, otro admirador del poeta peruano. «Esto tendría que terminarse», me repetí mil veces. Mientras más la odiaba, más la admiraba y me concentraba en investigar palabra a palabra, verso a verso, la creación poética de César Vallejo.


En El Cactus la música era ensordecedora y hacía un calor de los mil diablos. Había grupos de gente conversando junto a la barra y algunas parejas sudorosas bailaban en el poquísimo espacio que quedaba. El humo que despedían los fumadores flotaba golpeándonos sin piedad. Rafael dijo que tenía que conducir y por eso sólo bebía agua mineral. Yo en cambio tomaba tequila. Nelson y Emilio estaban borrachos. Ingrid, Claudia, Gabi y Petra bebían cerveza y conversaban de diferentes asuntos y se reían. Bárbara estaba frente a mí y sentada junto a Thomas, discutiendo apasionadamente sobre la poesía de Vicente Huidobro y César Vallejo. La mano de Thomas acariciaba la pierna de Bárbara mientras le recitaba: Tour Eiffel/ Guitare du ciel. Ella sonreía y los celos como avispas enloquecidas zumbaban en mis oídos, pero no decía nada y pedía más tequila. Heidi entró con su esposo. Se acercó, me pasó una mano por el cabello y al mismo tiempo me besó en la mejilla. «Con un beso es como entregas al hijo del hombre, mujer traidora», le dije riendo, pero en realidad me dirigía a Bárbara. Petra, atenta a mis palabras, me dijo: «Es difícil imaginarte triste» y puso su mano suavemente sobre mi mano. «Tú sabes muy bien» le repliqué, «las tristezas engordan y yo quiero mantener la línea.»
A una de las mesas estaban sentados Roberto, Oscar y Juan Carlos y me los imaginaba fumadazos, recorriendo algunas pistas del internet. Roberto se puso de pie, levantó los brazos, movió la cintura al compás del merengue que estaba sonando y gritó: «¡Así hay que gozar de la vida, carajo!» y luego se sentó haciendo un gesto obsceno al señalar su sexo. Oscar y Juan Carlos lo vivaron con un «¡Gocemos compadre...! ¡Gocemos que la vida es una sola!»
Emilio y Nelson seguían bebiendo tequila con sal y limón. Tenían los ojos casi cerrados y golpeaban la mesa con los puños intentando seguir el ritmo de la música.
¡Javier, tómate otro tequila para el frío! me dice Daniel.
Pero si yo no tengo frío, al contrario, estoy caliente contesto.
Bárbara y Thomas conversaban muy animados mirándose a los ojos. Es de madera mi paciencia,/ sorda, vegetal. «Trilce LX», dijo Bárbara. Y se apolilla mi paciencia,/ y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá/ el domingo bocón y mudo del sepulcro... recité y abandoné furioso el bar.

