Donnerstag, 3. Mai 2012

Maribel

Con su vestido de percala celeste llegó a la casa, casi a escondidas, mi prima Maribel. Nunca antes la había visto. En sus ojos negros se retrataba toda la timidez del pueblo. La quise tomar de una mano y la arrastrarla a la cocina, pero ella rechazó mi gesto. A unas palabras de mi padre me siguió dócilmente. Mamá, apurada, se empeñaba en atizar el fuego. La leña verde en el fogón se deshacía en pequeños y bullangueros fuegos artificiales. El humo nos hizo lagrimear. Maribel saludó débilmente y, sin decir nada más, se sentó en un poyo al lado de mamá. Los cuyes, alborotados por sus pies desnudos, desaparecieron en una esquina del cuyero.
Durante la comida papá diciendo dijo que Maribel iba a quedarse unos días en casa. “Te portarás bien con ella”, me advirtió papá con una severidad desconocida. Cuando pregunté las razones por las que Maribel venía a casa, papá diciendo dijo que era muy difícil de explicar. “Para entender estas cosas aún no tienes la edad suficiente”.
A los pocos días Maribel ya se había acostumbrado a la rutina de la casa. Ayudaba a mamá con una notable apatía o desgano. Se desplazaba por la casa y el patio como un fantasma, terriblemente en silencio y sin mirar de frente. Se iba de un lugar a otro, con pasitos menudos y calmosos, como si fuera cargando un peso enorme. Maribel era hermosa a pesar de esas dos largas cicatrices que daban a su rostro un aire misterioso y le torcían un poco el semblante triste de sus labios. Sus manos también estaban marcadas por cicatrices y sus dedos presentaban unas extrañas deformaciones.
Me gustaba su cercanía pero ella era impenetrable. La perseguía en silencio y ella mostrando su fastidio por mis intentos de entrometerme en su vida, simplemente me apartaba con cierta violencia y se alejaba. Nunca contestó a mis preguntas. Una vez, sentada a la orilla de su cama, la encontré sollozando. Apenado quise consolarla, entonces me apresuré a abrazarla. Apenas sintió que mi mano rozaba su hombro, se levantó con furia en su mirada y su grito destemplado me dejó aturdido. “¡No me toques asqueroso shapingo! Los días siguientes la miraba desde lejos, pero no me atrevía a ponerme a su lado. Apenas la veía aparecer un desquiciado temor transtornaba todos mis sentidos.
Una de esas soleadas tardes se fue con mamá a lavar la ropa al río. Tratando de no ser descubierto, seguí a las dos mujeres. Sumergidas en el agua hasta las rodillas y armadas de jabón Bolívar trabajaban incansables. Más tarde, sobre las pencas y las piedras, tendieron la ropa para que se seque al sol. Entonces mamá se desvistió para bañarse. Maribel hizo lo mismo, después de pensarlo un rato, pero se quedó con el camisón que llevaba bajo su vestido de percala celeste. Así ingresó al río, tratando de alcanzar una esquina donde nadie la pudiera ver. Con el mayor sigilo me deslicé hasta un lugar desde donde podía verla en todo su esplendor. Mirando en todas las direcciones, asegurándose que nadie la estuviera observando, se sacó el camisón. Sentí el palpitar de las venas en mis sienes, mi corazón como un loco golpeaba mi pecho.
Grande fue mi sorpresa al ver que sus pechos estaban desfigurados por horribles cicatrices. ¿Qué diablos había sucedido con ella? Con esta pregunta, asustado, inquieto, me alejé pensativo. Pasó un buen tiempo hasta que una mañana Maribel no vino a desayunar. Había desaparecido. Mamá en un arrebato de preocupación, diciendo dijo dirigiéndose a papá: “Pobre muchacha, ojalá y no le pase nada”. Entonces papá, dejando todo a un lado, se fue en busca de Maribel.
Al mediodía regresó papá. En su rostro había preocupación, estaba abatido. “Parece que la ha robado ese desgraciado de su marido”. Entonces, mamá, entre lágrimas, me reveló la triste historia de mi prima Maribel.
Resulta que Maribel se había casado muy joven con un muchacho a quien no le gustaba trabajar. “Vivía de lo ajeno”, diciendo dijo mamá. Entraba en los potreros de los vecinos y se llevaba el ganado para venderlo en las ferias dominicales de los pueblos cercanos. “Era un abigeo”, sentenció mamá. A Maribel no le gustaba que su marido se dedicara al abigeato y varias veces lo amenazó con avisarle a sus suegros y demás parientes. El abigeo de su marido, montando en cólera, le propinaba tremendas golpizas que la obligaban a guardar cama durante varios días, mientras que el agresor desaparecía una temporada.
Pasada la tormenta su marido volvía como si no hubiera pasado nada y arrepentido, muy cariñoso, le hablaba de un futuro diferente y le prometía nunca más “aprovecharse de lo ajeno”. Pero esas promesas no alcanzaban ni para unas semanas. Dormía de día y de noche desaparecía. Al volver regresaba con mucho dinero que Maribel no quería aceptar llamándola “plata cochina, malhabida”. Esta rebeldía le volvía a costar nuevas palizas y nuevos abandonos. Las rondas campesinas, la justicia campesina, recién empezaban a organizarse.
Una tarde mientras Maribel regresaba de la casa de sus padres, encontró a su marido arreando dos hermosas vacas y una yunta que pertenecían a unos parientes suyos. Maribel, decidida, le pidió que devolviera los animales a sus verdaderos dueños. El abigeo, frente a sus cómplices, se sintió humillado cuando Maribel diciendo dijo que iría a “dar parte a las autoridades”, que iba a llamar a las rondas campesinas. El hombre, endemoniado, se avalanzó sobre la joven y empezó a golpearla. Maribel cayó al suelo y su marido la agarró a patadas. Ella gritaba, pedía piedad, misericordia. Le imploró a dios, a la virgen María, a su madre, a su padre... pero nadie acudió en su auxilio.
Tambaleando Maribel se levantó y casi sin resuello, adolorida, diciendo dijo que iría a denunciarlo. Ni bien terminó de formular la amenaza, el abigeo sacó el cuchillo y le asestó, sin miramientos, dos, tres, cuatro, cinco cuchilladas en el pecho. En su desesperación ella se agarró del arma y al final del forcejeo terminó con las manos destrozadas. Luego el abigeo, su marido, no contento con lo que había hecho le cruzó el rostro con dos certeros cuchillazos.
 Un grupo de vecinos que pasaban en dirección al pueblo, encontró a Maribel casi moribunda y de inmediato la trasladaron a la posta médica del pueblo. Papá, valiéndose de amigos, convenció a la policía para que detenga al agresor. El juez, en complicidad con los policías corruptos, hizo todo lo posible para evitar el juicio y posterior encarcelamiento del abigeo. No había pruebas, diciendo dijo el juez, e incluso Maribel, por miedo, se negaba a denunciar a su marido. A las pocas semanas nuevamente el abigeo había retomado sus tropelías.
Con el fin de apartarla del abigeo, de protegerla, trajeron a Maribel a nuestra casa. Pero su marido enterado del lugar donde se ocultaba su esposa, organizó el rescate, el secuestro.
Entonces papá y mis tíos acudieron a las rondas campesinas. En una asamblea escucharon las acusaciones contra el abigeo, el marido de Maribel. A los pocos días las rondas campesinas detuvieron al abigeo, liberaron a Maribel y aplicaron con severidad la justicia de los hombres del campo. Ama sua. Ama llulla. Ama quella.