Bárbara llegó a las once de la mañana. Había estado en la casa de Thomas leyendo y discutiendo sobre el vanguardismo de Vicente Huidobro. Su sonrisa mostró el óvalo firme que formaba su dentadura de perlas blancas. No podía diferenciar si tenía celos, odio o amor. Entonces empecé a poner en práctica los primeros pasos de mi plan. Le dije que deberíamos celebrar mi cumpleaños con una fiesta y me ofrecí a preparar algunos potajes típicos de mi país. Enumeré todos los amigos que podrían venir. Hicimos el presupuesto y la primera parte del plan, sin ningún escollo, estaba en marcha.
La última semana que estuve con Bárbara en Francfort me mostré cariñoso y le pedí que fuera a Colonia un día antes de la fiesta para que me ayudara con las cosas que faltasen. Naturalmente ella aceptó. Teníamos cerca de ocho invitados que habían asegurado venir. Faltando todavía otros cinco que deberían confirmar su participación en los próximos días.
Bárbara, como buena alemana, llegó puntual, según habíamos acordado, a las seis de la tarde. Pablo Milanés cantaba imperturbable y de que callada manera se me adentra usted sonriendo... Luego de tomar un poco de vino, Bárbara se acercó, me besó en la boca y metió su mano entre la gareta de mi pantalón buscando el calor de mi sexo como si fuera la primavera yo muriendo. Nos reímos, nos besamos y de que modo sutil me derramó en la camisa. Y a dúo con Milanés repitió: todas las flores de abril...
A continuación le mencioné algunos nombres muy conocidos para ella. «Es tu cumpleaños y no quisiera que se hagan escenitas», ¿quién le dijo que yo era risa siempre nunca llanto? No le contesté, sólo la miré sonriendo y me animé a decirle: «Te quiero, Bárbara.» Vino hasta la puerta de la cocina y alzando la voz me dijo: «Ya lo sé.. y eso es lo que cuenta, yo también te quiero y yo no te pido que me bajes una estrella azul...» No se podía imaginar el diabólico plan que ya estaba en plena ejecución. Hicimos el amor como nunca lo habíamos hecho, sigue llenando este minuto de razones para respirar...
Después seguimos tomando vino mientras limpiábamos la casa y preparábamos las diferentes exquisiteces para el día siguiente. Terminamos de preparar el cebiche y la salsa para los anticuchos y ya habíamos tomado dos botellas más de vino. Hicimos también papa a la huancaína y otra botella de vino dejamos vacía. Cansados, pero con la satisfacción de tener todo preparado, tomamos otra botella más de vino. Ella tomaba más que yo. Borracha se fue a la cama y me dijo: «Te espero porque aún puedo darme el gusto de hacerte feliz esta noche.» Imaginé la noche y le dije: «Estás borracha.» Ella no se inmutó. «¡Y qué, así es más rico!» y agregó: «El vino estará borracho, yo no.» Con voz entrecortada intenté reprocharle: «Sí, sí, tú eres capaz de todo» no te niegues, no hables por hablar...
Cuando entré a la habitación Bárbara dormía como una niña, desnuda y con las manos entre sus piernas la vida no vale nada si yo me quedo sentado. La sábana le cubría tan sólo medio cuerpo. Levanté la sábana blanca y la contemplé unos instantes. Bárbara semejaba una flor delicada, suave y hermosa como una virgen la vida no vale nada si se sorprende a otro hermano. Se movió levemente y suspiró largo, muy largo, pero sin abrir los ojos. Luego siguió durmiendo con una respiración pausada la vida no vale nada si tengo que posponer... Calculé la dirección del golpe y con furia, con los ojos cerrados, hundí el cuchillo en el lado izquierdo de su pecho la vida no vale nada si ignoro que el asesino. Se produjo una débil reacción de autodefensa y su mirada vidriosa preguntaba lo que ya sus labios no pudieron pronunciar la vida no vale nada si escucho un grito mortal. Mantenía con fuerza el cuchillo sobre su pecho. La sangre enrojecía su cuerpo, mis manos, las sábanas blancas y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga. Sus músculos fueron relajándose y con una mueca de tristeza se quedó inmóvil. Cansado y nervioso me senté en el filo de la cama donde apenas unas horas antes fuimos felices y por eso para mí la vida no vale nada...
Me fui a la cocina y me tomé dos o tres vasos ¿o dos o tres botellas de tequila? y medio enceguecido regresé para trasladar el cadáver de Bárbara a la bañera. Con la habilidad de un experto cirujano extraje primero las vísceras y los órganos internos y, a excepción del corazón, las envolví en periódicos y las metí después en bolsas plásticas. Las extremidades las corté en trozos, una parte la puse a congelar y otra la destiné para los guisos de la fiesta. Cuidadosamente borré la huellas digitales de manos y pies. A la cabeza le corté el cabello y al rostro le saqué la piel para borrarle toda seña que hubiera podido ser utilizada para su identificación. Le arranqué los dientes y horadándolos los fui ensartando en un hilo de nailon para obtener un bello collar. A las cuatro de la mañana estaba todo listo ordenado y limpio. A pesar de todo el licor ingerido, tenía los reflejos alertas, salvo una clara insensibilidad muscular.
Metí todos los paquetes en una maleta y subí al coche. Las calles dormitaban bajo opacas luces. Prendí el motor y puse el vehículo en marcha, avancé unos cien metros y frené lentamente, luego, asegurado de que estaba en condiciones de conducir, emprendí el viaje hacia a Bonn. El cráneo con el rostro desfigurado lo deposité en un container ubicado en un oscuro parque de Tannenbusch. Luego regresé en dirección de Endenich y llegué hasta Bad-Godesberg para dejar un par de paquetes y los dos últimos los dejé en Beuel. Con la claridad del día llegué a casa y me dispuse a preparar los anticuchos... Sus ojos y sus labios los encontraba en algunas oportunidades. Sus ojos me miraban con nostalgia y en sus labios adivinaba la pregunta que me hizo y no la pudo pronunciar al ser sorprendida por las sombras de la muerte.

Las nueve de la noche. La música suena alegre y los invitados se reúnen en el jardín alrededor de una mesa larga donde los potajes brillan apetitosos. Había distribuido floreros, a considerables distancias, con flores rojas, amarillas y blancas, que aumentaban el colorido y el sabor de la mesa. Algunos amigos preguntaron por Bárbara. «En cualquier momento llega» les decía, «mientras tanto ¡salud... y buen apetito! ¡Qué se diviertan!» Llegó las doce de la noche y uno a uno vinieron a felicitarme por un año más de vida, por la fiesta tan divertida y por la comida tan, pero tan exquisita.
Thomas, Manuel, Boris y Félix recibieron los primeros anticuchos y a continuación me congratularon por lo riquísimos que estaban. «Los anticuchos preparados con el corazón de la mujer amada siempre son los más sabrosos», les dije, y nos reímos. De todos los guisos sólo quedaron huellas en los recipientes y platos vacíos.
Nadie ha podido olvidar aquella cena y cada vez que nos encontramos lamentamos que Bárbara no haya podido llegar.


Petra me besa y me dice: «Te amo.» Sonríe llena de felicidad.
Con tus hermosos dientes podría hacerse el collar más hermoso que puedas imaginarte le digo a Petra.


1 Siete largos días he pensado en ti. / He ordenado y puse linda mi habitación. / Ahora se quema mi Iglú... (J. Moberg), canción carnavalesca de Colonia.
2 Lamentablemente aún no.
3 Habláis sobre mí?
4 Tengo un regalo para ti.
5 Gracias Petra.
6 ¿Qué?
7 Que piensas hacer
8 Ah... Quisiera ir contigo.
9 la pantalla de un ordenador.