El día de la madre

Mi hermano Manuel diciendo me dijo, en secreto, que sabía como los niños vienen al mundo. A los niños no los trae la cigüeña, eso es mentira. Todos venimos de la barriga de mamá.
Porque nos originamos en sus entrañas, ellas se sacrifican por nosotros, sus hijos, hasta dan la vida en defensa de sus crías. Con paciencia nos alimentan con su propia leche y sin asco nos cambian los pañales. Las mamás son felices cuando ensayamos el primer paso y se emocionan hasta las lágrimas cuando balbuceamos un “ma-ma” inicial.
Mamá nos lleva a la escuela. Nos enseña a ser honrados y diciendo dice que la lectura de buenos libros nos harán libres. Sufre en silencio cuando no hay suficiente dinero en casa y disimula muy bien, entonces ríe para que no veamos su tristeza y nos alienta a vencer derrotas y humillaciones. Cuando papá no tiene trabajo, entonces ella va en busca de algún quehacer para traer alimentos al hogar.
Desde la puerta de la casa veo a mamá sentada en un poyo del patio. El sol brilla en la negrura de sus ojos. Ella no va a la peluquería, mi hermana mayor la peina y al mismo tiempo le va sacando los piojos que se enredan amparados en la oscuridad de su cabello. Tampoco se maquilla. Sus cejas espesas no necesitan de tintes. Sus labios tienen la rojez de las fresas.
Cuando mamá discute con papá, ella gana pues siempre tiene la razón. Entonces, papá le declara la guerra fría. No le habla ni la mira. Mamá le sirve el almuerzo o la cena sin decir nada. Papá, con la cabeza gacha, come callado. A veces, molesto, enrabiado, papá deja de venir a casa por unos días. A mamá eso no le preocupa. “Ya le pasará la gafera”, diciendo nos dice y sigue ocupada con las labores de casa.
Dentro de unos días se celebra el día de la madre. En la radio hablan de las bondades y los sacrificios de las mujeres-madres. Todos comentan su nobleza y santidad. “Si realmente amas a tu madre, regálale una licuadora Oster”, diciendo dice la propaganda en la radio. Mientras leo en mi libro Coquito: Mi ma-má me a-ma, la radio sigue: “Este domingo haga feliz a su madre con una lavadora Phillips”.
Continúo escuchando la radio y no sé que le puedo regalar a mamá en su día, estoy pensando en una sorpresa. Ma-me-mi-mo-mu. Yo a-mo a mi ma-má.

Samstag, 7. April 2012

Semana santa (1)



Foto: Pisadiablo.
San Miguel de Pallaques era una feria. La banda de músicos en la plaza de armas entonaba canciones que animaban la fiesta. Por todas las calles había agitación y la gente caminaba llevando frescas ramas de palmeras que vibraban con el viento. Eran los días de la semana santa y estábamos en pleno domingo de ramos, recordando de esta manera la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén donde el pueblo, armado con palmas o ramos, lo aclamaría como su rey.
Mi hermano Manuel se había levantado muy temprano para ir a casa del abuelo y traer el burro donde transportarían a Jesús en su paseo por el pueblo y su visita a las casas de los principales personajes de la ciudad.
Mi tía Alejandrina, que anda ciegamente enamorada del cura, había preparado un lindo y nuevo apero. Los bozales y las riendas los forró con hilos de plata. A la carona, tejida con algodón, la tiñó de azul cielo, la adornó con bordados de oro y le colgó largos flecos por todos los costados. La silla era de suave cuero labrado de ramos y figuras geométricas. La cincha, una faja roja y blanca con extensas borlas en los extremos. Mamá diciendo dice que la tejió una devota como agradecimiento al Nazarenito, se refiere a Jesús, por haberle conseguido marido a su hija que nadie la quería desposar. O como mejor diría mi amigo Fortunato, “todos los novios la usan y luego la dejan”.
Tía Alejandrina se puso un vestido corto que le resaltaban el pecho y las caderas. Zapatos negros de charol con taco aguja y medias negras de naylon mostrando la bondad de sus piernas. Fortunato, al verla, diciendo me dice al oído: “Cuando el cura la vea se pondrá bizco de puro arrecho”. Desde hace varias atrás semanas tía Alejandrina se ocupaba, comiendo a la volada y descuidando otras tareas de casa, de todas las cosas para la procesión, diciendo dice que por amor a Jesús, pero todos sabemos que, cerrando los ojos, suspira pensando en el cura. Y Fortunato asevera con cachita que “el cura no se hace del rogar cuando se trata de darle su amor al prójimo”.
Sudoroso llegó Manuel trayendo al burro. Tía Alejandrina salió a recibirlo apresurada y palmoteándole las ancas al jumento: “Te portarás bien”, diciendo le dijo. “Este burro es más mostrenco que el abuelo”, le replicó Manuel. Papá que estaba observando desde la cocina les recordó que no vayan a descuidar al burro. “Siempre luhan de tener agarrau, ni un momento descuidau”. Entonces tía Alejandrina, como si el animal la entendiera, lo amonesta con fingida severidad: “Te advierto, nada de burradas sidenó te jalo de las orejas y te las pongo más largas todavía”.
Con sumo cuidado, dirigidos por el cura, los acólitos y algunos conocidos devotos, entre los que se halla don Casiano Hernández, distinguido personaje que, cuando se emborracha, manda al cura y a todos los santos a Mishika o al infierno, bajan a Jesús de su altar. En el atrio de la iglesia las palmas se agitaban, bailando y silbando con el viento. Ponchos y sombreros se arremolinan junto a los señores de terno y corbata y las damas que estrenan sus novedosos “estilo sastre”. Fortunato y un grupo de muchachos aumentan la bullanguería con sus pitos y cornetas, efímeros instrumentos hechos con las hojas de las palmeras.
Una vez que han colocado a Jesús, El nazareno, sobre el burro, un numeroso grupo de acólitos con ponchos rojos, blancos y azules, presididos por un cura serio y solemne, salieron al atrio. Mi hermano Manuel apareció jalando al burro donde iba montado Jesús, con la cara siempre blanca, de yeso, igual que sus manos que las lleva levantadas a media asta y casi cerradas. Al ver aparecer a la imagen de Jesús sobre el manso jumento la gente levantó sus palmeras con mayor entusiasmo, las agitaba emocionada, mientras las más devotas caían de rodillas, rezaban, cantaban, lloraban. Una salva de cohetes saludó a la venerada imagen.
Tía Alejandrina desdobló la sombrilla, una especie de pañolón cuadrado, bordado en oro y flecos dorados bailando al viento, que estaba atado en sus puntas a cuatro varas blancas y la extendió sobre Jesús para protegerlo del pavoroso incendio del sol. El incienso se desparramó en aromáticas nubes y la banda emepzó a tocar canciones sacras alusivas a la fecha. Tía alejandrina sólo tenía ojos para el cura.
La procesión de Jesús ha recorrido ya las calles y los principales lugares del pueblo: la municipalidad, la suprefectura, las oficinas del notario y del juez, el mercado y la comisaría. Frente a la casa del alcalde, quien había mandado levantar una capilla en la puerta de uno de sus negocios, la procesión hizo un alto. Mi hermano Manuel dejó suelto el freno del burro para sujetar mejor a Jesús en su asiento. Ese fue el preciso momento en que el jumento dio un salto ágil, lanzó por los aires a Jesús, y de cabeza se metió por la única puerta abierta.
El clamor estalló como una bomba. Jesusito, El nazareno, se había caído. Tía Alejandrina, aprovechando el caos, abrazó al cura desesperada y le pidió que haga algo por la sagrada imagen. El delirio fue una sola plegaria al cielo. Mi hermano Manuel, tras unos instantes de duda, corrió con la intención de atajar al pollino que se había detenido inocente y manso en una habitación llena de alfombras de la casa del alcalde.
Pasado el susto, en la plaza de armas del pueblo, la gente comentaba el grave accidente y auguraban tragedias indecibles. Es mal agüero, diciendo dicen. Se golpean el pecho con los puños cerrados, rezan de rodillas y las manos levantadas hacia el cielo azul piden clemencia y lloran.
Foto: Pisadiablo.
“¿Qué ha pasado que el populacho está alarmado?”, preguntó don Santos Malca "El Chimbalcao", que se acercaba tambaleando más borracho que la cerveza.
“Jesús se ha hecho mierda”, diciendo dijo don Casiano Hernández y, destapando una botella de cañaso, se metió un largo trago entre pecho y espalda.
Unos días después tía Alejandrina y el cura desaparecieron de San Miguel...

Montag, 9. Januar 2012

La breve historia del oro verde



En aquellos tiempos cuando dios andaba por estas tierras, contando cuentan que existía una mujer muy hermosa, la Mama-coca, que ponía loquitos a los hombres con los encantos de su cuerpo y tenía la facultad de convertirse en una planta de hojas verdes y ovaladas.
Después que los conquistadores blancos mataron al inca Atahualpa y saquearon la ciudad de Cajamarca en busca de oro y plata, sucedieron crueles y sangrientos enfrentamientos en el resto del imperio incaico. Los pueblos fueron destruidos, los cultivos arrasados, los templos profanados e incendiados, los tesoros sagrados desvalijados. Los soberanos dueños de estas tierras tan hermosas, en poco tiempo conocieron la miseria y el dolor. Los conquistadores, cabalgando en briosos caballos y amparados en sus armas que vomitaban fuego, perseguían a sus indefensas y asustadas víctimas.
Entonces apareció la bella Mama-coca y, en un descuido de los soldados extranjeros, se apoderó de los tesoros sagrados que aún no habían sido descubiertos. Con su preciosa carga se escapó por las alturas y, para impedir que caiga en manos de los conquistadores, lo arrojó en las profundidades de las aguas de la laguna de Conga. Enfurecidos los españoles por tal atrevimiento, la persiguieron sin tregua hasta que lograron capturarla y aunque la sometieron a terribles tormentos, ella no les reveló el lugar donde había escondido la cuantiosa fortuna.
Considerando que no tenía escapatoria, llamó a la gente y les dijo: “Miren aquellas plantas de hojitas muy verdes, con ellas van a olvidar las penas, las fatigas. Su jugo va a ser el mejor remedio para las tristezas y el cansancio, en ellas podrán ver el futuro, lo que el destino les depare. Ese jugo que para ustedes será la fuerza y la vida, para los blancos será sólo vicio repugnante y degenerador, mientras que para ustedes será un alimento espiritual, a ellos les causará idiotez y locura. No olviden cuanto les digo y cultiven esa planta, es la preciosa herencia que les dejo, cuiden que no se extinga, consérvenla y propáguenla entre nuestros hermanos con veneración y amor. Esa planta soy yo...”
Apenas terminó de hablar, su cuerpo se partió por la mitad y de allí nació esa matita de hojas verdes y ovaladas que hoy conocemos como coca. Y ahora la laguna de Conga ha despertado la ambición de los nuevos conquistadores.

La maldita bondad de una injusticia


 Don Ashuco cuenta que hay un país muy pequeño en Europa que se llama Suiza. Tiene montañas y lagunas tan lindas como las de Cajamarca y dice que los suizos producen, aparte de quesos, armas para todo el mundo, aunque nunca han declarado una guerra a nadie. Hacen alarde de neutralidad, pero sus armas matan gente, destruyen casas y caminos en todo el mundo.
Con el dinero que consigue vendiendo armas construyen enormes y lujosos edificios y ahí funcionan poderosos bancos, pero son bancos que trabajan de acuerdo a leyes fuera de toda ley. En esos bancos depositan dinero malhabido toda clase de malandrines, negociantes de droga, contrabandistas, mafiosos de toda laya y gobernantes que roban el dinero de sus países.
Cuando los jueces y los policías van a reclamar el dinero robado, allá en esos bancos nadie sabe nada, se callan en suizo y en todos los idiomas, aquí no hay nada, a ustedes no les importa, no jodan, esta ventanilla está cerrada al público, hoy no se atiende más, así diciendo, los botan y no les hacen más caso. Pero los bancos no se cierran, siguen abiertos.
Aquí en nuestro país los clientes de esos bancos también callan y no cuentan nada, ni ante la ley, se niegan a decir en qué banco suizo han depositado todo lo que han robado y no les pasa nada.
A mi hermano Juancho, diciendo dice don Ashuco, las mineras le quitaron sus terrenos a engaños. Nadie le hizo caso a sus reclamos. Un día lo sorprendieron cogiendo los restos de comida de un restaurante y lo llevaron a la comisaría. Acusándolo de terrorista lo condenaron a quince años de cárcel. Lo bueno de esta desgracia, se alegra don Ashuco, es que ahí tiene por lo menos donde dormir.

Nuestra casa

Foto: Pisadiablo
La casa que habitamos es vieja y maltrecha. Las paredes han empezado a desmoronarse en algunas esquinas. El techo está cubierto de paja y tejas, muchas de ellas rotas y en la temporada de lluvias gotea tinteneantemente hacia dentro de la habitación donde dormimos. A pesar de esto vivimos aquí, porque mamá dice que somos pobres, y cuenta que peor vive la gente en las barriadas de Cajamarca.
En la cocina hay una mesa negra con una pata rota. Papá ha confeccionado dos bancas rústicas de aliso que se apoyan en trozos de adobes. No hay más muebles, salvo una tarima de palos donde mamá guarda sus ollas de barro que papá trajo de Jancos. También hay un tiesto renegrecido por el ollín. Sobre la mesa cuelga una lipa para guardar los quesillos que nos trae una de mis tías. Si no tuviéramos esas tías, nos recuerda mamá, no sabríamos que sabor tienen los quesillos.
En una barbacoa de cañabravas cubiertas con pellejos de güishas que hacen de colchón dormimos todos. Nos divertimos mucho dándonos pataditas bajo los pullos hasta que mamá nos regaña reclamando que no la dejamos dormir. Cuando tenemos visita nos toca “arrearlo” de casa para no darle posada porque no hay espacio en la cama.
Cuando sea grande trabajaré en las minas de oro, con todo el dinero que gane, compraré una casa nueva y esta casa vieja, que ya empieza a derrumbarse, la regalaré a los pobres que viven en las barriadas de Cajamarca.

Carta abierta a Ollanta Humala, actual presidente del Perú / Desde lejos las lagunas semejan láminas de acero


"Los perfiles recortados de los cerros, sus oxidaciones color de amatista y, dominando desde su profundidad el espectáculo, la vasta lámina acerada del lago. Y entonces, sin saber por qué, sentimos que toda esta fría inmovilidad es también una vida. La vida fuerte, dura, inmensamente desdeñosa de la piedra. Vida cuyo secreto, acaso, la laguna lo conoce y lo calla". (“Notas sobre el paisaje de la sierra” de Mariano Iberico, Cajamarca).

Señor Ollanta Humala, presidente del Perú:
Desde la apacible ciudad de Colonia, ubicada casi como un ombligo de la República Federal de Alemania y bañada por esa inmensa corriente de agua conocida como el río Rhein, mientras afuera hace un frío del carajo, desde mi ventana observo los árboles que por efecto del otoño se han despojado de sus hojas y muestran toda su erótica desnudez, en mi balcón una pareja de pájarillos ha hecho su nido y con amoroso y disciplinado celo solidario, “no militar”, protegen sus dos huevos. El sol, devaluado en su calor, cabalga sobre las nubes blancas que manchan el espejo azul del cielo. No hay autos transitando en la calle, sólo la radio y su música me acompañan.
Pero son otros motivos que me animam a escribirle esta carta, y lo hago como simple ciudadano, como sanmiguelino “pisadiablo”, y por lo tanto, como cajamarquino, comprometido con la justicia, con la belleza y la literatura. No sé cuantos siglos vivo ya en Alemania y aquí he aprendido la devoción y el respeto que se tiene por la naturaleza. Aquí también se dan duras batallas en defensa del medio ambiente, pues las empresas, donde sea que éstas se encuentren, tienen el mismo espíritu depredador y sólo les interesa llenar de dinero sus cuentas bancarias a costa de la vida de la fauna y la flora. Desde algunos años atrás, durante los gobiernos de Fujimori, Toledo y García se han permitido, en nombre del progreso y del desarrollo, el ingreso de empresas mineras, como la de Yanacocha, que vienen destruyendo la inigualable belleza de los paisajes naturales de Cajamarca. Pero no sólo se acaba con la hermosura mineral de sus lagunas, sino que al suprimir las vertientes de agua desde sus cimientos, además de poner en peligro la vida humana, se acaba también con el alma y la vida de la región. Muchos de los cerros que antes mostraban orgullosos la verdura de frondosos bosques hoy tan sólo exhiben la soledad de los desiertos. Sí esos pequeños grupos de empresarios mineros no respetan la naturaleza, el futuro que le espera a los pueblos cajamarquinos sólo tiene un nombre: DESASTRE, sino miremos, para no ir muy lejos, a Cerro de Pasco.

Como usted sabe no es necesario ser político o especialista en cuestiones de medio ambiente para entender la lucha de los pueblos de Cajamarca. Usted mismo señor Humala en el 2007 pedía coordinar con las organizaciones cajamarquinas para organizar un paro en defensa del agua, de Quilish y contra el proyecto Conga. Incluso se puso dramático y con aires de héroe dijo que no sería raro si lo meten preso por soliviantar el ánimo de las masas. Para nadie es un secreto que en nuestro país no se hace lo que normalmente se debe hacer, es decir, para congraciarse con las elites económicas se violan las leyes y las más elementales reglas de la democracia y el respeto a las poblaciones. En Perú reina y gobierna la coima; la corrupción es una institución más; el engaño y el abuso del que más tiene contra los pobres es pan de cada día y crece bajo el ala protectora de autoridades y oficinas estatales. Es lamentable todo esto, y como aún tengo sangre en la cara, me da vergüenza declararme peruano.

Me acusarán de todo menos de solidario. Me llamarán antimero, activista ambiental a ultranza o radical, como se les llama a quienes protestan y exigen la protección de los derechos de la naturaleza, deseo, igual que todo el mundo, el desarrollo y el bienestar de mi gente y de mi país, pero que todo eso se haga con justicia y respeto. Usted pregonó como candidato la llamada Gran Transformación y con eso despertó las esperanzas de los desesperanzados, pero ese mismo programa fue variando según sus cálculos políticos para atraer a los privilegiados de la banca y de las empresas, quienes hicieron todo lo posible para evitar su triunfo en las urnas, y ahora cuando ven que usted a traicionado las espectativas populares y que sólo cambiará todo para no cambiar nada, no dudan en aplaudirlo y usted tampoco duda en premiarlos, en condecorarlos. El pueblo ya está cansado de pedir, de rogar justicia, quiere que se le escuche. Tantos años se ha paseado con sus oficios y sus sellos de una instancia a otra en busca de recepción y solución a sus problemas fundamentales y siempre se ha encontrado con la indolencia de las puertas cerradas, se ha enfrentado a la discriminación y la represión, y muchas veces la muerte ha silenciado sus reclamos.

Por todo esto y muchas cosas más, sería ocioso repetir lo que usted sabe de sobra, además necesitaría decenas de páginas para enumerarlas, es que se han puesto de pie los pueblos de Cajamarca. Además porque quieren que las concesiones mineras no se hagan a sus espaldas pues la patria no se vende, la patria se defiende, y como militar usted lo sabe más que otros, porque quieren que se respete la naturaleza y el medio ambiente, porque quieren que sus riquezas no sirvan para llenar los bancos de las transnacionales y a ellos sólo les quede la pobreza, la enfermedad y la muerte, porque quieren una real consulta previa y una democracia desde las bases, porque defendiendo el agua y la vida no los califica de terroristas, porque si el suelo y el subsuelo nos pertenece a todos se debe respetar el buen uso de ellos, porque el pueblo es tranquilo y pacífico, pero llega un momento en que su paciencia se encabrita y le sale el indio, entonces se desborda la cordura y ni los fusiles de su gendarmería que usted manda a "dialogar" podrá detenerlo, ni los estados de emergencia, ni los bloqueos de sus cuentas bancarias a sus gobiernos regionales, ni los juicios a sus dirigentes elegidos en las urnas y en las bases.

Señor Ollanta Humala, presidente del Perú, en sus manos está en decir NO a Conga, aun está a tiempo de rectificar si quiere que el pueblo lo recuerde con orgullo, sepa usted que la autoridad se gana con respeto y cariño y no a punta de fusiles, usted sabe que más importante es la vida, que el agua es un tesoro y vale más que el oro, que hay otras alternativas de desarrollo y bienestar y no todo se hace con el oro. Como sanmiguelino “pisadiablo”, como cajamarquino, desde Colonia, le solicito anular el proyecto Conga porque defendiendo el agua ahora no beberemos nuestras lágrimas mañana, y es deber y obligación suya defender la vida del pueblo peruano y la integridad del territorio nacional frente a la voracidad y el egoísmo de un puñado de empresarios mineros y porque aún queremos seguir viendo como Mariano Iberico: “Desde lejos, en una mañana sin viento, la superficie de la laguna semeja una lámina de acero”. Además el pueblo de Cajamarca en sendas y contundentes manifestaciones populares ya dijo: ¡Conga no va!, al margen de peritajes nacionales o internacionales. Finalmente le solicito ordene, a quien corresponda, la investigación y la condena a quienes resulten responsables por el asesinato de los pobladores de Celendín y Bambamarca que se manifestaban en defensa del agua y de la vida.

A la espera de sus noticias por el bien del Perú y de los peruanos, le saluda cordialmente:

Walter Lingán

Colonia, 14 de abril del 2012.